Piel Desnuda
Te voy a hacer mía, lo prometo.
Me embriagaré de tu piel
Y besaré los pliegues de tu alma.
Tomaré tu mano
Y te guiare a la perdición de mi boca.
Provocaré una explosión entre nuestros cuerpos
Y terminaremos ardiendo juntos.
Él apreció, con todo el deleite que a sus pupilas inundaba, cómo la luna se
reflejaba en la piel desnuda de aquella dama tentadora.
Las manos le ardían ansiosas después de encontrarla al llegar al lago, en
busca de algo que calma
se
sus pensamientos y lo dejara dormir. Ya era de
madrugada, probablemente media noche, y ahora tenía más que claro que su
cabeza desecharía todas aquellas preocupaciones sobre finanzas y
se
centraría solo en la mujer que se daba un baño en su propiedad
Matthew estaba escondido en un arbusto mirando cómo la tierna piel se
fundía en las ondas marinas que reflejaban todas las constelaciones del
cielo.
A la orilla de este logró divisar las prendas que antes cubrían el cuerpo
desnudo, y para su sorpresa, las telas parecieron ser de una excelente
calidad, quizás, si hubiera más luz, podría haber asegura donde que era de seda
La joven debía ser de buena cuna, dedujo rápidamente, y buscó su rostro
intentando averiguar de quien era hija, pero no encontró en sus rasgos ni un
parecido con los nobles que conocía, y eso era mucho decir, a sabiendas de
que se enorgullecía de regocijase con todos los de su clase.
Quizás fuera una extranjera o una bella joven que aún no era presentada al
mundo.
Sonrió de lado con malicia.
Esas eran sus favoritas.
―¿Se encuentra agradable el agua?―se atrevió a preguntar mientras salía
de su escondite.
La chica se paralizó ante las palabras que llegaron por sorpresa a sus oídos
y por un momento sintió que el alma se le hundía hasta el fondo del lago.
Se volteó, totalmente rígida hacia
el lugar oscuro del que había provenido
el sonido.
Un hombre se dejó ver entre las sombras. Su gruesa silueta reflejándose en
las ondas del agua. Era imponente y bajo la luz de la oscura noche, se veía
casi aterrador. El único rasgo que divisaba a la perfección, era aquella
sonrisa peligrosa que adornaba sus gruesos labios.
En aquel momento, ella fue consciente
de dos cosas: la primera, estaba
desnuda
en el estanque y nada la podría salvar de que ese hombre mira su piel expuesta;
ni muchísimo menos de que le contase a su padre que de
nuevo se había escapado por la noche y en segunda, se percató de que la
mirada que él le brindaba, hacía que le temblaran los pies que estaban
sumergidos dentro del lago.
―Perdone, señor. Yo solo...
―Milord.
Corrigió el hombre sonriendo con más ímpetu y solo con ese gesto, la
joven palideció, dándole envidia a la blanca luna.
―Milord―repitió ella como si necesitara decirlo para creerlo.
El susodicho comenzó a acercarse hasta la orilla, con pasos que para ella,
fueron una tortura. Tenía la cara pintada de vergüenza y su mente trabajaba
a toda potencia buscándole una salida.
«Dios, sácame de ésta, por favor». Imploró mirando cómo los ojos verdes
del hombre brillaban como si tuvieran
luz propia.
Tembló.
―Es curioso, ¿sabe?―comenzó a hablar él, mientras se cruzaba de
brazos―. Cuando adquirí esta propiedad, no sabía que una bella dama
venía incluida en ella. Ya veo por qué me salió tan costosa.
Sí, en definitiva era un completo imbécil.
Tras sus palabras, la joven supo que la única salida era nadar hasta la orilla,
donde él estaba, y tomar sus prendas. Respiró profundo, armándose con
toda la valentía que tenía en el pecho, y comenzó a ir en su dirección, a
sabiendas de que intentaba jugar con ella y no debía caer.
―¿Tan rápido se va?―comentó Matthew mientras veía el patético intento
de la dama por salir de allí.
Llegó a la orilla y maldijo por no tener el brazo tan largo para alcanzar sus
prendas.
