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EVOCACIONES DE ARABELA

CAP 1. LA FRUSTRACIÓN

La vida laberinto de dudas que nos abre camino a distintas puertas estando frente a ellas, ¿cuál abrirás? ¿será tu elección la correcta?

Así terminaba uno de los párrafos del libro que estaba leyendo antes de escuchar la voz de papá.

—¡Arabela! ¡ven! ya vamos a cenar.

Cerré el libro y me levanté de la cama.

Y sí, la vida es eso, un laberinto espeluznante. Cada puerta que se atraviesa en tu camino desearías que no estuviera, que el sendero fuera limpio, sin obstáculos como una línea blanca e iluminada, tanto como cuando dicen que así es irse de este mundo.

No creo que yendo por ese camino te pongan trabas, te pidan identificación o te cobren, cuota, comisión o te obliguen a firmar un contrato sin marcha atrás. Espero pasar sin complicaciones los 13 porque estar sin mamá resulta ser más difícil cada día.

Desde los 9 años papá dejó de ser divertido y se volvió controlador. No hagas esto, no hagas lo otro, no salgas con tal chico, ese no me da confianza, regresa a casa tan pronto salgas de la escuela, no hay novios hasta el matrimonio, no hay amiguitos, solo hay personas tratando de aprovecharse de mí. A veces creía que papá exageraba.

Ojalá mamá estuviera aquí para escuchar una explicación con más paciencia y con más cariño sobre lo que me estaba pasando. No solo soportar regaños prohibiciones y ver malas caras o expresiones de susto al preguntar sobre ciertos temas.

—¿Ahora sí me vas a hablar de la menstruación?

—Le pregunté sentada a la mesa al lado de él.

—El próximo fin, sí —dijo después de abrir los ojos como dos platos—. Te diré todo sobre lo que te está pasando.

¿En serio me dirá todo? La verdad es que yo ya sabía la mayor parte del sangrado : manchas en la ropa íntima si no contaste bien los días que faltaban para que te bajara; dolor, horrible dolor en el bajo vientre; de la psicóloga de tus tormentos encapsulada en montoncitos de polvo blanco de ibuprofeno. Creo que ni papá sabía ese archivo de información que guardo de manera inconsciente en mi cabeza. ¿Qué quería decir con "te diré todo sobre lo que te está pasando?

¿A caso me dirá por qué a veces estoy feliz y de la nada todo me da pereza? ¿Me hablará de cómo pasé de mis gustos poperos a canciones altamente inclinadas a la desilusión? ¿mencionará el motivo por el que en ocasiones prefiero estar sola y su voz me parece molesta? Tengo la ilusión de que sea algo así porque sino no le veía el caso.

Me reí con el cachete inflado.

—En serio lo haré. Esta vez sí —comentó y dio un bocado.

—No es urgente.

—Te lo debo —volví a sonreír y pero ahora más leve.

—¿Estás lista para regresar a clases?

Asentí esperando no me echara un sermón.

—Bien, disfruta la escuela. Eres joven, seguro tienes bastante energía.

¿Energía? ¿Soy un foco o qué? La escuela me agota, las vacaciones no me fueron suficientes, esperaba lo más pronto posible volver a tener el mayor tiempo libre para estar en mi cama todo el día.

Los árboles escucharán nuestras conversaciones, los veí onderar y parecía que me hablaban. Quizá sí les respondo pueda entenderlos.

—Hola, ¿cómo te llamas se acercó una chica al lado mío mientras iba caminando a la escuela. La miré sin responder.

—¿Sí me oyes? —dijo simpática.

—Sí, ¿cómo te llamas tú?

—Rebeca, pero yo te pregunté primero.

—Arabela —seguí mirando la textura del concreto delante de mí.

—Vamos a la misma Secu.

—No te había visto antes.

—Me acabo de cambiar. Esta escuela me queda más cerca —sonrió.

¿Por qué sonreía de esa manera tan amigable? Era molesta.

—Ah...

—¿En qué grado vas?

—Segundo.

—Qué bien. Yo estoy en el grupo B.

La miré de nuevo.

Ese era mi grupo. ¿Por qué? ¿Por qué en mi espacio? Todos los días la veré camino a la escuela, todos los días me llenará de conversaciones empalagosas. Estaba frita.

—¿Tú igual? Asentí sin ganas.

—¿Puedo sentarme junto a ti?

—¿Cómo le digo que no? ¿cómo le digo?

—Oye, tengo que ir a comprar una regla.

—¿Te acompaño?

—No —se quedó quieta —. Digo, voy rápido, te veo en el salón.

Y ahí la dejé, no volteé para no sentirme mal por haberlo hecho. No tenía idea que días después me arrepentiría.

