Entonces lo vi. Allí, en el fondo de la tenebrosa oscuridad, una pequeña luz empezaba a brillar a pesar de ver con poca claridad lo pude notar.
Su luz no era cálida,. Mis pulmones ardían, pero mi mente estaba en blanco. No recordaba cómo había llegado a este lugar, casi podía sentir como mis dedos tocaban esa pequeña luz, cuando de repente el mundo giró y me encontré acostada en una cama.
El aire de la habitación se sentía espeso, opresivo. Frente a mí había un hombre que me miraba con un desprecio tan helado que me sentí más desnuda que nunca.
—No puedo creer que me tuve que acostar contigo —dijo con veneno en su voz, cada palabra como si un cuchillo afilado se tratara.
Lo primero que noté, al mirarlo con más cuidado, al alzar mejor mi vista, fue su cabello castaño rojizo, aún húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Un lunar cerca de su labio llamaba mi atención, un detalle que contrastaba con la furia de su mirada. Su piel pálida apenas quedaba cubierta por una bata blanca, mal ajustada sobre sus hombros.
—¿Qué? —murmuré. No sabía de qué me hablaba esta persona, ni siquiera entendía cómo había llegado a ese lugar. Hace unos momentos estaba en el mar… ¿Quién soy?
Intenté incorporarme, pero un dolor punzante me derrumbó. Pequeños fragmentos comenzaron a surgir en mi mente.
Era un día lluvioso. Las gotas de agua golpeaban mi paraguas como un tambor frenético mientras corría, jadeante, con una mano sobre mi vientre. Sangre, pegajosa y caliente, se deslizaba por mis manos. Apenas podía respirar… Horas antes, mi vida había sido perfecta. Yo era una pianista y escritora reconocida, una mujer con el mundo a sus pies. Pero todo se desmoronó esta mañana que visité a mi médico.
“bacteriana”, había dicho el diagnóstico. Intenté mantenerme tranquila, estaba segura de que sería anemia o algo así, pero últimamente he sentido mucho dolor abdominal, bonita forma de empezar el día.
Tenía una cita con mi prometido, Ian, y decidí sorprenderlo en su oficina antes de nuestra cena. Subí las escaleras, evitando el ascensor, sin imaginar que cada paso me acercaba al horror.
La puerta de su despacho estaba entreabierta. Desde dentro, escuché voces que parecían sacadas de una pesadilla.
—Vamos, cariño, ¿por qué no la usas como sacrificio? —dijo una voz femenina, dulce como veneno.
—Déjalo, Bell. Bien sabes que ella no se toca, y más te vale no hacerlo —respondió Ian con firmeza, mientras se escuchaba el sonido de alguien acomodándose en su escritorio.
Ese nombre me sonaba, pero no sabía de dónde. Solo me limité a seguir escuchando, con los labios temblorosos.
Hubo un silencio que se hizo eterno.
“Sería un problema... sus amistades y su familia son personas con las que no te debes meter...”
“¿Agentes secretos? ¿Mafiosos?” Comento con burla esa horrenda voz.
Ian trató de evadir el tema. No podía creer lo que estaba escuchando. Con manos temblorosas y lágrimas en mis ojos, intenté huir hasta que oí:
“Ian, vamos a mi casa hoy, ¿vale?”
El mundo pareció detenerse. Las palabras de Ian resonaron en mi mente, frías y calculadoras. Un escalofrío recorrió mi columna cuando lo vi besar a ese tipo. No fue el beso lo que me destrozó, sino el charco de sangre que manchaba su escritorio
“Oh querida, ¿sigues viva? Parece que mi envenenamiento no funcionó”, dijo Bell sonriendo perversamente.
Los tacones no ayudaban ahora, si parecía una escena de terror, cada sonido de mi tacón me daban escalofríos porque ese tipo de personas terminaban muertas o eran heroínas y yo no era la segunda.
