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Seth Lennox #1

Antecedentes:

Antes de que la existencia tomara forma, en lo más profundo de la nada, solo Vacío y Tiempo habitaban ese espacio sin límites. De su unión nacieron pequeños seres, herederos de un poder único. Eran esencia pura, sin rastro de corrupción. Ocho hermanos destinados a moldear el Universo, a dar forma al Cosmos y a insuflar vida en todo cuanto tocaran. Ese era su propósito, su única razón de ser.

Pero la pureza no perdura eternamente. La Corrupción irrumpió como una sombra devoradora, contaminando su obra y desatando la aniquilación. Lo que debía ser creación se convirtió en ruina.

Durante siglos, los humanos alzaron plegarias a un Dios al que jamás vieron, un Dios cuyo silencio lo volvía más caprichoso a sus ojos. Sin embargo, otros se sintieron más cerca de la divinidad al rendir culto a múltiples deidades. Ocho, para ser exactos. Los llamaron Elementos, Astros, Vida, Muerte, Luz, Oscuridad, Creación y Destrucción.

Uno de ellos, el mayor, proclamó ser el Mensajero de los Ocho Primordiales Eternos, el nombre que la humanidad les otorgó a estos dioses. En su honor, los fieles escribieron e ilustraron sus enseñanzas, compilándolas en las Escrituras Primordiales Eternas. Creían que eran las únicas, las verdaderas. Pero la devoción exigía sacrificios. Para preservar su fe, ocultaron sus textos y se volvieron fugitivos, perseguidos por quienes defendían otras creencias.

Su lucha fue breve. Con el tiempo, la religión de los Ocho Primordiales Eternos se desvaneció, y sus escrituras se perdieron en el olvido, ocultas en algún rincón de la historia que nadie logró encontrar, dejando a un Dios único, alzándose en lo alto de su trono autoproclamado.

Capítulo 1: Informantes desaparecidos

Primer arco: Cuando se cierran los ojos.

—Ya llegué —anunció el joven—. Te lo diré por última vez, si no vas a pasar por mí, avísame una hora antes de que salga del Instituto, no cuando ya cerraron todas las aulas —renegó, acomodando su abrigo en el perchero de la entrada. Caminó hasta la sala y se extrañó al no ver a su cuidador. Siempre avisaba cuando tenía que salir de imprevisto.

Notó algo inusual: la calefacción estaba encendida, lo que le pareció mucho más extraño de lo que debería ser para una fría tarde de invierno. Con un suspiro de alivio, se quitó los guantes y las botas, sintiendo cómo el calor gradualmente comenzaba a penetrar sus entumecidos dedos y pies. Siempre había detestado el invierno en Nueva York, con sus vientos cortantes y la sensación de que el frío se colaba hasta los huesos.

Con menos ropa invernal, se aventuró hacia la cocina, que se encontraba en la penumbra. A medida que se acercaba, notó la suave luz anaranjada que emanaba de la estufa. Se aproximó con cautela y pudo ver el brillo tenue de la llama azul que danzaba en la perilla de control de la estufa. La temperatura en la cocina era agradable y acogedora en comparación con el gélido exterior.

En el centro de la cocina, una olla de hierro fundido descansaba sobre la hornilla encendida. Observó con detenimiento y notó que el contenido de la olla permanecía inmóvil, sin un solo burbujeo o movimiento. Aunque la situación podría haber sido motivo de preocupación, la quietud del contenido le dio cierto grado de tranquilidad. Al fin y al cabo, recordaba la antigua regla de cocina de su padre: Si no se mueve, no pasa nada. La aparente calma en la olla contrastaba con la agitación que sentía en su interior mientras intentaba comprender la extraña situación.

De repente, en medio de la cocina inundada por el aroma del estofado y su dilema interno, el chico escuchó el sonido distintivo del panel numérico de la entrada. El sonido era nítido y resonante en la tranquilidad de la casa. Un escalofrío de sorpresa y preocupación recorrió su espalda mientras se daba cuenta de que alguien estaba afuera y conocía la clave de acceso, ya que la puerta se abrió con un suave chasquido.

