Hace siglos, en un mundo donde reinaba la paz y la armonía, coexistían dos prósperos territorios: el Imperio de Havelar, un lugar de paz y armonía entre las personas, y el Reino de Ondor, donde habitaban bestias divinas con apariencia humana.
Estos dos reinos compartían ideales y una relación amistosa, pero un fatídico malentendido envuelto en sombras y misterio los sumergió en el caos.
...***...
Nadie sabe a ciencia cierta cómo surgieron las desconfianzas, pero estas se arraigaron en los corazones de ambos reinos. La comunicación se rompió, y las malas interpretaciones llevaron a un conflicto inevitable. El Imperio de Havelar, convencido de que el Reino de Ondor se había vuelto hostil, tomó la decisión de conquistarlo para protegerse a sí mismo.
El Reino de Ondor, desprevenido y confundido por la agresión repentina del Imperio, luchó valientemente, pero no fue superado en número ni en recursos, sino en magia oscura. Los humanos recurrieron a ella como la única alternativa para poder derrotar a las bestias divinas.
La guerra fue cruel. Ondor resistió con fiereza, sus guerreros divinos se alzaron contra los invasores, pero la magia oscura del Imperio era una fuerza implacable. Sus tierras fueron marchitándose bajo el peso de hechizos corruptos, su cielo antes resplandeciente se cubrió de nubes densas y perpetuas. Al final, cayeron.
Los estragos de la batalla dejaron a Ondor devastado y vulnerable, incapaz de resistir el poder oscuro del Imperio de Havelar. Tras la conquista, poderosos magos al servicio del Imperio ejecutaron un hechizo inquebrantable.
Usando su magia ancestral, magos y brujas encerraron las almas de las criaturas místicas de Ondor en collares mágicos, privándoles de su libertad y poder. Estos collares, forjados con el metal más oscuro y fundidos con la magia más antigua, se convirtieron en grilletes invisibles que aprisionaban a las criaturas en un estado perpetuo de servidumbre.
Los gritos desgarradores de las criaturas resonaron en los pasillos del palacio imperial mientras los magos ataban cadenas en cuello y manos de cada bestia divina, vinculándolos a los collares. Las paredes vibraban con su dolor, el aire olía a desesperación y muerte. Era el fin de una era para el Reino de Ondor.
Pero no todos los collares eran iguales. Los más poderosos contenían a la sangre real de Ondor: el rey, la reina y los príncipes. A diferencia del pueblo, que poseía una sola forma fija de bestia, la realeza ostentaba un linaje supremo: tigres albinos, más grandes, rápidos y fuertes que cualquier otra bestia divina. No solo eso, ellos tenían una habilidad única y especial: podían transformarse en cualquier animal que desearan. Un don exclusivo de su linaje, reflejo de su conexión con la naturaleza y el mundo.
Estos collares se convirtieron en una triste prueba del sufrimiento y la esclavitud a la que fueron sometidas las criaturas místicas de Ondor. Atados a sus portadores, las bestias fueron usadas como armas vivientes, instrumentos de guerra y destrucción al servicio de aquellos que los dominaban.
Con el paso del tiempo, la historia de los collares y las criaturas atrapadas en ellos se convirtió en un antiguo mito, perdido en las brumas del olvido. La gente olvidó la verdad detrás de los collares y solo quedaron fragmentos de leyendas y cuentos.
Sin embargo, en lo más profundo de las sombras del Imperio, los susurros de las bestias esclavizadas aún resuenan, y aunque su libertad está fuera de su alcance, su furia y poder siguen siendo un arma al servicio de quienes los posean.
—¡Despierta, despierta! —susurró una voz cerca de ella—. ¡Pensé que estabas muerta, no te movías!
En los bosques sombríos del Imperio de Thaloria, donde los árboles susurraban antiguos secretos y los caminos escondían peligros inesperados, la vida continuaba su curso bajo la sombra de los imponentes castillos.
En un rincón olvidado de este vasto reino, en un pequeño poblado envuelto en el misterio de la noche, Zaida abrió los ojos de golpe, jadeando. El dolor punzante en sus muñecas la obligó a moverse con torpeza. Alguien la sacudía con urgencia. Su visión era borrosa, y su cabeza zumbaba con una intensidad desesperante. El frío del metal atado a sus muñecas y tobillos la hizo estremecer. Parpadeó varias veces antes de enfocar la silueta de una mujer inclinada sobre ella, su expresión cargada de preocupación.
—¿Dónde estoy? —murmuró Zaida con la voz rasposa, sintiendo la confusión envolver su mente como una niebla densa.
—Estamos en un carruaje —respondió la mujer en un susurro tenso—. Fuimos secuestradas.