Corrí. El dolor en mi vientre y las punzadas en mi cabeza eran insoportables, pero no iba a morir allí. Las paredes del edificio estaban cubiertas de marcas de manos ensangrentadas, como si almas desesperadas hubieran intentado escapar antes que yo.
Llegué al primer piso, jadeante, con la sensación de que mis pulmones iban a colapsar. Saqué mi teléfono y llamé a mi madre.
“¿Cariño? ¿Qué pasa? Te he estado llamando por tu cumpleaños, pero no contestabas ni tú ni tu asistente.”
¡Maldición, lo había olvidado! Hoy es mi cumpleaños.
Trataba que mi voz sonara lo más tranquila, pero mis labios no dejaban de temblar, era la primera vez que sentía tanto dolor, no solo físicamente, sino emocionalmente, literalmente sentí una apuñalada cuando descubrí su engaño.
“Mamá, escucha primero. Investiga a mi prometido y saca a relucir todos sus secretos. Contacta a Mónica, ella sabrá qué hacer.”
Cada paso que daba sentía un dolor inmenso, sentía que mi respiración se cortaba, pero no iba a dejar que ellos me eliminen tan fácilmente, así que como pude acelere mi paso
“¿Cariño, qué pasa? Me estás asustando.”
Ya había salido del edificio, escuchaba disparos, pero no volteé. Corrí por las calles hasta un parque y me senté en una banca.
“Escúchame... no sé qué secretos tengan ustedes conmigo, pero solo quiero decirles que los amo. Ian no es quien creemos. Cometió un crimen imperdonable. Tienes que creerme.”
Mi negro y largo cabello sentía como se movía con el aire frío, podía ver que era un adiós, pero contuve mis lágrimas para empezar preparar todo.
“Siempre te creo, hija.”
Grabé la llamada y la envié a mis tres mejores amigas del FBI. Sentía que no me quedaba mucho tiempo. Una señora llamó a una ambulancia, pero no creo que lleguen a tiempo.
“Mamá, no sé si sobreviviré, pero por favor descubre la verdad y no te compadezcas de él.”
Sentía que la banca del parque estaba empapada de mi sangre, ya casi sentía que me desvanecía, ya sabia porque sangraba más de lo normal, al parecer algunas balas me dieron…
“¿Qué pasó? ¿Dónde estás?”, su voz se escuchaba preocupada
Hice mi último esfuerzo, ya sentía mis ojos cerrarse y la voz casi no me salía, me daba rabia haber perdido toda mi vida, mis sueños y mi familia por esos descarados.
“Madre, investiga al chef del restaurante. Y no llores demasiado.”
Perdiendo el conocimiento, escuché la voz de mi madre en el teléfono, quería decirle un te amo por lo menos a mi mamá, pero que injusta es la vida, morí joven y en mi punto más alto de mi carrera sentía tanta tristeza e impotencia.
Mis ojos se cerraron. El mundo se desvaneció en un vacío blanco cegador.
No sabía si era una imaginación, pero justo antes que se desvaneciera por completo pude ver un bebé mirándome fijamente.
Solo escuché el estruendo de la puerta cerrándose de golpe. Cuando alcé la vista, ese hombre frío ya no estaba en la habitación. El vacío que dejó tras su partida era asfixiante. Me levanté como pude, sintiéndome asqueado. Mi mente estaba nublada, incapaz de organizar un pensamiento coherente. Solo sabía que necesitaba limpiarme.
Todavía no salía el sol, pero ya estaba en la bañera. A pesar de que el agua caliente me relajaba, no estaba del todo despierto. Suspiré y traté de analizar mi situación. Ahora soy un chico. Para ser sincera, ya me lo esperaba, pero me sorprende no ser más “varonil”.
El agua comenzó a enfriarse, así que salí de la bañera y me puse la bata de baño. Al acercarme al espejo, me detuve. Miré fijamente el rostro del dueño original. Parecía un ángel.