CAP 2. ESTA SENSACIÓN

Dos semanas pasaron. Rebeca no me volvió a dirigirme la palabra, se empezó a juntar con las peladitas del grupo. En el receso se ponían a jugar semana inglesa con los carita del salón. Una fiesta de hormonas. Al parecer eso le encantaba: Descubrir a qué saben las personas, los hombres en específico. Su amiga Claudia, me hacía señas para que me uniera a su juego cuando me veía sentada en la jardinera, analizando su forma de disfrutar la vida. Claro que le ignoraba.

Quizá eso me faltaba: "disfrutar un poco más la vida" como dice papá. ¿Cómo se hace eso? si siento un hueco enorme cuando escucho el nombre de mamá en mis propios labios. Ojalá que donde esté disfrute de su vida. No tengo idea si en donde está la haya.

—¡Arabela! ¡Únete! No seas aburrida —grito Claudia.

Rebeca me miró. Era la primera vez en dos semanas que me regalaba una mirada, ¿me regalaba? ¿Pues qué era mi cumpleaños o qué?, me daba igual si me veía o no. Me levanté de la jardinera y me fui a las otras canchas.

Claudia se la pasaba molestándome no sé qué le había hecho para que todo el tiempo quisiera burlarse de mí incluyéndome en sus jueguitos tontos, no le hablaba, no le dirijía la palabra, ni siquiera trataba de notarla, pero estaba ahí, siempre, insistiendo en sacarme de mis casillas y después fue secundada por Rebeca. Si tan solo la hubiera dejado sentarse conmigo, quizá no sería amiga de una chava insoportable como Claudia. ¿De qué hablas, Arabela?, ¿a ti qué más te da?

—¡Ya llegué! —el sábado fui a ver cómo jugaba el equipo femenino en el deportivo.

—¡Qué bueno que ya estás aquí Citlali! —escuché decir a papá cuando me quité los audífonos de chícharo y la música se escuchó cada vez más lejana.

—¡Por qué! —exclamé acercándomehasta él.

—Tenemos visita. Miré nuestro pequeño comedor ocupado por Rebeca y una señora.

—Vinieron a buscarte. El otro día me encontré a la mamá de Rebeca cerca del mercado, nos reconocimos de cuando las fuimos a inscribir. Me contó que Rebeca le había confesado que se le estaban complicando algunas materias y que tú eras buena en ellas.

Las miré de nuevo y luego a él.

—Ajá.

—Vas a ayudar a Rebeca con sus dudas.

¿Dudas? ¿yo ayudar?, ¿quién me ayuda a mí? También tengo una infinidad de dudas, incógnitas y no por eso voy con otras personas a tratar de que me salven.

—¿De acuerdo? —preguntó papá con semblante serio y luego le sonriò a la mamá de Rebeca.

Asentí sin ninguna expresión en mi cara y observé a Rebeca inmutable, sosteniendo mi mirada.

¿Por qué quería volver a hablarme? La traté mal. La alejé, ¿qué no olió el desprecio?, huele a rata muerta.

—Vuelvo por ti a las 6 p.m ¿Sí? —aviso la mamá de Rebeca.

Ella asintió.

—¿Se va a quedar hoy? —le susurré a papá cuando Rebeca se despide de su mamá en la puerta.

—Sí y no te portes grosera, esa niña necesita amigas, su mamá me dijo que se acaba de cambiar este año.

—Pero ella no... —intenté decir.

Papá me observó de pies a cabeza.

—No te hagas del rogar, a ti también te hacen falta amigas —y se fue, me dejó sola con ella. Parecía su niñera, por eso no tenía niñas ni niños a mi cargo, eran un fastidio. Quizá si hubiera tenido un hermano o de pérdida una hermana sería más considerada con mis compañeras.

Voté mis cosas sobre mi cama y arrimé una mesita a la orilla para poder sentarnos ahí.

—¿Cuáles son tus dudas? —Rebeca no me dejaba de mirar—. ¿De qué materia? —seguía sin responder.

—Bueno, ¿tengo algo en la cara?

—Ah, lo siento —sacó sus cuadernos de Química y en Español.

—¿Español?—pregunté asombrada.

—Sí, la gramática no es lo mío, puedo escribir y lo que tú quieras, pero saber la regla de eso está en chino.

—Bien, bien.

Rebeca abrió su libreta de Español y me explicó que se le complicaban las acentuaciones en esdrújulas y graves. Le expliqué un poco y luego le dejé unos ejercicios.

—Oye, tú no tienes muchas amigas, ¿no? —lanzó la pregunta sin dejar de escribir en su libreta.

—¿Eso a qué a qué viene? —dejé de revisar mis tareas pendientes.