Las palabras se clavaron en la mente de Zaida como una daga helada. Quiso recordar algo, cualquier cosa, pero solo un vacío abismal la recibió. Su respiración se aceleró y su cuerpo se tensó.
—¿Secuestradas? —repitió, su garganta seca y su pulso acelerado—. ¿A dónde nos llevan?
La mujer le dirigió una mirada compasiva, pero sus labios temblaron al responder.
—No lo sé. Solo sé que debemos mantener la calma. Si nos ven nerviosas, podríamos empeorar nuestra situación.
La luz de la luna se filtraba entre las ramas de los árboles, proyectando sombras danzantes en el interior del carruaje.
Zaida tragó en seco. Algo estaba mal, terriblemente mal. La madera crujía con cada movimiento del carruaje, y afuera el viento silbaba entre los árboles, como si la misma naturaleza llorara por ellas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó en un intento por anclar su mente a algo real.
—Soy Lety —respondió la mujer con una sonrisa débil—. ¿Y tú?
Zaida frunció el ceño, escarbando en su mente en busca de un dato que le diera sentido a todo. Su nombre emergió como un eco lejano.
—Zaida… solo recuerdo mi nombre —susurró.
En la mente de Zaida resonaban voces, pequeñas visiones de lugares, un destello de familiaridad en medio del caos de su confusión.
Lety la miró con pena, pero antes de que pudiera decir algo más, un grito desgarró la calma de la noche.
—¡Alto ahí! ¡Suelten a esos prisioneros de inmediato!
El carruaje se sacudió cuando los caballos se detuvieron de golpe. El sonido de espadas desenvainándose llenó el aire. Zaida intentó girar su cuerpo, pero las ataduras la mantuvieron en su sitio. Su corazón martilleaba con fuerza en su pecho.
Un caballero se destacó en la penumbra. Su porte imponente y la firmeza de su voz dejaron claro que no era un simple viajero. Su capa ondeaba al viento mientras su espada destellaba bajo la luz de la luna.
Los mercaderes, sorprendidos por la repentina aparición del caballero, intercambiaron miradas nerviosas entre ellos. Uno de ellos, con gesto desafiante, se adelantó hacia el caballero, sosteniendo firmemente las riendas de su caballo.
—¿Quién eres tú para interponerte en nuestros asuntos? —gruñó uno de los traficantes, su voz cargada de arrogancia.
El caballero no vaciló.
El caballero no vaciló ante la confrontación. Con una mirada fría y decidida, respondió con voz firme:
— Soy el caballero de la Princesa Ariadne Thaloria, y no permitiré que continúen con este acto de injusticia. Liberen a los prisioneros ahora mismo o enfrentarán las consecuencias. —
Los traficantes intercambiaron miradas nerviosas. Sabían que enfrentarse a la realeza podía significar la muerte, pero su ambición los cegaba, obstinados en su afán por mantener a los prisioneros bajo su control, ignoraron las demandas del caballero y se prepararon para enfrentarse a él y su séquíto.
—¡Detengan esto de inmediato! —Una voz femenina se impuso en la noche.
Desde la oscuridad emergió una mujer montada en un imponente corcel blanco. Sus ojos centelleaban con determinación y su postura irradiaba autoridad. La Princesa Ariadne Thaloria, hija del Emperador Magnus y la Emperatriz Elena, había llegado.
—¡Escuchen bien! —exclamó con firmeza—. Si liberan a los prisioneros de forma pacífica, les concederé una muerte rápida y misericordiosa. Pero si insisten en su obstinación, se enfrentarán a un destino mucho más cruel y despiadado.
Los traficantes se rieron, pero la risa se quebró al notar la mirada de Ariadne. Sus ojos brillaban con una mezcla de desprecio y peligro contenido.
—¿Y quién eres tú para amenazarnos, princesita? —se burló uno de ellos.
Ariadne entrecerró los ojos y alzó el mentón, como si aquellos hombres fueran meros insectos a su merced.
—Veo que su estupidez no tiene límites —espetó con frialdad.
Uno de los traficantes escupió al suelo.
—Como quieras, princesita. Pero si crees que nos asustarás con tus palabras, estás equivocada.
Ariadne se mantuvo imperturbable, su mirada fija en los mercaderes desafiantes.
—Que así sea —susurró Ariadne con una media sonrisa.
Con un gesto de su mano, ordenó a sus caballeros que atacaran. No habría piedad para aquellos que osaran desafiarla.
La batalla estalló en un torbellino de acero y sangre. Los caballeros de Ariadne, con sus movimientos calculados, se lanzaron sobre los traficantes con una precisión letal.