“No puedo creer que luzca tan lindo, es como si fuera mi hermanito pequeño”, murmuré para mí misma.
Toque con curiosidad su cara fijándome en cada detalle, lo que más destacaba eran sus ojos color jade, después me fije en su cabello que destacaba de toda su apariencia, parecía realmente un ángel, su pelo plateado, sentía una curiosidad, casi parecía como si hubiera sido un anciano pero a la vez no.
La gran pregunta seguía ahí, latiendo en mi mente: ¿por qué no querías regresar? Supongo que tus razones tenías.
“Joven Ansel, voy a entrar”, anunció una voz al otro lado de la puerta, interrumpiendo mis pensamientos.
Suspiré y miré con desdén al intruso cuando abrió la puerta sin esperar mi respuesta. Ya sabía que lo trataban mal, pero esto era una falta de respeto total.
“¿Qué se te ofrece?”, pregunté sin apartar mi mirada del espejo, ignorando su presencia con intencionada indiferencia.
Ella se sorprendió, pero prosiguió. “La señorita Leonora llegará a la una de la tarde, por favor procura no estar aquí. Esas fueron las órdenes del joven amo.”
Suspiré. Ser tratado como un intruso era humillante, pero no hice reclamos. Lo último que quería era darle más satisfacción a esa gente viendo mi humillación.
“Está bien, ya te puedes retirar”, dije con frialdad.
Esperé a que saliera antes de dejar la habitación. Necesitaba despejarme. “Creo que tarde o temprano tenía que salir. Nada mejor que unas compras para distraerme”, pensé mientras buscaba sus pertenencias. No encontré las llaves del auto, pero su billetera y su celular estaban sobre la mesa. Ordené que me pidieran un taxi. No les gustó, pero no les quedó más remedio que obedecer
En el camino, repasé sus recuerdos. Si no mal recuerdo, su nombre era Ansel Winston, profesor de música, con una gran herencia de su abuela, amado por su familia y amigos
“Tenías todo, ¿por qué viviste peor que una cucaracha?”, reflexioné.
Terminaba de arreglarme para salir cuando se me ocurrió una gran idea. Según sus recuerdos, su suegra lo adoraba y odiaba a Leonora. Tal vez tener aliados no estaría mal. Aunque nunca le dijo nada por miedo a su esposo, ese temor ya no existía, porque ahora yo controlaba la situación.
“Buenos días, señora Ross Western.”
“Oh, querido, no me digas, señora. Mejor dime Rosy o Madre.”
La mujer frente a mí lucía más joven de lo que imaginé. Su cabello castaño y ligeramente ondulado le caía hasta los hombros, y sus ojos miel brillaban con calidez. Era fácil entender por qué alguien podría confiar en ella.
“Como guste... Madre.”
“Oh, eso está mejor querido. ¿Y dime, por qué me citaste tan temprano? ¿Cómo te trata mi hijo?” Su sonrisa desapareció cuando vio mi expresión pensativa y preocupada.
“Soy una persona madura e independiente. Sin embargo, cuando hablé con usted no mencionó en ningún momento que iba a ser tratado peor que una cucaracha... Madre.”
Suspiré y continué. “Soy una persona de pensamientos maduros y abierta a diferentes ideas, pero pedirme que me vaya después de aprovecharse y traer a su amada como si fuera una persona de la vida galante... ¿Ese es el trato que yo me merezco?”
“¿Qué pasó esta mañana?” Su mirada cálida de repente se endureció como si la linda mujer de hace un momento se hubiera ido.
Entonces recordé el momento más cómico de cómo le pidió graciosamente al dueño original que fuera su nuera.
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Flashback
Ansel llevaba un atuendo suelto que dejaba descubierto un hombro. Su cabello era más largo en aquel entonces, y su mirada serena contrastaba con su evidente incomodidad. Estaba esperando pacientemente su cita a ciegas, que ya llevaba un retraso de más de 20 minutos, pero en su lugar llegó su madre.
