El amanecer iluminaba tímidamente la ciudad en ruinas mientras Ayanokouji Kiyotaka y su grupo se preparaban para enfrentar otro día en su refugio fortificado. Después de días de acción y exploración, el ambiente entre los sobrevivientes se había transformado. Las rutinas diarias y las experiencias compartidas habían tejido vínculos más profundos entre ellos.
Durante el desayuno, Takashi compartió anécdotas de su vida antes del apocalipsis zombie, haciendo reír a todos con historias de sus travesuras en la escuela secundaria. Rei, por su parte, abrió un poco más sobre su familia y cómo había perdido a sus padres durante los primeros días del brote.
—Creo que nunca imaginé estar haciendo esto en un mundo así. Pero me alegro de estar con ustedes —dijo Rei, su mirada reflejando tanto tristeza como gratitud.
Shizuka, siempre maternal, ofreció palabras de consuelo y un abrazo reconfortante. Alice, con su espíritu juvenil, compartió recuerdos de sus días en la escuela primaria, mientras Kohta hablaba de su amor por la tecnología y los videojuegos.
—La situación es desafiante, pero creo que estamos aprendiendo mucho unos de otros. Somos como una pequeña familia ahora —comentó Saya, su mirada pasando de uno a otro con afecto.
Ayanokouji observaba a su grupo con una mezcla de orgullo y preocupación. Sabía que cada día que pasaban juntos fortalecía no solo su unidad como equipo, sino también su resolución para sobrevivir en un mundo donde la adversidad acechaba en cada esquina.
—Es impresionante cómo hemos aprendido a confiar el uno en el otro en tan poco tiempo. Esta cohesión es nuestra mayor fortaleza —mencionó Ayanokouji, su voz serena pero llena de convicción.
Después del desayuno, el grupo se dividió en tareas habituales. Takashi y Rei inspeccionaron las defensas exteriores, asegurándose de que cada barricada estuviera en su lugar y que no hubiera signos de debilidad. Saeko y Alice ayudaron a Shizuka en el jardín, cuidando de las plantas y asegurando que tuvieran suficiente agua.
Mientras tanto, Saya y Kohta revisaron el inventario de suministros, haciendo un recuento meticuloso y planeando futuras expediciones en busca de más alimentos y medicinas. Ayanokouji, siempre vigilante, supervisaba todo desde la sala de estrategia, donde trazaba mapas y planificaba rutas basadas en los documentos encontrados en la oficina industrial.
Por la tarde, el grupo se reunió nuevamente en la sala de estar, esta vez en un ambiente más relajado. Hablaron de sus sueños y esperanzas para el futuro, compartiendo aspiraciones que habían sido olvidadas en medio del caos y la lucha por la supervivencia.
—Si alguna vez logramos encontrar una forma de restaurar la civilización, ¿qué les gustaría hacer? —preguntó Takashi, provocando una reflexión profunda entre sus compañeros.
Rei expresó su deseo de encontrar a otros sobrevivientes y reconstruir comunidades perdidas. Saeko habló de su pasión por las artes marciales y cómo podría enseñar a otros para fortalecerlos. Alice habló emocionada sobre regresar a la escuela y reanudar una vida normal.
—Yo simplemente quiero que todos estemos a salvo y que podamos vivir en paz, incluso si eso significa vivir aquí para siempre —comentó Shizuka, su voz suave pero llena de determinación.
Ayanokouji escuchaba en silencio, captando los deseos y las esperanzas de cada uno. Con cada palabra compartida, los lazos entre ellos se fortalecían, formando una red de apoyo y amistad en un mundo donde tales cosas eran más valiosas que cualquier otra.
La noche cayó suavemente sobre la casa fortificada, envolviendo al grupo en una sensación de seguridad relativa y camaradería. Habían encontrado fuerza no solo en sus habilidades individuales, sino también en la confianza y el compañerismo que habían cultivado juntos.
—Mañana continuaremos explorando y asegurándonos de que este lugar sea aún más seguro. Juntos, podemos enfrentar cualquier desafío que se presente —dijo Ayanokouji, su voz resonando con esperanza y determinación.
El grupo asintió en acuerdo, unidos en su propósito compartido de sobrevivir y encontrar una forma de vivir en un mundo que había cambiado para siempre.
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