Conduciendo a un Corderito

Carlisle se quedó inmóvil como una estatua de mármol en el crepúsculo, su respiración apenas perceptible. Nina observó con satisfacción el sutil descenso de su mirada hacia el escote de su vestido, un movimiento tan rápido como el aleteo de una mariposa nocturna, pero igualmente revelador. Sus ojos, cuando volvieron a encontrarse con los de ella, brillaban con una mezcla de deseo y cautela, como un hombre que reconoce la belleza letal de una rosa pero no puede evitar querer tocarla.

El aire entre ellos se volvió denso, cargado de promesas no pronunciadas y advertencias silenciosas. La música del club se había convertido en un murmullo distante, como si el mundo hubiera decidido darles un momento de intimidad en medio del caos.

—Eres un misterio —pronunció finalmente, su voz emergiendo más áspera, como whisky sobre grava, traicionando la batalla interna entre su deseo y su instinto de autopreservación—. Y los misterios tienden a ser peligrosos.

Nina saboreó el momento, dejando que las palabras flotaran entre ellos como el humo de un cigarrillo exclusivo. Su sonrisa se curvó con la precisión de una daga antigua, bella y amenazante a la vez. El movimiento de su cuerpo era fluido, casi líquido, mientras extendía su brazo hacia la bandeja que pasaba, sus dedos rozando "accidentalmente" el antebrazo de Carlisle. El contacto, aunque breve, envió una corriente eléctrica a través de ambos, y ella notó cómo los músculos de él se tensaban bajo la fina tela de su traje.

La copa de champán brillaba como oro líquido bajo las luces ambientales mientras Nina la llevaba hacia sus labios con una elegancia estudiada. El cristal fino tintineó suavemente contra sus dientes, y una gota del precioso líquido se demoró en su labio inferior, capturando la luz como un diamante líquido.

—¿Peligroso? —repitió ella, su voz un susurro aterciopelado que acariciaba la palabra como si fuera un caramelo prohibido. Su lengua emergió brevemente para atrapar la gota de champán, un gesto aparentemente inocente pero calculado con la precisión de un francotirador—. Solo si no sabes cómo jugar.

Sus ojos se encontraron sobre el borde de la copa, y Nina pudo ver el momento exacto en que la última barrera de resistencia de Carlisle comenzaba a agrietarse. El hombre de negocios implacable, el cazador convertido en presa, luchaba visiblemente contra la atracción que lo arrastraba hacia ella como una corriente submarina.

El champán burbujeaba en su copa como una metáfora de la tensión efervescente entre ellos, mientras el aroma de su perfume se mezclaba con las notas cítricas de la bebida, creando una atmósfera embriagadora que nublaba los sentidos pero agudizaba el deseo.

Nina dio un paso más cerca, invadiendo deliberadamente el espacio personal de Carlisle. El calor de sus cuerpos se encontró en el aire escaso que los separaba, y ella pudo sentir el ligero temblor en la respiración de él, otro pequeño triunfo en su elaborado juego de seducción y poder.

—La pregunta es, Richard —continuó, su voz bajando a un registro aún más íntimo, como si compartiera un secreto que solo existía en el espacio entre sus labios—, ¿estás dispuesto a aprender las reglas? ¿O prefieres seguir creyendo que tienes el control de este... juego?

La palabra "juego" se deslizó de sus labios como una promesa y una amenaza simultáneas, y Nina observó con deleite cómo la nuez de Adán de Carlisle subía y bajaba en un trago seco. El depredador que había llegado tan seguro de sí mismo ahora se encontraba atrapado en una danza donde las reglas cambiaban con cada paso, y ella era la única que conocía la música.

El salón privado del Club Artemis era un santuario de terciopelo rojo y caoba pulida, donde las sombras danzaban al ritmo de las luces tenues que se filtraban a través de elaboradas pantallas art déco. Nina guió a Carlisle a través del umbral como quien conduce a un cordero al altar, cada paso una promesa silenciosa de algo más profundo que el simple deseo.

La puerta se cerró tras ellos con un clic aterciopelado, un sonido que parecía sellar su destino compartido. El aire dentro era más denso, cargado con el aroma de cuero antiguo y secretos guardados. Nina se giró con la fluidez de agua sobre seda, su vestido rojo moviéndose como si fuera una extensión líquida de su piel, capturando y reflejando la luz como gotas de sangre fresca.

—Ahora sí, querido —ronroneó, apoyándose contra el borde de una mesa de caoba con la gracia depredadora de una pantera. Sus piernas se cruzaron en un movimiento estudiado, la tela del vestido abriéndose lo suficiente para revelar una promesa de piel dorada—. ¿Qué es eso tan importante que no podías esperar?

El espacio entre ellos vibraba con tensión no resuelta. Carlisle avanzó, pero su usual seguridad había sido reemplazada por una cautela casi felina. Cada paso era medido, calculado, sus ojos escaneando cada movimiento de Nina como si buscara descifrar un código en el lenguaje de su cuerpo.

—He estado investigándote, Sofía —su voz emergió baja y tensa, como una cuerda de violín a punto de romperse. El nombre falso colgó en el aire entre ellos como una acusación velada—. Y hay cosas que no encajan.

Nina respondió primero con su cuerpo, ladeando la cabeza en un gesto que hizo que su cabello oscuro se deslizara como una cascada de medianoche sobre su hombro desnudo. Su cuello quedó expuesto, una invitación tan antigua como el arte de la seducción misma. La luz acariciaba su piel como un amante invisible, creando sombras y destellos que hacían imposible apartar la mirada.

—¿Ah, sí? —sus labios se curvaron en una sonrisa que contenía todos los secretos del mundo, perezosa y peligrosa como una cobra al sol—. Bueno, espero que al menos haya sido divertido. Aunque debo decir que me siento halagada de que me dediques tanto tiempo.

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