Sin perder tiempo, se apresuró a salir de la cocina y se dirigió hacia la entrada. Al abrir la puerta, se encontró con la figura de su cuidador, quien estaba de pie en el umbral.

—Tom —murmuró el chico—. ¿Dónde andabas? Muero de hambre y casi de frío porque no fuiste a recogerme —le reclamó al hombre rubio parado en la entrada.

—¿Ya era hora de recogerte? Discúlpame, tuve una emergencia —lamentó Tom, observando el reloj de su muñeca—. Sí, es muy tarde. Lo siento mucho, hijo. Últimamente, he tenido demasiado de qué encargarme. En serio, no es una excusa, simplemente lo lamento —expresó y acomodó su abrigo, botas y guantes.

—Está bien, no importa igual. ¿Pero qué es lo que te tiene tan ocupado? —Quiso saber el muchacho pelirrojo. Siguió a Tom por todo su recorrido. Siempre era así, después de todo, Thomas Blueblitz era su padre. Adoptivo, claro, pero su padre al fin. Se preocupaba por él.

Thomas Blueblitz, era una figura enigmática. A simple vista, parecía un individuo común y corriente, con una estatura promedio de un metro ochenta, una tez morena que denotaba una exposición moderada al sol, cabellos rubios que caían de manera ordenada y ojos de un azul profundo que parecían ocultar secretos insondables. Vestía con sobriedad y elegancia, y su apariencia tranquila a menudo lo hacía pasar desapercibido en la multitud.

Sin embargo, bajo esa fachada aparentemente normal, Thomas Blueblitz guardaba un conocimiento singular y extraordinario.

—Hay unos problemas con los informantes de una ciudad cercana; han estado desapareciendo sin más y, sinceramente, me preocupa —explicó el rubio y caminó presuroso a sacar la olla del fuego.

—¿Tu amigo no te ayuda? —inquirió el chico, acomodándose en una de las sillas del comedor. La cocina se podía observar desde allí y era fácil de conversar porque, aunque la ciudad era ruidosa, las paredes estaban insonorizadas, excepto las de su habitación.

—Bueno, físicamente no. También tiene un problema similar en su ciudad. Algo está pasando, pero no logramos saber qué —respondió Thomas, deambulando de un lado a otro en la cocina—. Cambiando de tema, ¿cómo te fue un el colegio? Dijiste que tenías examen. —El chico, Seth, giró su cabeza y miró a su padre.

—El colegio estuvo tranquilo, quiero decir, no pasó nada fuera de lo común. Excepto por una chica de otro curso que actuaba de manera extraña a mi alrededor —comentó el muchacho y se encogió de hombros—. En cuanto al examen, bueno, me fue bien. Obtuve una puntuación de ochenta sobre cien.

—Eso está bien, me alegro por ti —felicitó el rubio, sonriéndole de manera agradable, como siempre.

La sala cayó en un silencio que resultaba ser un bálsamo de tranquilidad y confort. El ambiente estaba impregnado de una sensación hogareña, donde la calidez del hogar se manifestaba en cada rincón. La luz suave y tenue de las lámparas de mesa bañaba la habitación, creando una atmósfera acogedora que invitaba a relajarse y disfrutar de la compañía.

Seth esperaba ansiosamente la comida que estaba por llegar. La anticipación se reflejaba en su rostro, y sus ojos brillaban con la alegría de varias razones. En primer lugar, estaba contento por sus calificaciones sobresalientes en el colegio, un logro que llenaba de orgullo tanto a él como a su cuidador, Thomas.

Sin embargo, había otra razón que hacía que la sonrisa de Seth fuera aún más radiante: la promesa de un día en el parque de diversiones con Thomas. Aunque algunos podrían preguntarse por qué Seth no optaba por ir con sus amigos, la respuesta era simple pero significativa. Para él, la compañía de su cuidador y amigo era incomparable. No se trataba de que sus compañeros de colegio fueran malos o indeseables, sino de que Seth valoraba la conexión especial que tenía con Thomas. Había aprendido a apreciar esos momentos juntos, compartiendo risas, aventuras y recuerdos que iban más allá de la diversión superficial. No conocía a sus padres biológicos, así que, apreciaba la atención y el cariño de Thomas, pese a todo.