“Disculpe, ¿acaso es Ansel Winston?” Una bella mujer de apariencia seria, con cabello largo, acerco mientras miraba de arriba abajo la apariencia de Ansel para después sonreír con amabilidad
“Así es, ¿usted es Dick?”Ansel mostró una voz serena y con amabilidad en su mirada mientras se levantaba para saludarla.
“Oh no, mi hijo tuvo un retraso en su viaje, pero me dijo que no te quería perder y que eres totalmente su tipo.”
Ansel se sonrojó, aunque no tenía interés en Dick, pero aun asi solo sonrió tímidamente mientras lady Ross le tomaba sus manos
“Igualmente, su hijo es muy apuesto.”
Ansel no tenía ningún interés en su hijo, pero sí le gustaba su primo. Sin embargo, el primo descubrió a Dick abusando de Ansel, se acobardó y lo abandonó a su suerte. Fruto de ese abuso, Ansel esperaba un niño y por eso necesitaba casarse con él.
“¿Te gusta la comida rápida?” Preguntó Lady Ross mientras agitaba suavemente su taza de té.
Ansel, sentado frente a ella, dejó su cuchara en el plato antes de responder. “La como una vez al mes. Aunque últimamente ni siquiera eso... ¿Por qué la pregunta?”
Lady Ross sonrió con una mezcla de curiosidad y juicio. “Solo quería saber si tienes gustos sencillos o... problemáticos.”
Ansel arqueó una ceja, divertido. “¿Qué hay de problemático en disfrutar una hamburguesa?”
“Créeme, querido, he conocido a personas que podrían declarar la guerra a la humanidad si encuentran mayonesa en sus papas fritas.”
La risa de Ansel resonó en la sala, relajando un poco la tensión inicial. Pero Lady Ross pronto retomó el control. De la nada, sacó una tableta y comenzó a hacerle preguntas con la eficiencia de un detective.
“Bien, siguiente pregunta: ¿cómo reaccionas en una crisis?”
Ansel inclinó la cabeza, un poco desconcertado. “¿Qué tipo de crisis?”
“Cualquier crisis. Digamos que hay un incendio, ¿qué harías?”
“Apagarlo, supongo. O salir corriendo si la cosa está fuera de control.”
“¿Y si alguien está atrapado?”
“Depende de quién sea. Si es mi pareja, no lo dudo ni un segundo. Si es alguien que apenas conozco... bueno, evaluaría el riesgo.”
Lady Ross hizo una nota rápida en su tableta y levantó la vista, escaneándolo con los ojos. “Interesante. Ahora, última pregunta: ¿quieres tener hijos?”
Ansel se tensó ligeramente. No esperaba que la conversación diera ese giro. Aun así, respiró hondo antes de contestar con calma. “Si mi pareja lo quiere, por supuesto. Le daré los hijos que desee.”
Un brillo triunfal iluminó el rostro de Lady Ross. Golpeó la mesa con suavidad, como quien acaba de cerrar un trato. “¡Excelente! La boda será en un mes, y te mudarás tres días antes.”
Ansel parpadeó, confundido. “¿Boda? ¿Un mes?”
“Por supuesto, querido. Ya está todo planeado.”
“Espera, esto... esto es un poco rápido, ¿no?” Su voz denotaba una mezcla de asombro y alarma.
“Cariño, no hay tiempo que perder. Los mejores matrimonios son aquellos que se toman por sorpresa.”
Ansel se removió incómodo en su asiento, buscando algo que decir. “Oh, bien... supongo que se lo comentaré a mis padres adoptivos.”
“No te preocupes por eso.” Lady Ross agitó una mano, despreocupada. “Ya informé a tus consuegros. Están encantados.”
Ansel la miró, estupefacto. “¿Cuándo pasó eso?”
“Querido, si algo he aprendido en esta vida es que las madres siempre saben lo que es mejor. Confía en mí.”