Los mercaderes, armados con dagas y rudimentarias espadas, formaron una línea defensiva, desafiando a los caballeros con arrogancia. Se lanzaron insultos y amenazas de ambos lados.
Las espadas chocaban en la penumbra, el sonido metálico se mezclaba con los gritos de dolor y los resoplidos de los caballos.
Ariadne se abrió paso con elegancia, su espada danzando entre los cuerpos con letal destreza. Cada movimiento suyo era un despliegue de gracia y brutalidad, una coreografía mortal que dejaba cuerpos en su estela.
Los traficantes, al verse superados, intentaron huir, pero los caballeros los rodearon rápidamente. El enfrentamiento no duró mucho. Al final, los traficantes cayeron bajo la fuerza implacable de la Princesa y su escolta.
Ariadne avanzó entre los cuerpos caídos hasta llegar al carruaje. Con un solo movimiento, levantó su espada y destrozó las cadenas que ataban la puerta.
Los destellos de acero brillaban bajo la luz de la luna mientras la princesa cortaba las cadenas con precisión y fuerza, no vaciló en su tarea, enfocada en su objetivo de liberar a los cautivos y llevarlos a un lugar seguro.
Zaida la observó en silencio, aún abrumada por todo lo que acababa de suceder. La luz de la luna iluminaba el rostro de la princesa, resaltando su belleza y su fría determinación. Sin decir una palabra, Ariadne cortó las ataduras de los prisioneros.
Todavía luchaba por comprender la situación en la que se encontraba. La Princesa extendió una mano hacia Zaida, ofreciéndole ayuda para salir del carruaje. Sus ojos reflejaban compasión y determinación, transmitiendo un mensaje de esperanza en medio de la oscuridad.
Los cautivos cayeron al suelo, algunos sollozaban, otros se postraban en reverencia. La Princesa los observó con expresión inescrutable antes de anunciar:
—A partir de ahora, estarán bajo mi protección. Servirán en el Castillo, donde recibirán un trato digno. Nunca más sufrirán el yugo de la esclavitud. —
Los rostros de los prisioneros se iluminaron con esperanza ante las palabras de Ariadne.
Sin embargo, mientras ella continuaba hablando, Zaida bajó la vista y algo brilló entre los restos de la batalla. Un collar.
Adornado con una gema roja en el centro y extraños símbolos tallados alrededor.
Con cautela, Zaida tomó el collar y lo ocultó entre sus ropas, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda como si alguien la fuera a ver.
Ariadne subió a su caballo, hizo un gesto con su mano, dando a entender que era hora de retirarse.
Los caballeros reales se apresuraron a seguir el ejemplo de su Princesa, montando con destreza para formar una escolta alrededor de ella.
Los mercaderes, arrastrados por los guardias, comenzaron a moverse hacia el Castillo bajo la luz plateada de la luna, sus pasos resonaban en el silencio de la noche.
Zaida observó cómo Ariadne se alejaba, su figura destacándose contra el paisaje nocturno mientras desaparecía en la oscuridad.
Con un suspiro de alivio, Zaida se volvió hacia Lety, apretando su mano con fuerza para transmitirle su agradecimiento por estar a su lado en ese momento de incertidumbre. Juntas, siguieron el camino hacia el castillo.
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El carruaje se detuvo frente a las imponentes puertas del Castillo de Thaloria. La princesa Ariadne aguardaba con sus caballeros. Uno de ellos gritó:
—¡Abran las puertas!
Los guardias apostados en lo alto del castillo reaccionaron de inmediato, desbloqueando la pesada entrada de hierro. Sin titubeos, las puertas se abrieron, listas para recibir a los prisioneros liberados.
Con gesto decidido, la princesa descendió de su montura.
—Lleven a los prisioneros al calabozo. Mañana decidiré qué hacer con ellos —ordenó con desdén, sin apartar la vista de los cautivos.
Entre las criadas que aguardaban en la puerta, se encontraba Lía, una de sus más fieles asistentes. Cuando Ariadne llegó junto a ellas, el grupo la rodeó con preocupación, notando el agotamiento en su expresión.
Caminaron juntas hasta las profundidades del castillo, donde la princesa se detuvo a reflexionar. Consciente de que necesitaba más sirvientes, decidió escoger a algunos de los prisioneros liberados. Sus ojos recorrieron el grupo y se posaron en Zaida y Lety, quienes se tomaban de la mano.
"¿Serán hermanas?", pensó la princesa.
Señalándolas junto a otra mujer, ordenó:
—Ustedes, acérquense.
Las mujeres intercambiaron miradas de incertidumbre. "¿Por qué nosotras?", se preguntaron en silencio, pero obedecieron sin rechistar, moviéndose con respeto y algo de nerviosismo.