Capítulo 2: Pesadillas

—Cierto, Tom —murmuró Seth al verlo llegar con una bandeja plateada y el almuerzo. Ayudó a colocarlos en la mesa mientras veía al rubio tomar asiento.

—¿Qué sucede? —Quiso saber Thomas, acomodando los cubiertos. Aunque no lo pareciese, Tom había sido educado con elegancia y excelentes modales, por lo que mantenía un porte recto y usaba la vajilla con gran destreza y delicadeza.

—Hoy tuve un sueño raro —contó el chico.

La mirada de Thomas estaba fija en Seth, una expresión de profundo afecto y compromiso en sus ojos azules. Para él, Seth no era solo un protegido, era el centro de su mundo y una promesa que había asumido bajo circunstancias complicadas. Había adoptado a Seth en un momento en que la vida de ambos se había entrelazado de manera inesperada, pero desde entonces, había asumido un deber sagrado de protegerlo, guiarlo y estar a su lado en cada paso del camino.

Esa promesa era un compromiso que Thomas llevaba en lo más profundo de su corazón, y estaba dispuesto a cumplirla sin importar el costo. Para él, no había límites en lo que estaba dispuesto a hacer para asegurarse de que Seth creciera en un ambiente seguro y amoroso. Escuchar a Seth, comprenderlo y estar allí para él en los momentos difíciles era una prioridad inquebrantable.

Seth representaba más que una responsabilidad; era la encarnación de una promesa que había hecho a sí mismo y a las memorias de los padres de Seth. A través de su apoyo constante y su amor incondicional, Thomas buscaba brindar a Seth no solo una figura de protección, sino también un amigo, un mentor y un confidente en quien confiar plenamente. Estaba decidido a mantener su compromiso sin importar los desafíos que la vida les presentara, porque para Thomas, Seth era todo lo que importaba en el mundo.

—Aunque no lo recuerdo bien, sentí una tristeza profunda —murmuró y luego le dio un bocado a su comida. La saboreó y le llegó el deleite; Thomas era excelente cocinando—. Siendo sincero, me pareció más un recuerdo nostálgico que un sueño. Ya sabes, como algo que ya viví, pero olvidé.

Thomas arqueó una ceja, cuestionando al muchacho con la mirada. Seth se inclinó con desgano y saboreó más del almuerzo. Sufrió una breve crisis al no saber cómo responderle al rubio. Él mismo no lograba entenderse; así que, suponía que su benefactor tampoco lo haría si lo explicaba con sus palabras. Sin embargo, Tom, en el fondo, sabía a lo que se refería el pelirrojo.

—Bueno, aunque quisiese explicarlo, temo que no entenderías. Pero fue extraño, ¿sabes? —agregó, Seth, masticando lentamente—. Al comienzo pude verme a mí mismo, parado en un gran bosque nevado, estaba mirando algo, pero no logro recordar qué. E-entonces, hubo una fuerte ventisca y oí el llamado de una mujer. ¿Tiene sentido? Bueno, los sueños no tienen sentido alguno —explicó y luego habló consigo mismo. Thomas lo observó durante un tiempo, con una expresión extraña. Fuera lo que fuese, el rubio les encontraba significado a las palabras del pelirrojo.

—Sí, fue un sueño, no hay nada extraño en que fuese así de ilógico. No debes preocuparte por un sueño, Seth, tranquilo. Ahora termina tu almuerzo —dictaminó Thomas, poniéndose de pie para llevar la vajilla al fregadero. La charla finalizó allí y Seth se despreocupó mientras almorzaba.

¿Puedes escucharlo llamándote? Abre los ojos, Seth.

Los ojos de Seth se abrieron de par en par, sorprendidos por el repentino estallido de la luz mañanera que se colaba insistentemente por las rendijas de las persianas. Sus pupilas, inicialmente reducidas por la oscuridad del sueño, se contrajeron violentamente ante la luminosidad intrusa, como si buscaran refugio en el pálido color del techo grisáceo.

En el techo, una mancha amarronada persistía obstinadamente, como si desafiara cualquier intento de desaparecer. Era una presencia molesta que parecía aferrarse al material con tenacidad, desafiando los deseos de Seth de verlo desvanecerse.

