Aristoteles llegó a su pequeño apartamento y, al cerrar la puerta, sintió como si toda la tensión acumulada en el día cayera sobre sus hombros de una vez. Sin encender las luces, se dejó caer en el sillón de la sala, inhalando profundamente mientras apoyaba la cabeza en el respaldo. La imagen de Alice, serena y firme incluso en medio del peligro, aún rondaba en su mente, provocándole una mezcla de inquietud y una extraña atracción que no lograba ignorar.
Unos pasos suaves rompieron el silencio de la sala, y Aristoteles levantó la vista. Frente a él estaba su hija, Elara. Con solo catorce años, Elara tenía una presencia delicada pero fuerte a la vez. Su cabello castaño oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban con esa mezcla de inteligencia y dulzura que siempre lograba desarmarlo. Vestía una camiseta amplia y unos jeans, y tenía esa sonrisa que solo alguien que conoce bien la alegría de las pequeñas cosas podía mostrar. Sin pensarlo, Aristoteles abrió los brazos, y Elara se acercó para abrazarlo con entusiasmo.
Aristoteles le devolvió el abrazo con más fuerza de la usual, como si temiera que ella se fuera a desvanecer entre sus brazos. Sentirla allí, tan cerca y viva, era un alivio que no sabía que necesitaba después del caos del día.
—¿Qué te pasa, papá? —preguntó ella entre risas, levantando la cabeza para mirarlo con una mezcla de ternura y curiosidad.
Aristoteles soltó una breve carcajada, aflojando un poco el abrazo mientras intentaba relajar su expresión.
—Nada, cariño. Solo estoy algo cansado.
Elara lo miró con picardía, arqueando una ceja con escepticismo.
—¿Cansado de llevar a millonarios de un lado para otro? —bromeó, golpeándole el hombro con suavidad antes de acomodarse junto a él en el sillón.
Aristoteles soltó una risa, y una parte de él consideró si debía contarle sobre el tiroteo, sobre el peligro que había enfrentado. Pero rápidamente desechó la idea. No quería preocuparla; Elara ya tenía bastante con su salud y sus propias luchas. Decidió mantener la paz que ella le brindaba, al menos por esa noche.
Se acomodó en el sillón, creando espacio para que Elara se acomodaba mejor.
—Entonces, ¿qué tal te fue en la escuela hoy? —preguntó, mirándola con interés.
Elara se encogió de hombros, sonriendo con esa expresión despreocupada que siempre lograba levantarle el ánimo.
—De maravilla. Tuvimos una prueba de matemáticas y, créeme, era tan fácil que hasta el profesor dudaba de lo rápido que terminamos todos. ¡Ah! Y en literatura, estamos leyendo a Edgar Allan Poe. No me imagino cómo alguien puede escribir cosas tan oscuras. —Hizo una pausa, sus ojos brillando con emoción—. Aunque, papá, tienes que leer este poema. Habla sobre la muerte y el amor y es… bueno, ¡inquietante y hermoso!
Aristoteles sonrió, observándola mientras ella hablaba con entusiasmo. Cada detalle de su día, desde los exámenes hasta los nuevos descubrimientos en la clase de literatura, le llenaban de orgullo. Era una chica especial, con una inteligencia y sensibilidad que siempre lo sorprendían.
En otro lugar, a varios kilómetros de distancia y en un lujoso apartamento en Manhattan, Alice cruzaba el vestíbulo de su hogar con la misma calma que mostraba en cualquier espacio. El departamento era amplio y elegante, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Alice se movía con naturalidad a pesar de su ceguera, pasando con precisión entre los muebles y manteniendo el ritmo de sus pasos hasta llegar al minibar en la esquina de la sala.
—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó Jonathan, su esposo, cerrando la puerta detrás de ellos mientras la seguía con una expresión tensa.
Alice no respondió de inmediato. Con una mano firme, tomó una botella de whisky y sirvió una pequeña cantidad en un vaso de cristal que conocía bien. Había dispuesto cada objeto en su hogar de manera exacta, de modo que nunca hubiese margen para errores. Tomó el vaso y se giró hacia Jonathan, dando un pequeño sorbo que dejó un sabor ardiente y reconfortante en su garganta.
—Estoy bien, Jonathan —dijo finalmente, con voz calmada, como si el intento de secuestro apenas hubiera sido un contratiempo.
En ese momento, Elijah Hartford, jefe de seguridad del congresista, se acercó a Jonathan desde el pasillo, con una expresión de seguridad controlada.
—Congresista, he organizado un equipo especial para que realice rondas de vigilancia en las calles cercanas. Solo como medida preventiva.
Alice frunció ligeramente el ceño y dio otro sorbo a su whisky, notando cómo el peso de la conversación aumentaba en la habitación.
—No es necesario —replicó Alice, en un tono firme y decidido—. Ya tenemos suficiente con la policía. Poner más seguridad solo atraerá más atención.
Jonathan apretó los labios, evidentemente molesto, y la miró con esa mezcla de irritación y frustración que ella conocía bien.
—Es necesario, Alice —dijo con un tono tajante—. Y te advierto que, a partir de ahora, vas a necesitar un guardaespaldas personal.
Alice, que estaba terminando su primer vaso, maldijo entre dientes, dejando escapar un suspiro antes de servir otra medida de whisky.
—No puedes obligarme a tener a alguien siguiéndome todo el día, Jonathan —replicó, manteniendo la calma aunque su tono denotaba su rechazo—. No es mi estilo.
Jonathan cruzó los brazos, sin ceder un milímetro.
—Lo vas a tener y se acabó, Alice. Tu seguridad es importante, y no voy a ceder en esto.
Alice permaneció en silencio, sintiendo cómo una mezcla de rabia e impotencia se acumulaba en su pecho. Sabía que Jonathan lo decía más por la imagen pública que necesitaba proyectar que por genuina preocupación por ella. Sin embargo, entendía que ceder en este aspecto evitaría mayores conflictos.
Finalmente, tomó una decisión.
—Está bien —dijo, en un tono resignado y algo desafiante a la vez—. Pero será alguien que yo elija.
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Comments
JZulay
No comprendo está pareja, qué hacen juntos ....Alice y Jonathan....tal vez ese matrimonio fue solo un acuerdo comercial....Qué le suma uno al otro ?
Por otra parte está Aristóteles....wao, todo en él grita "soy Griego", hasta el nombre
2024-12-03
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Soraida Gomez
TIENE UN CARACTER FUERTE LA CEO NO SE DEJA CON EL CONGRESISTA Y QUIEN SABE SI FUE EL MISMO QUE ESTE DETRAS DE ESA ACCION FRUSTRADA POR NUESTRO CHOFER.
2024-12-06
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Nery Guerrero
wow ya hay química entre ellos dos q bien ese congresista es un estúpido
2024-11-30
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