— Aris —, dijo la Princesa con voz firme, — Llévalos a sus nuevas habitaciones — señalando a los esclavos que ahora eran sirvientes, —Mañana se les asignarán sus labores como sirvientes de la familia real, y gozarán del sueldo correspondiente. Estoy segura de que servirán con honor y devoción —.
Un murmullo de alivio recorrió a los prisioneros. Para muchos, aquello significaba una nueva oportunidad.
Aris junto a dos sirvientas y escoltada por los guardias, guio a los esclavos recién liberados al lado del castillo, donde seria su nuevo hogar. Mientras atravesaban el patio del castillo, el bullicio de la vida cotidiana llenaba el aire. A pesar de las sombras de su pasado, ahora tenían la esperanza de un futuro más estable.
Ariadne permaneció en la entrada del castillo junto a Lía. Con un ademán, llamó a las mujeres para que entraran al palacio. Al cruzar el umbral, Zaida quedó maravillada por la inmensidad de la sala: un imponente candelabro dorado colgaba del techo, iluminando retratos de antiguos monarcas y mobiliario exquisito.
La princesa las observó con una mezcla de compasión y determinación.
—Mis sirvientas actuales hacen un gran esfuerzo, pero necesitan apoyo. A veces no les concedo el descanso que merecen —admitió con franqueza.
Lia, de pie junto a ella, asintió conmovida por sus palabras.
—Necesito que estén aquí conmigo, a mi servicio. Son jóvenes y gozan de buena salud. Por eso las he elegido —continuó Ariadne.
Las mujeres aceptaron con gratitud. Tener un techo y un propósito era más de lo que podían haber esperado.
—Antes de ser secuestradas, ¿tenían una vida allá afuera? —preguntó la princesa.
Las dos negaron con la cabeza.
—Pueden irse si lo desean. No las detendré —aseguró Ariadne.
Lety fue la primera en hablar:
—Princesa, éramos libres, pero no teníamos una vida —respondió con humildad—. Para nosotras, servirle es un honor.
Zaida, en cambio, no estaba tan convencida. Asintió sin decir palabra, sintiendo en su interior que había un lugar al que debía volver, aunque no lograba recordarlo.
Ariadne ordenó a Lia que las escoltara a sus habitaciones temporales.
—Por ahora dormirán separadas, pero mañana se les asignará un cuarto dentro del palacio —indicó la princesa.
Lía las llevó hasta sus aposentos. Antes de retirarse, Lety le preguntó a Zaida:
—¿Te veré mañana?
—Claro —respondió Zaida, abrazándola antes de separarse.
Una vez sola, Zaida cerró la puerta de su habitación y exhaló un suspiro de alivio. El lugar era pequeño pero acogedor. Se sentó en la cama y sacó el collar de su bolsa. La gema roja brillaba débilmente, y los extraños símbolos tallados parecían susurrarle algo ininteligible. Estaba sucia, como era de esperarse tras haber estado en la tierra.
Decidió probárselo. Se miró en un pequeño espejo, pero en cuanto la joya tocó su piel, un resplandor carmesí iluminó la habitación. Zaida apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando, de la nada, una figura emergió de la joya. Una mujer de cabello blanco y ropas etéreas, observándola con ojos centelleantes.
Con los ojos muy abiertos, Zaida estuvo a punto de gritar, pero la desconocida levantó una mano con calma.
—Tranquila, no voy a hacerle daño —dijo con suavidad. — Por que siempre que un portador se pone el collar, siente la necesidad de gritar — rezongo en silencio, — pero no tema, estoy aquí para servirle —.
Abrio los ojos de par en par, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. De repente un dolor punzante en la cabeza, empezo a recordar una historia que alguien le había contado en el pasado, cuando era niña, pero ¿Quien?, no podía recordar quién, escuchaba la voz de una mujer en sus recuerdos, 'Reino de Ondor' 'Collares magicos' 'Bestias divinas'.
Tanto fue el dolor que estuvo a punto de caer al suelo mientras trataba de recordar quién le había hablado de los collares mágicos. La chica de cabello plateado, rápidamente la atrapó para evitar que se lastimara. Se encontraba en los brazos de la chica, sintiendo su apoyo y protección.
Después de un momento, se reincorporo rápidamente, tomando una vela que estaba cerca como arma improvisada.
—¿Quién eres tú? —preguntó con voz temblorosa.
La chica de cabello plateado respondió con voz suave pero firme —Mi nombre es Anika, princesa del Reino de Ondor. Estoy a su servicio, mi señora. —
La mujer hizo una reverencia.
Las sospechas de Zaida lo confirmaron, tenía un collar mágico, y ahora estaba cara a cara con una criatura mística atrapada en él, pero no era cualquier collar, era la princesa, era uno de los collares más poderosos de entre todos los collares.
