Último año
El sonido del despertador rompió el silencio de la madrugada. Isabela abrió los ojos con dificultad y, con un suspiro, apagó la alarma antes de que despertara a los pequeños cuerpos acurrucados en la cama junto a ella. Matías y Mariana respiraban con tranquilidad, ajenos a la rutina agotadora de su madre.
Se levantó con cuidado, cubriéndolos bien con la manta antes de salir de la habitación. Una ducha rápida, un café cargado y su uniforme de la universidad: pantalón negro, blusa blanca y una bata de laboratorio. A las cinco de la mañana ya estaba lista para enfrentar otro día.
—Mamá, ¿ya te vas? —preguntó Matías, medio dormido, frotándose los ojos.
Isabela se acercó y le besó la frente.
—Sí, mi amor. La abuela vendrá en un rato. Pórtense bien, ¿sí?
—Sí, mami —murmuró Mariana desde la almohada, sin abrir los ojos.
Apretó los labios, sintiendo esa punzada de culpa que la acompañaba cada vez que salía antes de que ellos despertaran por completo. Pero no había otra opción.
Su madre, Sara, y su hermano, Cris, eran su apoyo incondicional. Sin ellos, terminar la universidad hubiera sido imposible. Sara llegaría en breve para llevar a los gemelos a la escuela, mientras que Cris la ayudaría en la tarde con las tareas y la cena. A pesar de los obstáculos, había logrado llegar hasta el noveno semestre. Solo un año más y se graduaría como cirujana.
Ese pensamiento le dio fuerzas mientras abordaba el autobús rumbo a la universidad.
El hospital universitario era un lugar imponente, siempre con estudiantes y médicos de un lado a otro. Isabela ajustó la bata sobre sus hombros y entró en el aula donde tendría su primera clase del día.
No esperaba que el ambiente estuviera cargado de un murmullo extraño, como si algo hubiera cambiado.
—Dicen que este semestre tendremos a un nuevo profesor en cirugía general —susurró una compañera detrás de ella.
—Sí, y no cualquiera… Es Leonardo Santamaría.
El nombre hizo que Isabela se tensara. Lo había escuchado antes. Hijo de uno de los dueños del hospital, cirujano brillante pero con fama de arrogante. Y, según los rumores, un mujeriego empedernido.
Suspiró. Lo último que necesitaba era un profesor que se creyera superior a los demás. Pero nada la preparó para el impacto de verlo entrar al aula.
Leonardo Santamaría tenía presencia. Alto, de cabello oscuro algo despeinado, ojos grises que analizaban la sala con una mezcla de desinterés y autoridad. Su bata de médico abierta revelaba una camisa de vestir remangada hasta los codos.
—Buenos días —dijo con voz grave, caminando con calma hasta el escritorio. Apoyó las manos sobre la mesa y miró a los estudiantes con una sonrisa ladeada—. Soy el doctor Santamaría y, a partir de hoy, seré su profesor en cirugía general.
Se hizo un silencio tenso en la sala.
Isabela cruzó los brazos, con una sensación incómoda en el pecho. Algo en su mirada le resultaba irritante. No se parecía en nada a los otros profesores. Había algo en él que gritaba problemas.
Y lo último que ella necesitaba en su vida… era un problema más.
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