Los ojos de Seth, en ese instante, revelaron un brillo inusual. Su color dorado, normalmente tranquilo, ahora resplandecía con una intensidad extraña, como si ocultaran un secreto profundo. Se desviaron de la mancha en el techo y se posaron en la puerta de la habitación, que se presentaba en un tono azul apagado.

La habitación estaba impregnada con los primeros indicios de un invierno cruel y despiadado, con la resolana que se filtraba tímidamente y el aire que llevaba el olor característico del comienzo de la estación fría. Los ruidos constantes de carros y camiones en las calles de Nueva York se filtraban a través de las ventanas, recordando la siempre presente agitación de la ciudad que nunca descansaba. En ese momento, Seth se encontraba atrapado entre el mundo de los sueños y la cruda realidad, con los ojos dorados como testigos silenciosos de su despertar a un nuevo día en esta ciudad implacable.

—Otra pesadilla… —murmuró para sí mismo. No era la primera vez que sentía que era arrastrado en sus sueños, que escuchaba voces que lo llamaban, pero se estaba volviendo molesto. Thomas le aseguró que eran solo pesadillas debido al estrés.

Con recelo y una falta de astucia evidente, el cuerpo de Seth se removió debajo de las mantas blancas, las cuales se arrugaron ante el violento ajetreo impuesto por el dueño de los cansados fanales dorados que eran sus ojos. El aroma embriagante del café inundó rápidamente el ambiente de la habitación, colándose de manera intrusiva por las fosas nasales de Seth. Su reacción no fue de entusiasmo, sino de claro fastidio, lo que se tradujo en un leve fruncimiento de ceño, un chasquido ágil de la lengua y el gesto de encogerse aún más en la comodidad de su cama suave y acogedora.

Seth, con evidente descontento, entendió la indirecta que se le estaba enviando. Se incorporó pesadamente, dejando las mantas caer a su alrededor, y comenzó a mirar con suspicacia las paredes blancas de su habitación. Estas estaban decoradas con entusiasmo adolescente, adornadas vehementemente con dibujos, pinturas y pósteres que representaban diversas bandas musicales, grupos de música y series de televisión. Era un escaparate típico del gusto de un adolescente promedio.

Meditó con calma, su mente trabajando diligentemente en busca de una razón válida, una excusa que le permitiera evitar ir al colegio ese día. Su mirada se perdió en las agujas del reloj que marcaban el inicio de un día que se perfilaba incierto. Sus pensamientos vagaron por los recovecos de su mente, tratando de encontrar una justificación que le impidiera enfrentar las responsabilidades del día.

Sin embargo, su ensoñación fue abruptamente interrumpida por el estruendo de la puerta azul que se abrió con determinación. La figura alta y fornida de Thomas hizo su entrada en la monotonía de la habitación. Con una destreza que denotaba confianza y autoridad, el hombre de piel bronceada, ojos azules penetrantes y cabellos rubios cenizos se acercó con paso firme hacia Seth, cuyos ojos dorados se encontraron con los de su cuidador, revelando un inmenso abismo de emociones y preguntas.

—¿Qué sucede? —le preguntó Tom, sentándose a un lado de Seth, quien se removió un poco para darle espacio.

—Pesadillas de nuevo. Viniste porque sentiste mi miedo, ¿no? —inquirió, bostezando.

La habilidad de sentir y comprender las emociones ajenas era solo una de las muchas capacidades extraordinarias que poseía el tutor de Seth. Aunque Seth no conocía todos los detalles, tenía un conocimiento parcial sobre el legado misterioso de su padre. Según lo que Thomas le había revelado, pertenecía a una rara estirpe de magos conocidos como “magos de clanes”. Estos magos eran famosos por su inmenso poder y habilidades únicas, y cada uno de ellos estaba vinculado a una tradición y linaje específicos.

Sin embargo, la historia de los magos de clanes había estado marcada por conflictos y guerras internas. En el pasado, se había desatado una gran guerra entre estos poderosos magos, una contienda que finalmente llevó a su casi total extinción. En medio de esa devastadora guerra, Thomas había emergido como uno de los sobrevivientes excepcionales, uno de los pocos magos de clanes que habían logrado mantenerse con vida a pesar de las adversidades.

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