―Oh, viene por esto
—se percató él mientras se inclinaba y
lo pescaba con
las manos.
Ella se limitó a ver sus ropas interiores siendo tomadas por sus largos
dedos. De pronto, el agua fresca del lago, no funcionó para apagar el calor
de su cuerpo.
―Demelo, por favor
pidió mientras sus entrañas le rogaban salir
corriendo de allí.
Miró como él sonreía en su dirección y se mordía lentamente el labio
inferior. No todos los días, lord Matthew, tenía una inocente criatura con
quien jugar.
―Lo haré―aseguró cambiando las prendas de mano―, pero a cambió de
algo.
Ella apretó los puños debajo del agua.
― ¿Qué quiere?
―Su nombre.
Tembló. Aquello no era bueno.
― ¿Mi nombre?
Se hizo la desentendida.
El hombre asintió.
―Sí. ¿Cuál es su hombre, bella sirena?
Definitivamente estaba en problemas. Si aquel lord descubría su apellido,
sabía que su reputación quedaría totalmente ahogada en ese lago, aún sin
tan siquiera haber sido presentada en sociedad.
¡Maldita fuera la hora que, por llevarle la contraria a su madre, decidió
darse una escapada nocturna!
―No puedo decirle mi nombre―fue sincera, intentando que él tuviera un
poco de compasión.
¿Compasión?, ¿desde cuándo la fría
dama quería eso? Bueno, desde que su
reputación colgaba en forma de un camisón blanco, de aquella varonil
mano.
―Entonces creo que no tendrá esto―
respondió él, sonriendo, haciendo que
la mismísima noche
alabase
el brillo de sus imponentes ojos.
―Es usted un cabrón.
Las palabras se le escaparon antes de que pudiera taparse la boca para
detenerlas, y es que a ellamuy en el fondo, no le gustaba que se hicieran
los listos creyéndole tonta
Una de sus aficiones, definitivamente, no era
perder.
―Cuida tu boca, hermosa.
Le anunció entre dientes haciendo que su rostro se viese serio. De nuevo,
ella debía remarcar que era aterrador.
―Deme mi ropa―repitió sin pedírselo, esta
vez, de forma educada.
―Dígame su nombre.
La voz insistente que salía con aquel tono ronco hizo que la sangre le
hirviera No tenía alternativa. Debía hablar y decirle cómo la llamaban,porque por más que luchara, una mortal no le podría ganar al mismísimo
diablo.
―Violett―habló rendida, cerrando los ojos mientras las palabras salían
corriendo, con un temor interno que le caló el alma.
― ¿Violett qué?―insistió el hombre, sintiendo cómo aquel nombre le hacía
cosquillas a su boca.
―Violetta Whitman.
Y entonces, tras escuchar aquel apellido, supo todo de ella: Era la hija de
los barones Belmont. Su padre era un conocido de años con el que tenía
algunos negocios, y la dama sería presentada en sociedad esa misma
temporada.
Lord Benjamín Matthew, Conde de Montesquieu, no era un hombre que
hablara mucho. Él se consideraba una persona recta, apegado a la etiqueta y
fraternidad solo con los de su clase. No tenía un solo lazo de cariño hacia
nadie, y en el ámbito de las mujeres, hacía años que no se hacía de una
amante.
Aquel cuerpo se veía muy tentador.
Casi le entraron ganas de pedirle que saliera del agua y tomara por ella
misma sus prendas. Quería ver lo que la corriente escondía, pero no debía
asustarla. No aún.
―Ha sido todo un placer conocerla, lady
Violett
. Sé que pronto nos
volveremos a ver.
Anunció con una sonrisa que abarcó todo su rostro, mientras dejaba las
prendas en el suelo y daba media vuelta para volverse a montar en el
caballo.
Ella miró como él se alejaba y por todos los santos que el nudo en su
garganta se marchó junto con aquellos gruesos labios.
En esos momentos pensó que se había librado de aquel hombre, pero la
pequeña dama, no sabía que la seducción del conde apenas había
comenzado.―Te noto distraído, Matthew.