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Fin del flashback
“¿Es en serio? No puedo creer que solo asintieras, pero no puedo juzgar tus decisiones”, pensé, volviendo al presente. La señora me veía intrigada.
“Estaba adolorido por culpa de su hijo, así que me estaba tomando un baño relajante cuando una empleada entró sin avisar... prácticamente me corrió de ahí. Me avisaron que iba a llegar una tal Leonora y que debía retirarme antes de la una de la tarde por órdenes de su hijo.”
“¿Qué? ¿Amada? Qué tonterías te dijo esa niña, no hay nada como eso.”
“Lo siento, Madre, no sabía que Dick estaba en una relación. Creo que es mejor cancelar...”
Antes de que pudiera terminar la frase, la madre de Dick se tensó y trató de convencerme de que lo mejor era pensar con la cabeza fría y que ella arreglaría todo.
“Está bien, le daré una oportunidad más a su hijo. Sin embargo, si resulta estar en una relación, no tendré más opción que marcharme. No quiero ser una disputa entre una pareja.”
“Eso no sucederá, hijo. Haré lo que sea necesario para protegerte.”
Me encontraba sumergido en mis pensamientos mientras observaba cómo el sol salía cada vez más a través de la ventana. Nunca imaginé que mi día sería tan ajetreado. Solo quería relajarme antes de comenzar a poner la basura en su lugar, pero esta situación... realmente...
¡Es hilarante! Estos aristócratas son como personajes sacados de las telenovelas que veía mi nana cuando era niño. Su dramatismo me resulta fascinante. Tal vez no sea normal pensar así, pero, después de terminar en un mundo que no es el mío, uno pensaría que mi prioridad sería escapar o al menos mantenerme en las sombras.
Yo, sin embargo, no soy como el "Ansel" que solían conocer. Estas personas le hicieron sufrir en el pasado, y aunque no lo hayan hecho aún, sé que lo harán en el futuro. No planeo quedarme quieto. Jugaré mis cartas con cuidado, porque en esta partida, seré yo quien dicte las reglas
“¡Señora! Mire, ahí está mi auto rayado. ¿Qué es eso?... ¡Oh, mi luna!”
Al llegar al jardín, lo primero que captó mi atención fue una pequeña gatita que se paseaba entre los arbustos. Su pelaje blanco con manchas grises era idéntico al de Clara, la gatita que tuve de niño. El recuerdo de su pérdida avivó una rabia inesperada en mí. No solo el desprecio de estos criados hacia mí me enfurecía, sino también su indiferencia hacia algo tan inocente. No importa si son sirvientes o dueños; si me faltan al respeto, los haré caer de su pedestal.
“No te sobresaltes, querido. Ya verás que esto es un malentendido y muy pronto tu suegra lo resolverá“, dijo Lady Ross, tratando de tranquilizarme y dándome palabras de apoyo.
Llegando a este punto del drama, me di cuenta de algo... ¡Demonios! ¿Estoy embarazado? Definitivamente, un rotundo NO. Ni siquiera es mi tipo. Santo cielo, ni siquiera puedo cuidarme a mí mismo... Ya pensaré en algo.
Entramos a la mansión, donde varios sirvientes se encontraban organizando el comedor. Sus miradas se desviaron hacia mí con un desdén mal disimulado. Lady Ross, al percatarse de esto, se detuvo en seco.
“Buenas tardes, Lady Ross”, saludaron muy hipócritamente, ignorando mi presencia. No me enfadaba por el simple hecho de que, tarde o temprano, aquel que se atreviera a mirarme por debajo acabaría comiendo polvo.
La señora Ross hizo un gesto de disgusto. “¿No piensan saludar a su amo?” Ella realmente no estaba enojada, sino más bien furiosa.
“¿No piensan saludar a su amo?”, preguntó, su tono cortante como una navaja.