Observo el objeto con fascinación, pero también con temor, era consciente de su poder y las implicaciones de tenerlo a su disposición. Mientras tanto, Anika comenzó a hablar sobre las restricciones y leyes que regían los collares mágicos.
Anika asintió con seriedad. — Mi señora, es importante que entienda las leyes que rigen los collares, ya que tienen un impacto significativo en nuestra interacción y nuestras vidas — explicó.
Con cuidado, Anika enumeró las leyes de los collares, cada una más intrigante y complicada que la anterior.
— La Primera Ley establece que un collar puede dañar a un humano, pero no puede dañar a un portador. Al tener el collar, la incluye usted mi señora — explicó Anika, con voz firme.
Zaida asintió aún procesando la información. — Eso quiere decir que si un portador intenta lastimarme, el collar ¿no obedecerá? — pregunto.
Anika asintió feliz, continuando con su explicación. — Exactamente. Ahora, la Segunda Ley establece que un collar debe proteger y obedecer las órdenes dadas por su portador, a menos que estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley. Que es lo que usted acaba de preguntar, — haciendo una ligera pausa para después continuar.
— La Tercera Ley establece que un collar no puede desarrollar sentimientos hacia un humano o portador que pongan en peligro su seguridad. Y la Cuarta Ley establece que un collar debe proteger su propia existencia, a menos que entren en conflicto con las leyes anteriores. —explicó Anika, completando su explicación sobre las leyes de los collares.
"Si lo que decía era cierto… entonces el collar no solo era un objeto de gran valor, sino una maldición disfrazada de joya. " Pensó Zaida.
Zaida sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Un objeto tan hermoso tenía reglas tan crueles? Se llevó una mano a la garganta, como si de repente el collar pudiera apretarse por sí solo.
— Entiendo. Pero... ¿Qué pasa si desobedeces las leyes? — pregunto curiosa.
— Tenemos una muerte lenta, al desobedecer las leyes, tenemos un tiempo determinado de vida, después de que se acaba ese pequeño tiempo, nos convertimos en piedra lentamente — respondió Anika, pero no estaba triste por su situación, al contrario respondió tranquilamente, "Cómo puede responder así, si se trata de su propia vida" penso Zaida.
Cualquier persona se hubiera puesto feliz al tener semejante tesoro en sus manos, pero Zaida... Se sentía triste por Anika, recordaba un poco la leyenda que le habían contado, donde las bestias divinas habían sido sometidas a la fuerza, para obedecer al humano, una especie que ellos no odiaban, pero al final terminaron haciéndolo.
— Anika, hay alguna forma de poder liberarte... — no había terminado de hablar cuando de repente tocaron la puerta.
Antes de que Zaida pudiera reaccionar, el cuerpo de Anika se desdibujó en el aire. Un destello plateado recorrió su silueta y, en cuestión de segundos, un pequeño gato blanco apareció en su lugar. Con agilidad, saltó sobre la cama, enroscando su cola con elegancia.
Zaida vio que Anika se había convertido en un gato, "¿Cómo era eso posible?", pensó. Rápidamente el collar que se había puesto, lo tapo con su delgada ropa, sin decir nada más.
—¿Quién es? —preguntó con cautela.
—Buenas noches, por órdenes de la Princesa, hemos traído su comida —anunció un sirviente.
Zaida abrió la puerta y tomó la canasta con hambre.
—Gracias —respondió con una leve reverencia antes de cerrar la puerta. Luego miró de reojo al gato blanco sobre la cama.
Su vida acababa de volverse mucho más complicada.
En el tranquilo Palacio del Príncipe William, hijo del Emperador Magnus y de la fallecida Concubina Ariel, los pasillos resonaban con el suave murmullo de los sirvientes y el crujir de los libros mientras el joven príncipe se sumergía en sus estudios.
Concentrado en sus libros y pergaminos, William estudiaba historia antigua y estrategia, como todos los días.
Sin embargo, su concentración fue interrumpida por la llegada repentina de su primo, el Príncipe Cassian. Cassian era el hijo del Rey Hernán y la Reina Daphne, hermana del Emperador Magnus. Al ser el único heredero, sus padres habían decidido enviarlo al Imperio de Thaloria para que creciera junto a sus primos y aprendiera de la corte imperial.
Cassian irrumpió en la habitación con su típica energía, ansioso por arrastrar a William fuera de sus deberes académicos.
—¡Hola, mi querido primo! ¿Ya desayunaste? —preguntó con entusiasmo mientras entraba sin previo aviso al estudio.
William levantó la vista de sus libros, su expresión de leve exasperación apenas perceptible.