El conde alzó la vista de los papeles que tenía frente a él. Llevaba media
hora viéndolos, y si le preguntaban lo que contenían, probablemente ni
siquiera supiera de dónde los había sacado.
―Perdón, ¿decías algo?―le cuestionó a su amigo mientras se llevaba, con
frustración, la mano al puente de la nariz.
―En realidad, lo decía todo.
Bass Jenner, marqués de Bristol, lo veía con el ceño fruncido del otro lado
del escritorio. Su amistad con el conde había comenzado tan solo unos
cuantos meses atrás, cuando lograron hacerse socios en la industria textil. Y
lo cierto es que el conde y el marqués embonaron a la perfección: Ambos
eran buenos en las finanzas y veneraban el silencio como una virtud, pero
aquella tarde soleada, hablar se les había vuelto una necesidad, porque no
había otra cosa que les urgiese más que aliviar los negocios que se les iban a
pique.
―No sé en dónde traigo la cabeza.
Negó Benjamín mientras se levantaba del asiento y andaba hacía el lugar
donde guardaba el licor.
―¿Qué sucede?―preguntó su amigo, intentando ayudar al conde para
volver a aquel asunto que los estaba comiendo vivos.
Matthew se sirvió lentamente el whisky y después se lo bebió de un solo
trago saboreando el ardor que el alcohol le dejó en la garganta. Le palpitaba
La cabeza, le pesaban las piernas, y podía jurar que había pasado toda la noche mirando el techo después de volver a su habitación la madrugada
anterior.
―Sigo preocupado por las cuentas. Los números no dan y al paso que
vamos me temo que podríamos...
―Tener un ladrón en el negocio―terminó el marqués soltando un respiro
mientras se acomodaba en la silla.
―Exacto―corroboró.
―Yo también creo eso, pero, ¿qué haremos?―preguntó, encogiéndose de
hombros―. No podemos despedirlos a todos.
Benjamín lo miró mientras se volvía a servir más whisky.
―Claro que podemos, Bass.
―Dejaríamos a cientos de personas sin trabajo.
―Se lo merecen por morderles la mano a los que siempre les hemos dado
para comprar el pan.
El conde era despiadado. Su alma estaba congelada, y en lo único que
pensaba era en su propio bienestar.
La empresa textil se les estaba escurriendo de las manos por el dinero que
desaparecía inexplicablemente, y si tenía que dejar sin comer a todos para
volver a tomar las riendas, entonces que se murieran de hambre.
―Es una decisión muy apresurada.
El marqués, como todo el tiempo, defendiendo a los demás.
―Es la única solución.
Decretó Benjamín bebiéndose el segundo vaso de Whisky.
―Debe haber algo que no perjudique a tanta gente y nos deje los mismos
resultados que...
El marqués se vio interrumpido por unos golpes suaves del otro lado de la
puerta. Benjamín lo miró mientras negaba con la cabeza y respondía con
ese gesto al comentario que no había terminado de salirle por la boca.―Adelante.
El mayordomo abrió la puerta del despacho e hizo una reverencia ante los
dos nobles.
―Milord, el barón Belmont desea verlo.
Aquellas palabras llamaron inmediatamente la atención del conde.
De pronto, le llegaron de golpe todos los recuerdos de la noche anterior: la
piel brillante de la dama, la cabellera oscura pegándosele a los hombros
desnudos que fácilmente podría morder, y aquella forma grosera de
insultarlo...
«Violetta Whitman». Saboreó su nombre.
Definitivamente la joven necesitaba a alguien que le diera una lección para
tragarse sus comentarios groseros.
«Te duelen las verdades», le dijo una voz juguetona en su cabeza.
―Que pase al despacho―le ordenó al mayordomo.
―En seguida, milord.
El hombre se marchó y, a los segundos, el barón entró a la habitación con
una elegancia que no tenía comparación. Claramente, Benjamín era
muchísimo más alto que él, y mucho más atractivo también. Las facciones
regordetas de lord Belmont no le daban gracia, pero nadie podía negar que
era una persona de buena cuna y modales.