—Simple curiosidad.

—Eres muy curiosa, ¿no?

—Algo, ¿puedo seguir curioseando?

—Inténtalo.

—Y ¿tienes novio?

La miré.

—¿Para qué quieres saber?

—Nunca quieres jugar semana inglesa y besarte con algunos chavos, ¿al menos has besado a alguien?

Frunci el seño.

—A ti qué te importa —reclame.

—Lo siento, no quería oírme como una cínica.

—Así fue.

—Es que te me haces un poco misteriosa.

Me quedé en silencio.

—Tú...—me miró—, ¿alguna vez has sentido interés por una chica?

—¿Qué pregunta es esa? Deja de interrogarme, solo enséñame tus ejercicios —le arrebaté la libreta, y deslicé mi lápiz letra por letra, sílaba por sílaba, todas estaban bien.

—Dime, ¿qué viniste a hacer a mi casa? porque a regularizarte, no creo —azoté la libreta en frente de ella.

—Oye, tranquila.

—¡No! Todos los ejercicios están bien. Tú no tienes problemas de aprendizaje, lo que tienes es muy grande la lengua.

Me besó, así de la nada. Me tomó de las mejillas y lo hizo, ni siquiera me dejó apartarme porque me sostuvo la cara con fuerza. Su melena negra cubría parte de mis cabellos cafés.

La empujé por el pecho.

No miramos solo eso, sin reclamos, sin malas palabras y de nuevo lo hizo, pero esta vez yo la seguí.

¡Mierda! nunca había besado a alguien, ni a la pared, pero mis labios sabían cómo moverse, cómo acoplarse a los de ella, su piel sabía a café, no, a dulce de leche, a un delicioso dulce infinito. ¿le gustará mi forma de besar? ¿lo estaré haciendo bien? Ella había besado a varios en semana inglesa, estaba de más decir que tenía experiencia, yo solo me dejabas llevar, guiada por su forma de abrazar mi boca con la suya.

—Rebeca, ¿qué haces? —Yo no lo dije, lo dijo ella. Se levantó, recogió sus cuadernos y se despidió, la vi irse sin mover ni un pelo.

¿Qué fue todo eso?, acababa de dar mi primer beso, acababa de dar mi primer beso con una mujer. ¡Una mujer! Solo tengo 13, papá dice que aún no sé lo que quiero, pero por qué estaba segura de querer seguir besando a Rebeca, ¿por qué se sintió tan bien? Quedarme así como una estatua, eso deseaba, inmortalizando esa sensación de sus labios sumergiéndose en los míos, por favor que el tiempo no avance, que todo se pare, que nada crezca, que nada cambie, quiero seguir besándola toda mi vida.

CAP 3. ¿QUIÉN SOY?

¿Por qué a las secundarias siempre las pintan de verde? Los techos de los salones parecen pinos de Navidad.

El barullo de la bolita de estudiantes entrando al salón seguida de la maestra me sacó de mi cavilación.

Vi entrar a Rebeca apresurada tratando de no cruzar miradas conmigo. Aunque yo la observaba esperando a que eso sucediera. ¿Ahora me evitaba? Antes ella me buscaba, ¿la regué? ¿No beso bien? ¿Está bien besar a una mujer? Papá no me habló de eso, espera, nunca me habló de nada ¿tendría que olvidarme de lo que pasó? ¿Existe tan siquiera la posibilidad de que yo tengo una novia? ¿novia? Era muy raro, antes no había escuchado a una mujer decir "mi novia".

A mitad de clase de química Rebeca pidió permiso para ir al baño. Espere 10 minutos antes de hacerlo yo también.

—Hasta que vuelva tu compañera —contestó la maestra.

Comencé a mover la pierna impaciente.

—Te anda mucho —preguntó.

A sentir desesperada.

—Bien, puedes ir.

Me levanté corriendo, llegué al baño dando brinnquitos para que no me ganara.

Después de que salí del baño vi entrar a Rebeca. Se suponía que tendría que haber estado todo el tiempo ahí. Si esperaba más quizá no hubiera llegado.

Nuestras miradas se encontraron frente al espejo cuando ella apenas había dado unos pasos dentro. Dejé que se acercara al lavabo. Había cuatro, pero ella eligió el que estaba al lado de mí.

¡Alerta! ¡Alerta! sentí que gritaba mi corazón. Se terminó de enjuagar y dio media vuelta.

—¿A dónde fuiste?

—¿Qué? —regresó.

—Pediste permiso para ir al baño y no estabas aquí.

—¿Te importa?

—Sí, porque casi no llego por esperarte.

—¿Cómo? —Se acercó interesada.

—Me refiero a que ya me andaba y tú no volvías, lo bueno que la maestra se compadeció de mí.

