Pequeña despistada

A pocos días de que la cabaña estuviera lista, Eduardo, con el corazón lleno de ilusión, se dirigió al pueblo para encargar los muebles que darían vida a su nuevo hogar. Con esmero, eligió cada pieza y se aseguró de que la entrega fuera justo a tiempo para la gran inauguración.

Aunque sus ahorros se estaban agotando, Eduardo no le daba importancia. La felicidad de Vita no tenía precio. Saber que ella tendría un hogar cálido y confortable era la mayor alegría que podía imaginar.

El día de la inauguración, Norma y Román llegaron, tal como habían anticipado, un helicóptero los transportó sin inconvenientes, ya que el piloto resultó ser Valentín, el secretario de confianza y amigo del fallecido Eric.

Fue una suerte contar con tres personas adicionales que ayudaron con los muebles nuevos, que eran numerosos y pesados.

A la hora del almuerzo, se tomaron un descanso y disfrutaron de unos sándwiches.

Norma conversaba con Esther, mientras los demás continuaban trabajando. Vita, por su parte, se dirigió hacia un árbol cercano para refugiarse bajo su sombra. Se recostó en él y se quedó dormida.

"¡Hola, pequeña despistada!" Al girarse, Vita vio a Eric parado detrás de ella. Llevaba unos jeans desgastados y una camiseta blanca que resaltaba cada músculo de su hermoso cuerpo, como siempre. Vita corrió hacia él y lo abrazó con los ojos llenos de lágrimas. "Mi amor, te he extrañado tanto que me dolía el corazón", susurró con la voz entrecortada.

Eric la abrazó con fuerza y le susurró al oído: "No debes extrañarme, mi amor. Estoy aquí, contigo". Luego, le tomó el rostro entre las manos y besó sus labios con ternura, y con pasión, después, apretándola contra su cuerpo. Besó sus lágrimas saladas de amor y la miró a los ojos, con el corazón en la mano.

"Te amo, Eric. Te amo. Quiero tenerte conmigo", sollozó Vita entre sus labios, aferrándose a él como si temiera que desapareciera.

Eric la apartó suavemente y le tomó las manos. "Cierra los ojos", le dijo con dulzura. Vita obedeció, aunque las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas. De su bolsillo saca un pañuelo, cubriéndole los ojos con suavidad. Acaricia el puente de su nariz con delicadeza y la besa con pasión. "No tengas miedo, mi amor, escucha mi voz", susurra con dulzura. Se quita la camiseta, y con delicadeza toma sus manos y las coloca sobre su rostro. Vita siente la barba incipiente de Eric, cada vez más espesa y varonil. "Confía en mí", le dice Eric, adivinando su pregunta. Luego, guía sus manos hacia su torso, invitándola a recorrer su cuerpo masculino mientras la observa con una mirada llena de amor, ternura y deseo. Vita se siente vulnerable, dulce y frágil ante la intensidad del momento.

La tomó por las caderas, acortando la distancia que los separaba, y volvió a besarla con una ansiedad que encendió cada fibra de sus cuerpos. Vita deslizó sus manos por la nuca de él, acariciando su cabello, que se sentía más largo de lo que recordaba. Pero la emoción del momento no permitía distracciones, y continuó besando a su amado con una entrega tan ardiente que la ropa se convirtió en un estorbo. Sus manos, guiadas por un deseo incontenible, buscaron ávidamente el cierre del pantalón de Eric, mientras que él, con la misma urgencia, desabrochaba el short de Vita, dejándolo caer al suelo.

Con un movimiento sensual, Vita levantó una pierna, liberándose de la prenda que la aprisionaba, y con ella ayudó a Eric a despojarse de su pantalón. Él, apoyándose sobre ella, le dejo sentir la dureza de su erección presionando contra su cuerpo, y Vita no pudo esperar más. Colocó una pierna sobre su cadera, pero Eric, con una suavidad sorprendente, la dejo bajar nuevamente y la guio hacia atrás, hasta que su espalda quedó apoyada contra un árbol.

Entonces, con una delicadeza que contrastaba con la pasión que los consumía, Eric tomó la pierna de Vita y la levantó, abriéndola ante él. Con un movimiento suave pero firme, apartó su tanga y la penetró de una sola vez. Llenando su interior con una calidez que encendió cada nervio de su ser.

Cargados de desenfreno, gimieron al unísono por el anhelo. Se movían al compás de un deseo insaciable, abrazándose con tanta pasión que parecían haber perdido la razón.

Se extrañaban, anhelaban sentir el fuego que los había unido desde la primera vez. Las embestidas de Eric eran rápidas y precisas, llevándolos al clímax en un abrir y cerrar de ojos. Pero Vita no quería que terminara así. Se quitó la musculosa y la ropa interior que aún llevaba puesta, y con una voz cargada de deseo, le dijo a Eric: "Quiero que me hagas el amor tantas veces que pueda olvidar tu abandono".

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