―Buenos día, señores.
―Buenos días, milord―Matthew respondió al saludo inclinando un poco la
cabeza―. Doy por hecho que ya conoce al marqués de Bristol.
El Barón asintió.
―En efecto. Buenos días, marqués.
Bass solo asintió mientras se llevaba la copa de vino a los labios. Era un
hombre de pocas palabras, y es que aun cuando su alma era caritativa, tenía
Escondido― ¿Y a qué se debe su visita?―preguntó Benjamín para disimular la
grosería de su amigo.
Lord Belmont volteó hacia él y se arregló el corbatín antes de hablar. El
conde no pudo evitar notar que tenía los mismos ojos que lady Violett.
―Verá, pronto mi esposa y yo volveremos a Londres para la presentación
de nuestra hija y creemos conveniente invitarlo a cenar después de nuestra
larga estadía como vecinos. Además, tengo un par de negocios que podrían
convencerle.
¿Cenar en su casa?
Las tierras de los dos hombres eran cercanas y tal situación los había
llevado a cerrar algunos tratos juntos, inclusive habían cenado un par de
veces en la propiedad del conde, pero esta vez, por Dios que la propuesta
del barón hizo que le temblaran las piernas a Matthew. Un nudo se instaló
en su estómago al pensar que, si tenía suerte, iba a poder volver a ver a la
joven dama, y es que en medio de sus preocupaciones financieras, no podía
sacar de su cabeza la forma que tuvo de ponerlo en su lugar:
«Es usted un cabrón».
Tenía garras. ¿Cómo se sentirían arañando la espalda?
―Con gusto aceptaré su invitación.
Y aquello complació de grata forma al Barón, quién tenía algunos planes
ocultos entre los bolsillos de la chaqueta. un carácter al que nadie tenía el antojo de admirar.
Si había algo a lo que Violetta Whitman le temía, definitivamente era a sus
padres.
Por fuera aquella mujer era tan fuerte como un roble, pero por dentro tenía
que aferrarse a sus entrañas para no caer.
Había crecido en una casa donde el incumplimiento de las reglas se
castigaba con azotes y las sonrisas estaban más que prohibidas. La estricta
forma con la que había sido educada para lograr ser casada con alguien que
les diese dinero e influencias a sus padres, era la misma que seguro
utilizaban en el infierno para torturar a las almas en pena.
Y el diablo en el acto, definitivamente era el barón. Ese hombre la ponía a
temblar.
Lord Belmont las aborrecía a ella y a su madre, a la primera por no ser un
hombre y a la segunda por ser tan inútil como para no poder darle uno.
Después de cinco abortos de la baronesa, posteriores al nacimiento de lady
Violetta, su esposo decidió bajarla al estatus de la servidumbre y buscarse
alguna amante que le diese el varón que tanto anhelaba. Planeaba inventarse
algún embarazo de su esposa para no caer en la vergüenza de tener un
bastardo, pero por los santos que todo era mejor que ver cómo el título se le
deslizaba entre los dedos por no poder tener un heredero.
Violetta miró en el reflejo del espejo cómo Eva, su doncella de toda la vida,
le cepillaba el cabello. Admiró el nacimiento de las blancas canas en la cola
de caballo que la mujer siempre lucía, y se paseó por la sonrisa dulce que
adornaba sus labios.Si ella tenía una madre, esa era Eva: la mujer que la crió, la salvó de
castigos, la alimentó cuando le prohibían hacerlo y la consoló cuando su
fachada de fuerte se caía.
―Eva
La llamó, mientras seguía viendo su reflejo.
―Dime, cariño.
Lady Violett tomó un respiro antes de soltar su pregunta. Saboreó el aire
que le llenó los pulmones. Le gustaba hacer eso y pensar que así de libre se
iba a sentir el día que saliera casada de esa horrible casa.
Estaba harta, ahogada en un mar de penas que solo la consumía. Y es que
cuando el dolor se volvía tan delirante, siempre terminaba haciendo locuras
como la de la noche anterior.
Por Dios, ella simplemente quería escaparse por unos cuantos segundos de
aquel infierno y terminó metiéndose en uno peor.
