Capítulo cuatro
Rocío se sentía como un barco a la deriva en medio de una tormenta. La noche había caído sin piedad, cubriendo la ciudad con su manto oscuro mientras ella, incapaz de encontrar respuestas, se encontraba perdida en sus pensamientos.
Las lágrimas habían cedido su paso a una especie de calma pesada, como si hubiera tocado fondo y estuviera contemplando la inmensidad del abismo en el que se encontraba. Las calles estaban desiertas a esa hora de la madrugada, dejándola sola con sus miedos y dudas.
Sin embargo, un destello de lucidez la llevó a recordar a su amiga de la universidad, Marta, quien había pasado por una situación similar años atrás.
Con determinación, Rocío sacó su teléfono y, casi mecánicamente, buscó el nombre de Marta en sus contactos. Después de unos minutos de nerviosismo, marcó, esperando con ansias que su amiga respondiera.
—¿Hola? —la voz de Marta sonaba un poco somnolienta al otro lado de la línea.
—Marta, soy Rocío. Perdona la hora, necesitaba hablar contigo —dijo Rocío, conteniendo las lágrimas que amenazaban con resurgir.
—¡Rocío! Claro, ¿estás bien? —la preocupación en la voz de Marta era evidente.
Rocío vaciló por un momento, pero finalmente decidió abrir su corazón a su vieja amiga. Durante horas, compartió sus angustias, el dolor de descubrir la infidelidad de Marcelo y las dudas sobre su futuro. Marta la escuchó con paciencia, ofreciendo palabras de aliento y consejos reconfortantes.
—Rocío, te entiendo. Sé lo devastador que puede ser descubrir algo así. Pero recuerda, tienes opciones. No estás sola en esto. Toma un respiro y piensa en lo que realmente quieres para ti y tus hijas. A veces, enfrentar la verdad duele, pero también es el primer paso para encontrar tu camino hacia la felicidad —aconsejó Marta, con tono compasivo—. ¿Dónde estás? Voy por ti.
Las palabras de su amiga resonaron en el alma de Rocío, brindándole un atisbo de esperanza en medio de la oscuridad. Se sentía menos sola, más capaz de tomar decisiones, aunque fueran difíciles.
—No te preocupes, debo regresar a casa. Las niñas tienen un día de locos y no puedo dejarlas solas con todo —indicó Rocío dándose cuenta que solo estaría postergando lo inevitable.
—No te preocupes, iré para tu casa —dijo Marta mientras se levantaba de la cama y se vestía.
A medida que el amanecer se asomaba en el horizonte, Rocío agradeció a Marta por su apoyo. Con un poco más de calma en su corazón, Rocío se dirigió de regreso a casa, lista para enfrentar lo que viniera, sabiendo que no estaba sola en esta batalla por su felicidad y la de sus hijas.
—¿A dónde estabas? —le preguntó su esposo al verla entrar por la puerta principal.
—Separémonos —vomitó Rocío sin siquiera pensarlo.
—¿De qué estás hablando? Ayer llegué tarde, lo reconozco, pero estos aviones son un desastre. Deberían darnos una compensación por todo el tiempo que nos hacen esperar —dijo él a las apresuradas mientras que se terminaba el café y le sacaba de las manos las llaves del coche—. Tengo tres reuniones hoy por lo que llegaré para la cena. Prepara salmón rosado con tus papas. Me encantan.
—No estoy hablando del avión. Estoy hablando de nosotros. Ya no más mentiras ni juegos. Quiero el divorcio —reiteró Rocío, su voz temblorosa pero firme.
La mirada de sorpresa en el rostro de Marcelo fue palpable. Sin embargo, su reacción inicial de desconcierto se transformó rápidamente en un gesto de desdén.
—¿Estás bromeando, Rocío? Todo esto por llegar un poco tarde. No seas dramática —respondió él, condescendiente.
—Esto no es solo por llegar tarde. Es por tu infidelidad, por mentirme y por faltar al respeto a nuestra familia —replicó Rocío, luchando por mantener la compostura.
Marcelo soltó una risa burlona. Era evidente que no tomaba en serio las palabras de Rocío.
—Te estás comportando como una niña caprichosa. No tienes idea de lo que dices —comentó él, con desdén en su voz.
Rocío, decidida a no dejarse menospreciar, se mantuvo firme en su decisión.
—Te escuché, no hay vuelta atrás. Quiero el divorcio, Marcelo. No seguiré viviendo una mentira —sentenció Rocío, con un tono de voz que no dejaba espacio para la negociación.
Marcelo, incrédulo ante la determinación de Rocío, se limitó a fruncir el ceño y asentir.
—Haz lo que quieras. Yo no tengo tiempo para estas tonterías. Nos vemos luego —dijo él, dando la espalda a Rocío y saliendo de la casa sin más.
Rocío se dejó caer en una silla, sintiendo el peso de la tensión y la tristeza aplastándola. Sin embargo, había tomado una decisión y, aunque fuera dolorosa, sentía que era el primer paso hacia una vida más auténtica y plena para ella y sus hijas.
Marta llegó poco después y encontró a Rocío en medio de una mezcla de emociones. La amiga la abrazó con cariño, ofreciéndole su apoyo incondicional.
—Has dado un gran paso, Rocío. Estoy aquí, nena. Si quieres llorar solo hazlo. Yo me haré cargo de todo hoy. ¿Si? —preguntó Marta, reconfortándola.
Mientras Rocío se tomaba un tiempo para procesar todo lo sucedido, Marta se encargó de llevar a las niñas al colegio y de asegurarse de que estuvieran bien atendidas. Victoria mostró preocupación por su madre, pero Marta, con suavidad, explicó que Rocío necesitaba descansar y recuperarse de un virus antes de poder estar cerca de los demás.
En el dormitorio, Rocío se sumergió en un mar de emociones encontradas. Las lágrimas fluían, liberando una tensión acumulada durante demasiado tiempo. Se sentía agotada física y emocionalmente, pero también había una especie de liberación en su decisión de poner fin a un matrimonio que ya no la hacía feliz.
Marta, tras ocuparse de las niñas, volvió a la casa con un plan en mente. Hizo un par de llamadas y se encargó de organizar el día para que Rocío tuviera espacio y tiempo para procesar sus emociones sin tener que preocuparse por las tareas cotidianas.
—Rocío, te preparé un té. ¿Cómo te sientes? —preguntó Marta con delicadeza, tocando suavemente la puerta del dormitorio.
Rocío, secándose las lágrimas, agradeció a su amiga y salió del dormitorio. A pesar del dolor, se sentía aliviada por haber compartido sus sentimientos y haber tomado una decisión tan difícil. Sin embargo, el futuro parecía incierto y abrumador.
—Gracias, Marta. No sé qué haría sin ti en estos momentos —dijo Rocío, aceptando el té con gratitud.
Marta le ofreció una sonrisa comprensiva y se sentó junto a Rocío, ofreciéndole su compañía en silencio. A veces, la simple presencia de alguien de confianza puede ser reconfortante en los momentos más difíciles.
Autora: Osaku
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Updated 105 Episodes
Comments
Calo
menos mal que tiene a una buena amiga
2025-02-20
0
Clara E.
Menos mal que la vida la ayudó con la compañía y la contención de Marta
2024-11-01
0
Clara E.
Típica actitud de niño que se cree tener todo controlado
2024-11-01
0