—Cassian, deberías estar estudiando —respondió con calma, su tono frío pero sin dureza.
—¡Bah! —Cassian agitó la mano con desinterés—. Apenas logré escapar de mis clases. ¡Ven conmigo! No he desayunado, ¿qué te parece si desayunamos juntos?
—Lo siento, pero ya desayuné —contestó William con indiferencia.
—Tonterías, me acaba de decir tu sirviente que no has probado bocado —replicó Cassian con una sonrisa traviesa.
William desvió la mirada hacia el sirviente más cercano, quien inmediatamente bajó la cabeza, nervioso por haber sido delatado.
—Déjame pensarlo... Creo que no puedo —dijo William con seriedad, volviendo la vista a su pergamino.
Cassian rodó los ojos y puso los brazos en jarra.
—William, ¿sabes lo aburrido que es desayunar solo? —se quejó con dramatismo fingido—. ¡Vamos! No te vendrá mal un poco de aire fresco.
William suspiró. Sabía que Cassian no aceptaría un no como respuesta. Su primo siempre había sido un espíritu libre, un huracán de energía que contrastaba con su propia naturaleza meticulosa y reservada. Sin embargo, en el fondo, apreciaba esos momentos con él. Cassian era de las pocas personas con las que podía mostrarse más relajado.
—Está bien, Cassian. Pero solo por un rato —accedió, dejando a un lado su pergamino.
Con una sonrisa triunfante, Cassian pasó un brazo sobre los hombros de William y lo guió fuera del estudio, ansioso por disfrutar de la mañana.
...***...
Mientras los Principes disfrutaban del jardín, en el Castillo, la Emperatriz Helena enfrentaba a su hija Ariadne.
El sol brillaba con intensidad sobre los altos muros del Castillo, bañando los jardines en una luz dorada y cálida. En las suntuosas cámaras, la tensión se palpaba en el aire.
Ariadne estaba de pie frente al majestuoso trono de la Emperatriz, su postura erguida y su rostro serio. Frente a ella, su madre, la Emperatriz Helena, la observaba con un semblante imponente y una mirada penetrante que emanaba autoridad absoluta.
—¿Cómo pudiste actuar de esa manera, Ariadne? —su voz cortó el aire como un filo de daga—. ¿Por qué decidiste tomar la iniciativa sin consultarme?
Ariadne bajó la mirada, sintiendo el peso de la reprimenda sobre sus hombros. Sabía que había actuado impulsivamente al rescatar a los aldeanos sin informar a su madre, pero en ese momento, no le había importado.
—Lo siento, madre —respondió con firmeza, aunque su interior hervía de frustración—. Pero vi una injusticia que debía corregirse, y no pude quedarme de brazos cruzados. Lo hice por honor y deber, no por desafiar tu autoridad.
La Emperatriz suspiró, su expresión suavizándose levemente.
—Entiendo tus motivos, Ariadne —dijo con tono más controlado—. Pero debes comprender que tus acciones pueden tener consecuencias más allá de tus intenciones. Como Princesa, debes aprender a considerar cada movimiento. ¿Qué hubiera pasado si te sucedía algo? ¿Cómo crees que reaccionaría tu padre?
Ariadne apretó los puños. Sabía que su madre tenía razón, pero la impotencia ardía en su pecho. No podía quedarse de brazos cruzados cuando había vidas en juego.
—Seré más cuidadosa la próxima vez —respondió, controlando el temblor en su voz.
Helena asintió, aunque su mirada advertía que el asunto no estaba cerrado.
...***...
Después de un sustancioso desayuno, William se dispuso a retirarse, pero Cassian le bloqueó el paso con una expresión traviesa.
—Espera, William —dijo con su característico tono juguetón—. No puedes simplemente comer y volver a tus libros. Es malo para la digestión.
William arqueó una ceja, escéptico.
—¿Desde cuándo te preocupas por mi salud, Cassian?
Cassian sonrió con picardía y lo jaló hacia los jardines.
Mientras caminaban entre la vegetación, Cassian comenzó a bromear con descaro.
—Veo que tus sirvientas son muy dedicadas —comentó con una sonrisa pícara.
William entrecerró los ojos, notando el tono insinuante.
—Cassian, ¿vienes a desayunar o a hacer una inspección? —preguntó con frialdad.
Cassian soltó una carcajada.
—No me culpes por admirar la buena administración de tu Palacio —se defendió con fingida inocencia.
—Tú también tienes sirvientas en tu Palacio, Cassian —respondió con calma.
—Sí, pero no son tan bonitas como las tuyas. Las mías son feas y viejas —dijo Cassian mientras hacía una mueca.
William se rió.