“Madre, no te preocupes. Después de todo, yo soy solo una ‘basura’ que llegó para interrumpir sus cómodas vidas, ¿no es así?”, dije, dejando caer la frase con una sonrisa irónica.
El salón quedó en completo silencio.
“¿Qué dices? ¿Quién te dijo algo parecido?”, preguntó ella, viendo a cada uno con desprecio.
Lady Ross giró hacia los sirvientes con una mirada que podría congelar el fuego. “Escúchenme bien. Ansel es el único nuero que aceptaré en esta casa. Quien le falte al respeto, me faltará a mí, y yo no tengo paciencia para la insolencia.”
Todos estaban en silencio, hasta que una de las empleadas se atrevió a hablar. “Madam, ¿puedo preguntarle algo en mi humilde opinión?”, se acercó una sirvienta que casi no hablaba y obedecía cada orden de Leonora.
“Siempre y cuando respetes a tu amo... puedes tener la palabra”, mencionó Lady Ross, advirtiéndole con la mirada que hablara con especial cuidado.
“Bueno... ¿qué pasaría si el señor nos despide por faltarle al respeto a su libertinaje?”
Lady Ross rió suavemente, aunque sus ojos permanecían fríos. “Si cumplen con su trabajo y respetan a su amo, no tienen nada de qué preocuparse. Pero al menor error… bueno, digamos que varios puestos quedarían vacantes.”
“Entendido”, dijo la mujer, aunque una sombra de desdén cruzó por su rostro antes de regresar a sus tareas.
“Entonces… ¿Podemos maltratar al amante?”, preguntó, intentando ocultar su sonrisa.
“Por supuesto, ya que es indigna de estar aquí.” En ese momento, sonó una campana, normalmente utilizada para atender a su amo en los cuartos de arriba. Después de un silencio, alguien habló.
“Es ella, la amante”, susurró una criada más joven, con una mezcla de miedo y repulsión en la voz.
Lady Ross apretó los labios, pero mantuvo su compostura. “Nadie va a atender ese llamado”, ordenó.
Sabía exactamente de quién hablaban. Leonora, con su arrogancia y su sentido de superioridad, estaba a punto de aprender que en esta casa no había lugar para ella.
“Madre, creo que es hora de echarla de mi vista.” Lady Ross se alegró por mi iniciativa e instintivamente me dirigí a la terraza privada de mi cuarto. Realmente me emocionaba jugar el papel de víctima doble cara. Esto solo lo veía en las series, y sinceramente, no eran de mis villanos favoritos. Pero en este caso, me encanta meterme en este papel. ¿Quién iba a pensar que podría ser tan divertido?
Lady Ross sonrió, complacida. “Me encanta que tomes la iniciativa, querido. Vamos, yo iré contigo.”
Subimos juntos, mientras las voces de los sirvientes se desvanecían detrás de nosotros. Al acercarnos a mi habitación, escuchamos los gritos de Leonora al otro lado de la puerta.
A casi llegar a la puerta de mi habitación, escuchamos a alguien molesta, gritando porque la estaban ignorando. Decía que ella era la señora de la casa...
“¡Soy la señora de esta casa! ¡Exijo que alguien venga inmediatamente!”, rugió Leonora, golpeando la campana con un frenesí que resonaba como un eco en toda la mansión
Ya podía imaginar la expresión de Lady Ross. Prácticamente, no quería verla ni en pintura. Empezando a decir ese tipo de cosas en un lugar que es prácticamente la propiedad de otra persona, es como cavar su propia tumba. Hay personas que de verdad no aprecian su vida ni su integridad. Por supuesto, eso era algo bueno para mí, y no pude evitar sonreír deliberadamente antes de abrir la puerta.
“¿Qué descaro es ese?”, alzó la voz Lady Ross.
“¿Quién anda ahí?”, preguntó bajando la voz, como si tuviera precaución. Mmm, al parecer, sabe cómo reconocer el peligro.