—Ah, era eso.

—Oye, casi explota mi vejiga.

Se comenzó a reír.

—¿Qué es tan gracioso?

—Tú —terminó de sonreír, carraspeó y dio los únicos pasos que se podían dar hacia mí, posando su mano sobre el azulejo del lavabo.

—Te ...—alzó la mirada —. Te gustó el beso —mordió su labio y lo fue soltando poco a poco.

—Ah —No podía dejar de ver cómo ese pedacito de piel deslizable volvía a su lugar.

—Te gusta el dulce de leche —pregunté inocente, tratando de mirar hacia otro lado.

Su expresión tímida y seductora cambió una de sorpresa, después rio.

—Eres muy graciosa.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Te estoy preguntando algo serio y me sales con otra cosa.

—No sé qué responder.

—La verdad —dijo sin titubear soplando las palabras en mi boca. Cuando se apartó quería perseguir la suya—.A ese olor te refieres —preguntó astuta como si quisiera provocarme.

—Ah, sí, justo ese —traté de ocultar mi efusividad.

A mí sí me gustó dijo al caminar hacia la salida todavía se giró para guiñarme el ojo.

¿Por qué hace eso? ¿en serio quiere algo conmigo? ¿Yo? ¿una mujer? ella lo es también, ¿le dará igual todo? ¿Por qué hace lo sigue alimentando?, ¿por qué no me molesta?

—A mí también me gustó —pronuncié para mis adentros, viendo la puerta del baño cerrarse.

Regresé al salón, relajada. Después de deshacerme de esa carga en mi vejiga, cualquiera puede estar en paz.

Tomé asiento en mi pupitre y me di cuenta de que habían dejado un papel sobre mi paleta.

Eres muy linda siempre me lo has parecido.

Eso decía el papelito. Se me apretó el estómago, una sensación fugaz, pero placentera me robó un suspiro, levanté la cara y eché un vistazo a todo el salón, guardé el papel bajo mi libreta y seguí apuntando.

¿Quién lo habrá mandado? ¿estarán burlándose de mí? Seguro es eso. Recordé el baño, Rebeca acercándose muy suave, coqueteando, si a eso se le puede decir coquetear. ¿Habrá sido ella? Esperaba que lo fuera porque de solo pensarlo mi cara se llenaba de felicidad y se trasminaba por mi garganta hasta provocar un remolino divertido en mi estómago. ¿Qué es eso?, ¿por qué ahora pensar en ella me dejaba en este estado? un estado que amaba, en el que quería permanecer por la eternidad, Recordarla en mi cuarto sosteniendo mi cara, ¿ella se aferraba a mí? Nadie lo había hecho. A pesar de que la aparté, a pesar de que no quería dejarla seguir, esa mirada, sus pupilas llenas de un inspirador brillo, me atrajo como un imán, nuestras partículas querían fusionarse como las hojas en el viento, como las estrellas en el cielo negro, como la nada cubriendo al todo, como su boca cubriendo la mía, tan delicada y resbaladiza como un caramelo, como un dulce de leche.

—Arabela...Arabela —pronunció la maestra sin obtener respuesta—. Arabela.

—Sí, perdón— sacudí mi cabeza como cuando los perros se secan al sol.

— ¿Dónde estás? Te hice una pregunta.

—De seguro está enamorada —salió una voz del fondo, escuché el eco de las risas del salón. La maestra movió la cabeza en ambos lados desde el pizarrón. Me agaché llena de vergüenza.

— A ver, dime ¿cuál es este elemento? —Me reincorporé. Negué con la cabeza—. ¿Alguien más sabe la respuesta? — La maestra dejó de ponerme atención.

¿Enamorada? ¿eso era? Esto es lo que muchas mujeres sueñan sentir? Respiraciones agitadas, exhalaciones continuas, latidos apresurados, y un rostro que se apodera de tu mente sin dejarte concentrar en otras cosas. ¿Esto es el amor? ¿Esto es? ¿Estoy enamorada? ¿Estoy enamorada de una de mis compañeras? ¿de una mujer? Comencé a sentir miedo. ¿Esto podía ser posible? ¿Si las otras personas se enteraban lo verían normal?, pero ¿es normal? ¿qué es normal? Los sentimientos son normales, la rabia y el enojo, la alegría y la frustración, el amor, ¿el amor? ¿el amor hacia una mujer? ¿Por qué papá no me habló de esto? ¿Por qué mamá no lo hizo antes de irse? Ahora era cuando necesitaba esas pláticas pendientes, esos finales en las conversaciones incómodas, esos sermones aburridos que tienen las respuestas porque quería, deseaba, intentaba saber quién soy.

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