— Ahora veo por qué el Príncipe siempre quiere que desayunemos en mi jardín —
— ¿Cómo crees, primo? Si me gusta visitarte —replicó Cassian.
— O tal vez es porque le aburre el profesor —
— Oh, vamos —
— Eres el consentido del Emperador. ¿Por qué no le dices que te las cambie por unas más hermosas? —bromeó William.
En ese momento llegó el Príncipe Heredero, Remesis, Primer hijo del Emperador Magnus y la Emperatriz Helena.
—Veo que se reunieron sin mí —dijo con una sonrisa sarcástica.
Cassian y William hicieron una reverencia.
—Basta de formalidades —les dijo Remesis con un gesto—. ¿De qué hablaban?
—Cassian se quejaba de que sus sirvientas no son de su agrado —comentó William con serenidad.
Remesis arqueó una ceja, divertido.
—¿Y se puede saber por qué no son de su agrado, Príncipe Cassian?
Cassian lanzó una mirada fulminante a William antes de responder.
—Eso es una mentira, Príncipe —se apresuró a decir.
—Entonces, ¿estás diciendo que William miente? —preguntó Remesis con una sonrisa calculadora.
Cassian tartamudeó, sin saber cómo responder. Remesis comenzó a reír.
—Es broma. Relájate —dijo, dándole una palmada en el hombro—. Pero debo admitir que William sí tiene sirvientas bastante atractivas.
—¿Verdad que sí? —respondió Cassian sin pensar.
William y Remesis se miraron y estallaron en risas.
—Dejando eso de lado —continuó Remesis—, se acerca tu cumpleaños, William. ¿Qué quieres de regalo?
—No es necesario un regalo. Su presencia en mi Palacio es suficiente —respondió con seriedad.
Remesis bufó.
—Tonterías. ¿Qué tal una mujer? No sales de tu palacio, me preocupas...
William se tensó ligeramente.
—Nuestro padre piensa casarme con la hija del Duque Lucian. Debo mantener mi castidad intacta.
Remesis hizo una mueca de desagrado.
—Está bien, veré qué puedo darte de regalo —Sin más que decir Remesis se marcho del Palacio de William, dejándolo junto a Cassian.
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Después de un largo día ocupándose de los asuntos del Imperio, la Princesa Ariadne se preparaba para la cena. Esta vez, las sirvientas recién designadas, Zaida, Lety junto con Aris, la ayudaban a vestirse.
Mientras la princesa se dejaba vestir con elegancia, recordó que el cumpleaños de su hermano William estaba cerca y decidió pedir consejo a las mujeres sobre qué regalo podría hacerle.
—Chicas, se acerca el cumpleaños de mi hermano William —comenzó Ariadne, mientras le ajustaban los pliegues de su vestido—. ¿Qué creen que le gustaría como regalo?
Las mujeres ofrecieron sugerencias típicas para un hombre: una nueva espada, un caballo de pura raza o incluso una caja de puros finos. Sin embargo, fue Zaida quien propuso otra idea.
—Princesa, ¿qué tal si le regala una botella de vino de la mejor cosecha de la región? —sugirió Zaida con una sonrisa—. Creo que apreciaría un buen vino.
Ariadne asintió, considerando la sugerencia.
—Todos los años le regalan caballos, sobre todo espadas, ya que le gustan mucho. Creo que es una buena idea, Zaida —dijo—. Definitivamente incluiré una botella de vino en su regalo.
Pero mientras pensaba en el regalo, Ariadne miró a Zaida. "¿Y qué tal si...?" se le ocurrió otra idea. Además del vino, quería agregar algo más personal y significativo para su hermano. Se tomó un momento para reflexionar sobre el segundo regalo.
Mientras tanto, Anika permanecía en la habitación en su forma humana, observando la escena con curiosidad desde un rincón. Nadie podía verla, excepto Zaida, quien continuaba ayudando a la Princesa.
De repente, un eunuco entró apresuradamente para anunciar que los padres de la princesa se dirigían al Salón de Banquetes, donde tendría lugar la cena.
—Princesa, sus majestades se están dirigiendo al salón de banquetes para la cena. Es mejor que se apresure —anunció el eunuco con voz apresurada.
Debían estar los príncipes primero y darles la bienvenida; de lo contrario, sería considerado una falta de respeto.
Ariadne se levantó apresuradamente y se dirigió hacia la puerta, atravesando inadvertidamente a Anika en el proceso. Zaida hizo un ruido involuntario al ver la cercanía del encuentro, pensando que chocarían, pero Ariadne interpretó el sonido como si Zaida le estuviera hablando.
—¿Zaida, sucede algo? —preguntó la princesa mientras se volvía hacia ella.
