El Descubrimiento

Sofía inclinó ligeramente la cabeza, dejando que una sonrisa traviesa se dibujara en sus labios. Su vestido negro, sencillo pero letalmente efectivo, se movió como una caricia contra su piel mientras cruzaba los brazos con deliberada calma.

—Victor está interesado en todo lo que brilla —respondió, su voz suave pero cargada de ironía.

La risa de Isabella fue baja y aterciopelada, como un susurro que prometía y desafiaba a la vez. Sus ojos, oscuros y penetrantes, no abandonaron los de Sofía, como si intentara leer más allá de lo que las palabras decían.

—Quizás. Pero no subestimes a los hombres como él. Son peligrosos cuando creen que han encontrado algo que no pueden tener.

Había algo en la forma en que Isabella lo dijo, en la manera en que su voz descendió ligeramente al pronunciar "peligrosos", que hizo que la piel de Sofía se erizara. No por miedo, sino por una chispa de desafío que no pudo contener.

Sofía mantuvo la mirada de Isabella, sus ojos verdes tan tranquilos como un lago bajo la luna, pero con la promesa de tormentas ocultas.

—¿Y tú, Isabella? —preguntó, inclinándose apenas hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellas—. ¿Eres peligrosa cuando encuentras algo que no puedes tener?

Isabella no respondió de inmediato. Sus labios, pintados de un rojo profundo que parecía desafiar al mismo tiempo la inocencia y la audacia, se curvaron lentamente en una sonrisa. Cada milímetro que se movían parecía calculado, como si estuviera decidiendo cuánto revelar y cuánto guardar.

—Siempre, querida —dijo finalmente, susurrando la palabra como si fuera un secreto compartido solo entre ellas.

El aire entre ambas cambió, cargándose de algo que no era solo tensión. Era un entendimiento tácito, una prueba silenciosa de fuerza y voluntad. Sofía sintió que la energía de Isabella era como una corriente subterránea: poderosa, imparable, pero escondida bajo una superficie de impecable gracia.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Las miradas entre ellas se encontraron en un duelo sin palabras, un choque de dos mujeres que sabían exactamente quiénes eran y lo que podían hacer. Pero antes de que Sofía pudiera responder, un murmullo suave pero insistente llegó desde el salón contiguo.

La atención de ambas se desvió hacia la puerta cerrada. Isabella ladeó la cabeza, curiosa, mientras Sofía alzaba ligeramente una ceja, su mente ya evaluando las posibles implicaciones de lo que había escuchado.

—Parece que los secretos no descansan ni siquiera en el Club Artemis —dijo Isabella, su tono una mezcla de diversión y desafío.

Sofía dejó que una pequeña sonrisa cruzara su rostro antes de girarse hacia la puerta, cada paso marcado por el eco de sus tacones contra el suelo de mármol. La sensación de los ojos de Isabella siguiéndola era casi tan tangible como una caricia.

—No, querida —respondió sin volverse—. Y eso es lo que hace que este lugar sea tan interesante.

Isabella se quedó observándola mientras desaparecía por el pasillo, su sonrisa aún intacta. Había algo en Sofía, algo que la intrigaba tanto como la inquietaba. Y en el Club Artemis, la combinación de intriga e inquietud era una receta perfecta para el peligro.

Sofía se deslizó por el pasillo con la gracia de una gata que sabe que todos la están observando, incluso si no hay nadie alrededor. Sus tacones Louboutin marcaban un ritmo preciso contra el mármol, pero al llegar a la puerta entreabierta del salón, se detuvo. La luz tenue que escapaba por el umbral iluminaba sus curvas como un susurro visual. Bajó un poco la cabeza, agudizando el oído con la precisión de una espía, aunque con la elegancia de alguien que nunca admitiría que estaba escuchando.

Las voces dentro eran como el murmullo de una conspiración, apenas lo suficientemente claras para discernir palabras. Una de ellas, inconfundiblemente, pertenecía a Victor Lang, ese hombre cuya voz tenía el efecto de una caricia inesperada: cálida, firme y un poco peligrosa.

—Sterling está ansioso. Quiere resultados, y los quiere pronto.

Sofía sintió cómo su corazón daba un vuelco. No de esos románticos que parecen sacados de novelas rosas, sino de los que vienen acompañados de una alarma mental: "Peligro. Corre. No te metas." La conexión entre Victor y Marcus Sterling era tan preocupante como inesperada. Pero claro, inesperado era prácticamente un requisito en el Club Artemis.

Con una respiración controlada, Sofía comenzó a retroceder. Movía sus pies con la delicadeza de un equilibrista en la cuerda floja, asegurándose de que cada paso fuera tan silencioso como un suspiro. Pero justo cuando estaba a punto de sentirse victoriosa por su impecable maniobra, el destino, con su sentido del humor peculiar, decidió intervenir.

Giró sobre sus tacones y chocó contra algo sólido. Bueno, alguien sólido. El perfume de jazmín y especias la delató antes de que pudiera siquiera levantar la vista. Isabella.

—¿Eres siempre tan curiosa, Sofía? —preguntó Isabella, su tono tan dulce como una cucharada de miel, aunque con la misma capacidad de atrapar a quien lo tocara.

Sofía levantó la mirada con la calma de una reina sorprendida en una situación poco decorosa, pero que se niega a admitirlo.

—Solo lo suficiente para mantenerme entretenida, querida —respondió, con una sonrisa que sugería que el choque había sido completamente intencionado.

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