Capítulo quince
Su hija le había pedido a Rocío que permitiera que su padre cenara con ellas.
—Está bien —aceptó Rocío finalmente, tratando de ocultar su incomodidad—. Puedes quedarte a cenar, pero mantengamos las cosas tranquilas y sin discusiones, ¿de acuerdo?
—Por supuesto —aseguró Marcelo feliz de poder estar con sus hijas y con ella. Sin embargo, Rocío decidió ir a bañarse—. ¿No te quedas?
—Quieres estar con las niñas. No hace falta de mi presencia. Voy a bañarme, no tengo apetito —dijo Rocío y miró a sus hijas—. Avísenme cuando papá se vaya para que nos organicemos para mañana con sus actividades.
—Yo puedo hacerme cargo de ellas —indicó Marcelo y Rocío lo miró, nunca había querido llevar a sus hijas a ningún sitio.
—Como prefieras —le dijo ella sin prestarle demasiada atención—. Victoria, muéstrale a tu padre sus horarios después de la cena. Y de todas maneras cuando su padre se vaya me avisan.
Las palabras de su exmarido resonaban en su mente, generando una sensación de incomodidad. Se sumergió bajo el agua caliente, intentando despejarse y enfocarse en el presente, apenas lograba relajarse.
La situación entre ella y Marcelo se había vuelto incómoda y enfrentarlo le generaba una sensación de extrañeza, que nunca pensó que viviría con el hombre con el que había compartido tantos años juntos. Mientras se duchaba, se repitió que debía mantener la calma por el bienestar de sus hijas. Aunque el momento de enfrentar a Marcelo sería inevitable, deseaba retrasarlo lo más posible, al menos hasta que las niñas no estuvieran presentes.
Haber perdido lo que una vez consideró su vida, su hogar y su familia unida, había dejado un vacío insondable en el interior de Rocío. Aunque su mente racional sabía que la separación era lo mejor para ella y sus hijas, el dolor persistía, como una sombra que se negaba a desaparecer.
Un eco de lo que alguna vez fue una vida feliz y plena. Pese de las dificultades en su matrimonio, Rocío se aferraba a los recuerdos de tiempos más felices, a la sensación de familiaridad y a la idea de un futuro que ya no existía. A menudo, se encontraba luchando contra olas de tristeza y un profundo sentimiento de pérdida.
El vacío en su interior se manifestaba en esos momentos de soledad, cuando las risas de sus hijas se desvanecían y se enfrentaba a sus propios pensamientos. Había una sensación de hueco, como si una parte de ella se hubiera desprendido y no pudiera volver a encontrarla.
Cuando se cambió y estuvo lista para irse a dormir fue hasta el comedor. Al ver a Marcelo solo, le preguntó por las niñas. Este le dijo que ya se habían ido a descansar, incluso habían lavado los platos. Algo que durante dieciocho años no intentó hacer.
—No necesitas hacer nada. Esta ya no es tu casa —indicó ella tomando la llave e invitándolo a irse.
—Es tarde. ¿No puedo dormir en el sofá? —preguntó y Rocío se cruzó de brazos.
—Te acostaste con otra mujer, tuviste intimidad con ella a mis espaldas y te burlaste de mí cuando fui a cuidar de ti al hospital. Si no te rompo las piernas y te tiro al río es porque tenemos dos hijas en común. Pero tú ya no eres nadie para mí. ¿Puedes entenderlo? —le preguntó Rocío exhausta. Ya no quería seguir hablando.
—Vamos Ro, sé que me equivoqué. Pero todo lo que tienen que vivir las niñas, además salir a trabajar. ¿Con qué necesidad? —preguntó Marcelo tratando de acercarse a ella.
—No me toques y vete —le pidió ella abriendo la puerta—. Y no vuelvas más hasta que firmes el divorcio, porque la próxima vez no seré tan amable.
—Ro… —dijo Marcelo y ella cerró la puerta en su cara.
La confrontación con Marcelo solo añadió más peso a su carga emocional. La invitación de Marcelo para quedarse, fue rechazada tajantemente por Rocío, quien recordó con firmeza las acciones que llevaron a su separación.
Con cada palabra que pronunciaba, Rocío reafirmaba su deseo de distanciarse, de dejar atrás lo que una vez fue su vida compartida. Su firmeza y su necesidad de marcar límites eran signos claros de una nueva etapa en la que no quería ser perturbada por su pasado, al menos no hasta que las cosas se resolvieran oficialmente con el divorcio.
***
El día en la oficina había sido agitado para Rocío. Su mente estaba dividida entre las preocupaciones familiares y las responsabilidades laborales. En el intento de mantenerse enfocada, revisaba un informe que debía ser entregado ese día. Una vez que terminó con eso fue a la cocina para tomarse su descanso.
Rocío estaba intentando prepararse una taza de café. Mientras llenaba el filtro con el café molido, la máquina empezó a hacer ruidos extraños. Un súbito estallido la sorprendió y una nube de vapor caliente se elevó desde la máquina, alcanzando el rostro de Rocío.
La intensidad del vapor la tomó por sorpresa, y un chorro caliente le impactó directamente en los ojos. Gritó de dolor y sorpresa, sintiendo cómo una parte del líquido caliente le alcanzaba los ojos.
—Maldición —dijo ella y sintió a alguien detrás.
El ardor instantáneo y la repentina falta de visión la dejaron momentáneamente ciega. Rocío, con los ojos cerrados y las manos aferradas al borde de la mesada, no podía ver nada más que una oscuridad incómoda y perturbadora.
—¿Estás bien? —preguntó una voz gruesa y profunda.
—Claro que no. ¿No puedes verme? La ciega soy yo —espetó molesta mientras su compañero sonreía por la actitud de la mujer—. Lo siento.
—Insúltame, si quieres, no me quejaré con recursos humanos —bromeo él mientras la llevaba hasta el grifo del lavabo—. Pedí que cambiaran esa cafetera hace como un mes. No sé qué les pasa.
El hombre frente a ella le ofreció un paño húmedo y le sugería que se inclinara hacia el grifo para enjuagarse los ojos.
—¡No puedo ver nada! —gritó Rocío, sintiendo la angustia crecer en su interior. Sus manos temblaban mientras trataba de limpiarse, pero la sensación de oscuridad persistía.
Rocío logró enjuagarse los ojos repetidamente, intentando calmar la sensación de ardor. Después de varios minutos, la quemazón comenzó a ceder. Aun así, Rocío mantenía los ojos cerrados, temerosa de abrirlos y encontrarse con más dolor o la imposibilidad de ver.
—Te llevaré a la enfermería —indicó su compañero, con preocupación evidente en su voz.
—Gracias… Gracias por ayudarme —susurró, aliviada de no estar sola.
Autora: Osaku
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 105 Episodes
Comments
Clara E.
Gracias buen samaritano!! Esperemos que sea pasajero 😳
2024-11-01
0
Linilda Tibisay Aguilera Romero
a mí también me gustaría saber la edad de Rocio, porque creo haber leído que ellos tenían 20 años pero ellos se casaron cuando se embarazo de la mayor es una adolescente
2024-04-02
4
Cori Shoes
Autora me gustaría saber la edad de Rocio
2024-03-08
4