—¡Oh, no, princesa! —respondió Zaida con rapidez—. Le deseo una buena cena —dijo, haciendo una reverencia y tratando de disimular su sorpresa por el encuentro con Anika.
Ariadne asintió con una sonrisa comprensiva.
—¡Ah, entiendo! Gracias, Zaida. ¡Las veo al rato! —dijo la princesa con voz juguetona antes de salir de la habitación, al parecer entusiasmada por cenar con sus padres.
Para Anika, era normal que la atravesaran, pero para Zaida, esa experiencia era completamente nueva y desconcertante.
...***...
En el Palacio de Rowan, hijo del Emperador Magnus y una prostituta, pero él cree que fue hijo de una concubina favorita, la intriga y el poder son moneda corriente.
En su habitación privada, junto a su fiel criado Lucian, planeaba una estrategia para infiltrar a una mujer en el Palacio de William con el fin de obtener información crucial: la ubicación del Mapa de la Estrella de Thaloria. Según la tradición, quien poseyera la estrella sería el próximo Emperador.
Sin embargo, Rowan no tenía derecho al trono. Primero estaba su hermano mayor, el príncipe heredero Remesis, luego Ariadne, seguida de William. Él era el último en la línea de sucesión, un puesto que le resultaba inaceptable.
Rowan cruzó los brazos y observó a Lucian con una sonrisa astuta.
—¿Estás seguro de que esta mujer cumplirá con nuestras expectativas, Lucian? —preguntó, mientras giraba un anillo en su dedo con gesto pensativo.
Lucian asintió con confianza.
—Absolutamente, mi señor. Ha sido entrenada para seducir y manipular a hombres como William. No tendrá problemas para obtener la información que necesitamos.
Rowan esbozó una sonrisa maliciosa.
—Perfecto. Asegúrate de que todo esté preparado para su llegada. No podemos permitirnos ningún error en este asunto.
—Por supuesto, mi señor —dijo Lucian, inclinando la cabeza—. Le aseguro que no fallará.
Rowan rió con frialdad.
—Quiero adelantarle su regalo de cumpleaños a mi querido hermano.
...***...
Serafina, vestida con ropajes elegantes y con una mirada cautivadora, se preparaba para su papel crucial en el juego de engaño y traición. En el Palacio de William, ya había infiltrados trabajando para Rowan desde hace tiempo, por lo que su acceso fue sencillo.
Lucian se acercó a ella y, con un tono autoritario, preguntó:
—¿Estás lista para llevar a cabo tu parte en este plan, Serafina?
Serafina asintió con determinación.
—Sí, estoy lista. Haré todo lo necesario para cumplir con mi cometido y obtener la información que desea el amo Rowan.
Lucian la evaluó con una mirada fría.
—Espero que así sea. Recuerda, tu éxito en esta misión determinará nuestro futuro. No podemos permitirnos ningún error.
Serafina asintió y se dirigió con paso decidido hacia los aposentos de William.
***
William, ajeno a la presencia de la infiltrada, se encontraba en su estudio revisando pergaminos. Hizo llamar a un sirviente.
—Preparen la cena y llévenla a mi habitación —ordenó con calma—. Tengo hambre después de tanto trabajo.
El criado asintió y se retiró.
Poco después, William se dirigió a su dormitorio, pero al abrir la puerta, encontró a Serafina recostada en su cama. Su mirada se posó en ella con frialdad, sin atisbo de sorpresa. No era la primera vez que Rowan intentaba infiltrarse en su Palacio.
Serafina se levantó con gracia y se acercó lentamente, con una sonrisa seductora en los labios.
—Príncipe William, has sido la única razón por la que he ansiado este encuentro —murmuró, su voz como un susurro embriagador.
William se quedó en la puerta, cruzando los brazos.
—No recuerdo haber solicitado compañía esta noche —dijo con indiferencia.
Serafina sonrió y deslizó un dedo por el borde de su camisa.
—No soy una simple mujer, mi Príncipe. Estoy aquí porque sé que lo desea.
William no se movió, su mirada seguía siendo gélida.
—Deberías marcharte —respondió con calma.
Serafina, aunque desanimada, mantuvo su sonrisa.
—Aún hay tiempo, mi Príncipe. Nadie es inquebrantable.
William no respondió. Sabía que este era solo un juego más de Rowan, pero no permitiría que nadie lo manipulara.
Serafina intento desabotonar su camisa, William retrocede ligeramente, sorprendido por la audacia de Serafina, pero su expresión sigue siendo impasible.
Serafina, aunque desanimada por la falta de respuesta de William, mantiene una sonrisa en su rostro y una chispa de determinación en sus ojos. A pesar de su fracaso en seducir al Príncipe, sabe que debe continuar con su misión y buscar otras oportunidades para obtener la información que busca.
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