Abrí la puerta lentamente, dejando que cada centímetro de su apertura aumentara el peso del silencio en el aire. Cuando nuestros ojos se encontraron, su rostro se deformó en una mezcla de furia y desconcierto.
“Buenos días, Leonora”, saludé con una sonrisa afilada, cargada de falsa cordialidad. “¿Hay algún problema? ¿O solo estás... practicando para una obra de teatro?”
“¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera?”, siseó, dando un paso hacia mí como si quisiera devorarme con su mirada.
“¿Yo? Solo sigo las lecciones que aprendí de los mejores. Tú deberías saberlo, ya que insistes en dar cátedras de drama gratuito en cada rincón de esta casa”, respondí, dejando que la ironía en mis palabras cayera como un golpe seco.
Lady Ross, que se había quedado a un paso detrás de mí, avanzó con la elegancia de un verdugo al que no le tiembla la mano. Su voz resonó como una sentencia. “Leonora, te lo voy a dejar claro. En esta casa, el único que tiene mi respeto y mi apoyo es Ansel. Si no puedes aceptar esa realidad, más te vale empezar a buscar otro lugar donde encajar tu soberbia.”
Leonora vaciló. El color de su rostro parecía desvanecerse, como si las palabras de Lady Ross hubieran drenado su energía. Aun así, intentó recomponerse, cruzándose de brazos como si ese gesto pudiera protegerla.
“Esto es absurdo. ¡No puedes preferir a este... extraño sobre alguien de mi nivel!”, replicó, su voz temblorosa y llena de veneno.
No pude evitar soltar una breve carcajada. “Extraño, dices... Qué curioso viniendo de alguien que nunca ha encajado ni con los muebles de esta casa. ¿O acaso también quieres competir con ellos por tu lugar?”
Leonora abrió la boca para replicar, pero Lady Ross la cortó con una mirada que podría haber detenido a un ejército. “No pongas a prueba mi paciencia, Leonora. Te he soportado mucho, pero si sigues faltándole al respeto a Ansel, te aseguro que ni tu sangre ni tus lágrimas serán suficientes para salvarte de lo que viene.”
Por un segundo, la expresión de Leonora pasó de la ira al miedo. Y antes de que pudiera decir otra palabra, levanté una mano para silenciarla.
“¿Sabes qué es lo peor, Leonora? Que incluso después de todo esto, sigues creyendo que tienes algún tipo de poder aquí. Pero este juego... ya terminó para ti.” Dejé que mis palabras cayeran con un tono firme, innegociable. “Recoge lo que quede de tu dignidad y márchate. Aquí ya no hay lugar para ti.”
Leonora se quedó inmóvil, sus labios temblando como si buscara alguna frase cortante que pudiera salvarla. Pero no la encontró. Finalmente, bajó la cabeza y salió de la habitación con pasos torpes, como si cada uno fuera un clavo en el ataúd de su orgullo.
Lady Ross me miró con una sonrisa cargada de orgullo y aprobación. “¿Ves, querido? Nadie se atreverá a desafiarte mientras yo esté aquí.”
“Gracias, Madre”, dije, dejándome envolver por una mezcla de alivio y gratitud.
“Solo hice lo que debía”, respondió ella con una sonrisa.
Ella me acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con su feroz presencia de momentos atrás. “Ahora baja conmigo. Merecemos un buen desayuno después de este espectáculo. Pero no te preocupes, querido. Esto es solo el principio. Si Leonora creía que podía enfrentarme, entonces claramente no sabe lo que soy capaz de hacer por ti.”
Asentí, sintiéndome más seguro y fortalecido que nunca. Sabía que con Lady Ross de mi lado, podría enfrentar cualquier cosa que viniera. Juntos, pondríamos a todos en su lugar y restauraríamos la paz en nuestra casa. Pero antes, tenía una misión: descubrir todos los secretos ocultos en esta familia y asegurarme de que el verdadero Ansel obtuviera la justicia que merecía.
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