El Club Artemis estaba más vivo que nunca. Las risas, perfectamente moduladas, rebotaban entre las paredes revestidas de mármol y las luces cálidas de los candelabros que colgaban como coronas doradas. Los tacones, esos pequeños metrónomos de lujo, marcaban el compás de una noche donde el poder y el deseo se entrelazaban en cada esquina. Pero para Nina, todo aquello era un telón de fondo insignificante, un eco amortiguado por el rugido de sus propios pensamientos.
La revelación seguía retumbando en su cabeza, repitiéndose como una melodía inquietante. Era como si Isabella hubiera tirado de un hilo que Nina había mantenido cuidadosamente oculto, un hilo que amenazaba con deshilachar toda su fachada.
El momento había sido tan banal, tan traicioneramente simple.
Estaban junto al bar, un lugar donde las miradas furtivas y los secretos disfrazados de cumplidos eran moneda corriente. Isabella, siempre impecable, con su vestido esmeralda que parecía haber sido tejido con el mismísimo pecado, sostenía su copa de champán como si fuera un cetro. Nina la había observado con su sonrisa habitual, esa curva en los labios que podía desarmar o desconcertar, según lo necesitara.
Pero entonces, Isabella había hablado, dejando caer una frase como quien tira un guante al suelo.
—¿Sabías que hay alguien en este club que conoce tu pasado mejor de lo que imaginas?
El corazón de Nina se aceleró, pero su rostro permaneció tan inmutable como una máscara de porcelana. Su mente, sin embargo, estaba en caos. ¿Cómo? ¿Quién? ¿Qué sabía exactamente Isabella?
—En este club, querida, todos tienen secretos. Algunos más interesantes que otros —respondió Nina, su tono ligero, casi desinteresado. Pero sus dedos se apretaron ligeramente alrededor de su copa, el único indicio de la tormenta que se gestaba en su interior.
Isabella la miró, ladeando la cabeza con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Era como si estuviera disfrutando de un juego en el que solo ella conocía las reglas.
—Oh, querida, créeme —dijo, su voz tan sedosa como venenosa mientras tomaba un sorbo de champán—, este secreto es particularmente jugoso.
Nina sintió un escalofrío recorrer su columna. Había algo en la forma en que Isabella lo decía, en ese brillo malicioso en sus ojos, que la inquietaba profundamente.
Y entonces, lo soltó. Un nombre.
El nombre atravesó a Nina como un rayo, su sonido resonando en su mente con la fuerza de un golpe inesperado. Ese nombre. Ese pasado. Los recuerdos, cuidadosamente enterrados, emergieron como una ola que amenaza con arrasar todo a su paso.
—¿Cómo lo sabes? —quería preguntar, pero no lo hizo. En lugar de eso, mantuvo su sonrisa perfecta, aunque sentía que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.
—¿Quién no tiene un pasado interesante? —dijo, dejando que las palabras flotaran con una ligereza que no sentía.
—Algunos son más interesantes que otros —replicó Isabella, con esa sonrisa que era más una advertencia que una muestra de alegría.
Mientras Isabella se alejaba, Nina permaneció junto al bar, su mente girando a toda velocidad. ¿Qué significaba esto para la fortuna Morton? ¿Quién más sabía lo que Isabella acababa de insinuar?
Nina tomó un sorbo de su copa, no porque lo necesitara, sino porque sus manos temblaban ligeramente, y el movimiento le dio algo en qué concentrarse. El líquido burbujeante le quemó ligeramente la garganta, un recordatorio de que todavía estaba allí, presente, en control.
Pero, ¿estaba realmente en control?
De camino al ventanal, donde las luces de Manhattan destellaban como promesas lejanas, Nina trató de calmar la tormenta en su mente. Sus tacones resonaban en el mármol, marcando un ritmo preciso, como si la música de su andar pudiera acallar el caos en su interior. Pero su corazón seguía latiendo rápido, y la imagen de Isabella, con su sonrisa calculadora y su vestido esmeralda, seguía persiguiéndola.
Finalmente, se detuvo frente al cristal, mirando su reflejo mezclarse con el paisaje de la ciudad. Manhattan estaba llena de luces, pero en ese momento, todo lo que Nina podía ver eran sombras.
De pie junto a una de las ventanas del Club Artemis, Nina parecía una figura atrapada entre dos mundos: el interior, donde las luces cálidas y las risas artificiales se mezclaban con el susurro de secretos, y el exterior, donde Manhattan brillaba con una intensidad que prometía anonimato y redención. Pero aquella noche, la ciudad parecía burlarse de ella. Las luces parpadeaban como si rieran, y los rascacielos se alzaban como testigos silenciosos de su incertidumbre.
Nina sostuvo la copa de champán con una elegancia instintiva, pero sus dedos jugueteaban con el borde del cristal, como si ese gesto pudiera distraerla del huracán en su mente. El nombre que Isabella había pronunciado seguía resonando en su cabeza, cada sílaba un recordatorio de lo frágil que era el equilibrio que había construido. No era solo un nombre. Era una amenaza, un vínculo con un pasado que había trabajado incansablemente por enterrar.
“¿Cómo lo sabe?” La pregunta giraba en espiral, una y otra vez, sin respuesta. Había sido cuidadosa, meticulosa, construyendo a Sofía como una fachada impecable. Pero ahora, esa máscara comenzaba a resquebrajarse, y la figura que Isabella había insinuado tenía el poder de arrancársela por completo.
Nina alzó la vista hacia el reflejo en la ventana, donde las luces de la ciudad se mezclaban con su propia imagen. La mujer que la miraba de vuelta tenía la misma pose segura de siempre: los hombros erguidos, el vestido negro ajustado perfectamente a sus curvas, el maquillaje intacto como una obra de arte. Pero en sus ojos había algo diferente, una chispa de vulnerabilidad que ni siquiera el cristal podía ocultar.
"Estoy perdiendo el control", pensó, y la admisión silenciosa fue como una punzada en su pecho.
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