El esclavo había empacado sus cosas. Entre sus propiedades más valiosas estaba la ropa que la princesa le compró. Le encantaba la calidad de la tela con suavidad. Toma aire para prepararse mentalmente para lo que le depara. No sabe cómo será servirle al príncipe con tantos rumores de su personalidad. En el círculo social, es un egocéntrico narcisista que somete a cualquiera con su autoridad. Y a pesar de que para Ezekiel, le es un poco insoportable, no lo cree como los rumores lo describen, pero de igual forma no baja la guardia.
Lo positivo de todo este cambio de dueño es el lugar: El Palacio Real. Estará más cerca de una fuente de información valiosa para la rebelión. Aunque le será más conveniente estar con el príncipe, no quisiera irse sin antes despedirse de la princesa. Por eso, con sus maletas en las manos, se dispone a buscarla. El laboratorio está ausente de su presencia, al igual que su dormitorio. Cuando llamó a la puerta, no escuchó respuesta alguna.
- ¡Es momento de irnos! - aparece el príncipe en la sala - ¿Por qué no te mueves?
- Disculpe su alteza, es solo que estaba buscando a la princesa para despedirme.
- No te preocupes, no es una despedida. Vas a poder verla después - dice el príncipe, tratando de darle ánimos al esclavo - puede que no esté de buen humor por estos cambios. Lo mejor es dejarla sola.
El esclavo no responde al comentario del príncipe. Puede que no esté enterado de la verdadera frustración de su hermana, y él no era alguien para comentárselo. Tan solo se prepara saliendo de la residencia. Observa a los lados buscando alguna de las cadenas que se usa para transportar esclavos.
- En un rato llegará el carruaje. Puedes guardar tus cosas atrás - le comenta el pelirrojo.
- ¿Carruaje? - pregunta desconcertado por lo que acaba de escuchado - ¿Y las cadenas?
- Ah, cadenas. ¿Eso para qué?
- Bueno, para sujetar mis manos - contesta mientras junta sus muñecas como representación de lo que se debe hacer.
- No serán necesarias.
- Acaso no crees que pueda escaparme - comenta con una mano en la cadera. Le parece absurdo ver a una persona de alto estatus que no sujete a un esclavo con cadenas mágicas para evitar su fuga.
- Yo creo que no tienes muchas opciones - le a responde Ezekiel, y su expresión en el rostro muestra su molestia - solo pienso que no es necesario tantas precauciones.
- Y si algún esclavo se le escapa...
- Sería genial que no lo encuentre.
Antes de que pudiera preguntar a qué ser se refería, un carruaje llega frente a ellos. El príncipe se acomoda en uno de los asientos e invita al esclavo a entrar. Era la primera vez de Ezekiel en un carruaje, o más bien su primera vez en estar en uno sin cadenas. Pensó por un momento que esta persona frente a él lo consideraba un ser humano y no un animal, pero de inmediato recordó que eso es imposible. Lo más seguro es que no quería tomarse tantas molestias por un esclavo. Evita pensar en eso y mira por la ventana el paisaje de verde de los árboles que a los minutos se volvió un paisaje de las casas donde habitaban las personas y por su material se reconocía el estatus, para finalmente llegar a las puertas del castillo.
Una vez adentro, el príncipe se dirige a las habitaciones de sus esclavas. Ezekiel se mantenía atrás de su alteza y nota que recibe muchas miradas de los sirvientes a su alrededor.
- Su alteza, ¿en qué puedo servirle? - pregunta Adalia apenas ve al príncipe frente a la puerta de la habitación.
- Necesito que empaques tus pertenencias, estarás al servicio de otra persona.
Escuchar estas palabras preocupó a la esclava. ¿A dónde terminaría si el príncipe ya no la necesitaba? ¿Qué sería de ella? Claro, todo esto es un malentendido.
- ¡Su alteza, perdone si lo he ofendido! - dice desesperada - por favor, no me venda.
- Adalia... cálmate, no es lo que parece - le responde tratando de tranquilizarla, mira hacia atrás - Zuhair, retírate.
El esclavo obedece la petición de su dueño y se aleja de los dos para quedarse en medio de un pasillo vacío. Mientras el príncipe le comentaba la situación a Adalia, su rostro pasó de estar asustada a enojada.
- Entonces me vas a cambiar por ese sujeto - dijo lo último con un poco de molestia - debiste ser más claro al momento de decirme las cosas, ¡qué susto me llevé!
- No te estoy cambiando - le responde con una mirada de confianza - te estoy dando este trabajo porque creo en ti.
- Tampoco es que tenga opción, cuando el príncipe de Gracia me lo pide.