―¿Sabe quién es el propietario de las tierras vecinas?
Logró decir
mientras soltaba el aire.
―¿Tierras vecinas?―preguntó la doncella, como si abriera un mapa en su
cabeza y comenzara a ubicarse en él―. Creo que es propiedad del conde de
Montesquieu.
Violetta palideció. Sabía que el hombre que la había descubierto en su
locura era un noble, él mismo se lo había dicho, pero, ¿un conde?
Por Dios.
―¿En serio?
No se lo podía creer.
Eva asintió mientras le trenzaba el cabello.
―En efecto. Siempre ha sido propiedad de ese linaje, y si más no me
equivoco, ahora pertenece a Benjamín Matthew.
Violetta degustó mentalmente aquellas dos últimas palabras.
«Benjamín Matthew». Le hicieron cosquillas.
¿Lo conoce?
―volvió a preguntar un poco más intrigada que antes.
Le tenía miedo a ese hombre.
Debía obtener más información sobre él, averiguar qué tan peligroso era y
cuántas oportunidades tenía de que le contase su aventura al barón. Hasta el
momento solo sabía que era un cabrón y que tenía los ojos más brillantes
que había visto en su vida.
Sus pupilas, de solo recordarlas, la ponían a temblar. Era la mirada de un
cazador, de uno de esos gatos negros que te encuentras en el tejado espiando
tus pesadillas.
―Tengo una sobrina que trabaja en esa casa como ayudante en la cocina, y
de cierto modo, jamás se ha quejado del señor, así que creo que ha de ser,
por lo menos, educado. Le sorprendería la cantidad de nobles que tratan mal
a la servidumbre.
«Como mi padre», pensó soltando un suspiro.
―Además―siguió hablando la doncella―, creo que el barón fue a visitarlo
esta tarde.
Violetta se tensó.
― ¿Esta tarde?
Pudo ver en el espejo que el color abandonaba su rostro mientras Eva se
concentraba en el peinado.
―En efecto. Y al volver encargó que se hiciera cena para un invitado más,
así que creo que vendrá a la propiedad.
Las últimas palabras de la doncella retumbaron en su cabeza.
No podía ser verdad.
Pero lo era, y aquello se confirmó cuando los criados le subieron la cena a
su habitación.
Violetta estaba acostumbrada a comer sola, pero aquello le supo a un mal
presagio, uno peligroso con ojos de gato.
Media hora después de que le subieran la cena, Violetta salió al pasillo con
los pies en punta. El plan era simple, pero arriesgado: debía llegar al
comedor y escuchar la conversación con los oídos bien atentos para
prepararse en caso de que se desatara una guerra.
Eva se encargó de anunciarle la llegada del hombre, así que no se
sorprendió de hallar en el perchero de la entrada un sombrero elegante y un
saco caro.
«Huele a hombre», pensó mientras andaba más rápido, casi corriendo,
rumbo a la habitación de donde surgían murmullos.
Llegó a la entrada de la cocina y logró posicionarse en un pasillo estrecho
que utilizaban los sirvientes para servir los platillos, ese que ella se aprendió
de memoria gracias a las noches que la mandaban a la cama sin cenar.
En la gran mesa se encontró con tres personas que charlaban en voz baja. Se
veía como la típica conversación aburrida que llevaban los negociantes de
un trato igual de aburrido. El barón le hablaba al conde de unos asuntos que
al hombre parecían no interesarle en nada, y eso le sacó una pequeña
sonrisa a la dama, una que se le coló entre los labios y se le dibujó a
escondidas.
Bajo la luz de las velas, Matthew adquirió un tono más amable en el rostro.
Digo, seguía siendo imponente, atemorizante y fuerte. Tenía una presencia
devastadora, pero sus grandes ojos verdes se llenaron de un brillo juguetón
que no pudo evitar degustar.
Las piernas le volvieron a temblar a causa de su presencia y las mejillas se
le encendieron al recordar la forma en que su ropa interior colgaba de sus
gruesos dedos.
Y entonces pasó.
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