Las palabras de Isabella volvieron a su mente con claridad: “Este secreto es particularmente jugoso.” El tono burlón, la sonrisa calculada, todo había sido un juego para Isabella, pero para Nina, era una advertencia disfrazada de broma. Y detrás de ese juego, estaba él. Ese nombre. Esa figura. Alguien que no solo conocía su pasado, sino que podía desmoronar su presente y, peor aún, arruinar su futuro.
Llevó la copa a sus labios y tomó un sorbo, dejando que las burbujas picaran en su lengua antes de deslizarse por su garganta. El champán, normalmente una indulgencia que disfrutaba con la misma elegancia que fingía vivir, sabía a poco esta noche. No había nada que pudiera calmar el nudo que sentía en el estómago.
—Todo es un juego hasta que alguien decide cambiar las reglas —murmuró para sí misma, observando cómo las luces de un rascacielos cercano se apagaban y encendían en un patrón que parecía imitar su agitación interna.
Se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía un plan claro. Todo en lo que había trabajado, cada mentira que había construido cuidadosamente para sostener su papel como Sofía, ahora parecía tambalearse. Pero rendirse no era una opción.
Con un suspiro profundo, Nina giró la copa entre sus dedos una vez más, dejando que el cristal capturara la luz como un prisma. Quizás no tenía todas las respuestas aún, pero había algo que sí sabía: en este juego, la única manera de ganar era seguir jugando.
Bajó la mirada al reflejo de su rostro en el cristal y permitió que una pequeña sonrisa se curvara en sus labios.
—Si quieren destruirme, tendrán que esforzarse más —susurró, esta vez con un destello de desafío en los ojos.
Mientras Manhattan seguía parpadeando a lo lejos, Nina giró sobre sus tacones, dejando atrás el ventanal. Si iba a enfrentarse a lo que venía, lo haría con la misma gracia y astucia que la habían llevado hasta allí. El juego no había terminado. Solo estaba a punto de volverse más interesante.
Nina dejó escapar una risa breve, cargada de ironía, mientras tomaba un sorbo de su copa.
—Una bomba, eso es lo que tengo entre manos —murmuró para sí misma, sintiendo el peso de la decisión que debía tomar.
El vestido negro que llevaba, ceñido como una promesa hecha de satén, reflejaba las luces del club con un brillo tentador. Pero debajo de esa apariencia impecable, Nina sentía que cada paso que daba en el Club Artemis era como caminar sobre una cuerda floja. La pregunta era: ¿aguantaría el equilibrio, o sería arrastrada por el peso de su verdad?
Con un movimiento que parecía tan casual como ensayado, Nina deslizó sus dedos por el tirante de su vestido, acomodándolo en su lugar como quien afila un arma antes de entrar en batalla. El satén negro volvió a abrazar su piel con la precisión de una segunda capa, y ella se permitió un vistazo fugaz a su reflejo en el ventanal cercano. Las luces de Manhattan parpadeaban detrás de ella, un contraste perfecto con la mujer que devolvía la mirada, cada línea de su cuerpo ajustada a la perfección para el papel que jugaba.
Pero había algo que no podía ignorar. Con un suspiro apenas audible, se deslizó a un rincón más discreto del salón, fuera del alcance de las miradas hambrientas y curiosas. Allí, lejos del escrutinio, se permitió ajustar lo que realmente la incomodaba: sus bragas. Esa prenda delicada, hecha de encaje negro que más parecía una promesa que una prenda funcional, había decidido rebelarse. Con movimientos calculados, que combinaban urgencia y gracia, jaló suavemente la tela, asegurándose de que se ciñera bien a su piel.
—No es noche para distracciones, cariño —murmuró para sí misma, alisando el encaje y comprobando que todo quedara en su lugar.
Cuando estuvo satisfecha, su atención pasó al sujetador, que, aunque perfectamente diseñado para realzar sus curvas, parecía querer un protagonismo que no le correspondía. Con un ligero arqueo de cejas y un destello de determinación, ajustó las tiras de los hombros y acomodó las copas con movimientos firmes pero elegantes. La sensación de la tela contra su piel era como un recordatorio de que, aunque el juego que jugaba requería sutileza, también era una cuestión de control.
—Ahora sí, perfecto —murmuró, con una sonrisa satisfecha, mientras daba un pequeño paso para comprobar que cada movimiento estuviera libre de incidentes.
Cuando finalmente se volvió hacia el salón, cada paso que daba era una declaración de intención. Sus tacones resonaban con un ritmo preciso sobre el suelo de mármol, y el vestido se movía con ella, deslizándose como un río oscuro que susurraba promesas a su paso. Pero detrás de esa fachada impecable, Nina sabía que estaba en medio de una partida peligrosa, y cada ajuste, cada pequeño detalle, era una pieza más en su estrategia para ganar.
Mientras avanzaba hacia el corazón del Club Artemis, sus labios se curvaron en una sonrisa ligera, una mezcla de ironía y desafío. Si iba a desactivar esta bomba, lo haría con estilo. Y si iba a explotarla, se aseguraría de que las piezas cayesen exactamente donde ella quisiera.
La noche aún estaba lejos de terminar, y cada mirada que sentía sobre ella, cada murmullo que captaba a su paso, le recordaba que el juego apenas comenzaba. Pero si alguien podía jugarlo y ganar, esa era Nina. Y, por supuesto, lo haría sin que ni un solo tirante, braga o sujetador se saliera de lugar.
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