- Adalia, si no estás de acuerdo o no te sientes preparada para ir a servirle a mi hermana, puedes decírmelo. No quiero obligarte a nada.
- lo haré - le contesta firmemente, pero puede ver aún las dudas de Anzel - no te preocupes, quiero hacerlo. Me estás confiando una gran responsabilidad y, por supuesto, la tomaré.
- Gracias.
- Entonces debo empacar ahora e irme.
- Sí, entre más pronto mejor. Me preocupa que Celeste esté sola en esa mansión.
Adalia no tardó más de 10 minutos en empacar sus pertenencias y dejar su parte de la habitación arreglada. Antes de marcharse, esperaba despedirse de Fatima, quien hace acto de presencia en la puerta, nota la maleta en el borde de la cama y a su compañera a un lado.
- ¿Qué... qué está pasando? - preguntó mientras en su cabeza se formaba una idea equivocada - tu maleta...
- Fátima, me da gusto verte. Yo tengo que irme.
- ¿Irte? No, ¿por qué? - estaba tan desconcertada por la escena que sus respiraciones empezaron a aumentar - ¿acaso te vendieron a alguien más? ¿Hiciste algo que molestó al príncipe? No, no, eso es casi imposible, él es muy amable - se acercó hacia Adalia, estaba muy exaltada, tocó con sus manos la espalda de su compañera - ¡tu espalda! ¡¿Cómo está tu espalda?! Te has quemado.
- Que?, no, cálmate. No entiendo lo que dices. ¿Por qué me quemaría? Estoy bien - le respondió, avanzó hacia Fátima, apoyó sus manos en los hombros de ella y buscó la manera de calmarla - respira, vamos, inhala y exhala.
Fatima obedeció lo que su compañera le pidió.
- No me he quemado, estoy bien. No sé por qué te preocupa eso, pero te aseguro que estoy bien. - la miro fijamente a los ojos mostrando seguridad confianza misma que poco a poco está pasando a su compañera y amiga
- Estás bien, me alegra que estés bien.
- Escucha, no me ha vendido, pero debo irme porque ahora voy a servirle a la princesa Celeste. Es temporal, mi dueño sigue siendo el príncipe Anzel.
- La princesa Celeste...
- Si te acuerdas, ella fue quien te entregó como regalo de cumpleaños número 15 a su hermano.
- No, no me acuerdo.
- Fue hace mucho tiempo. No te culpo si no te acuerdas. Ese día fue muy raro.
- ¿Raro?
- Sí, se me hizo extraño que la princesa hiciera ese tipo de regalo. Bueno, no estamos para hablar de cosas que ya pasaron. Esperaba verte para despedirme.
- No deberías despedirte. No te irás para siempre.
- Entonces es un hasta luego. - le dijo con una alegre sonrisa
Adalia no pudo contenerse y sujetó fuertemente a Fatima en un cálido abrazo que no terminaba porque ninguna pensaba romperlo, pero era cuestión de tiempo para que se separaran. Fatima vio cómo su compañera de cuarto agarraba su maleta y se alejaba de ella con una peculiar sonrisa y una mano agitada al aire como un saludo.
Ezekiel estaba aún esperando las órdenes e indicaciones del príncipe para saber dónde se quedaría a dormir. El príncipe lo llevó a la habitación donde antes se encontraba Adalia. Fatima se percató de la presencia de su alteza, por lo que de inmediato se levantó de su cama para darle un saludo con su reverencia.
- Como puedes ver, compartirás habitación con Fatima. Es mi esclava de juego.
- Su alteza, él es un hombre -le comentó la esclava, pues estaba mal que un hombre y una mujer compartieran habitación a menos que estuvieran casados.
- No te preocupes, Fatima. No le gustan las mujeres, por eso no es necesario buscarle otra habitación. - respondió sin más el príncipe, ganándose una mirada de molestia y sorpresa del esclavo por esa revelación
- ¿No les gustan las mujeres? Eso, ¿qué significa? No le agradó. - pregunto preocupada de ser una molestia por su nuevo compañero
- No se trata de eso, es más como...
- Su alteza, yo estoy aquí -interrumpió Ezekiel, quien estaba presente en la incómoda conversación-. Más adelante puedo explicarle mis gustos.
- Está bien, si te es más cómodo así -dijo Anzel, quien se percató de la hora-. Me retiro. Mañana empiezan tus deberes. Espero que hayas entendido todas las indicaciones de Adalia.
- Si su alteza, estaré agradecido si descansa bien esta noche.
Anzel no dice palabra alguna y solo se marcha del lugar para poder descansar.
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