Una noche fría permanecía en el Palacio de la Tranquilidad. Las flores aún conservaban en sus pétalos el riego de la tarde. El silencio abundaba en los largos pasillos. Sirvientes esperaban instrucciones fuera de una habitación que pronto entraría en ruido.
—Esposa... que debería hacer? ¿Debería tomarte en contra de tu voluntad aquí y ahora?
Ahora solo soy una bestia frente a tí.
Tu cabello... Felipe tomó un mechón del negro cabello de Phenia y lo acarició, para luego frotarlo en su rostro... es tan oscuro como mi corazón en este momento. Felipe se sintió exitado con cada acción que hacía. El más mínimo toque hacía vibrar su virilidad. Los músculos de su cuerpo se endurecían... las venas que se mostraban en ellos lo decían.
—¿Qué tan dulces deben saber tus labios? Y más que eso... tus senos. Felipe inclinó su cabeza hacia el rostro de Phenia para besarla. Felipe tocó suavemente los labios de Phenia, y al progreso, la suavidad desapareció. Levantó su cabeza y puso su lujuriosa mirada en los senos de la dama de ojos rojos.
—Este camisón blanco... es una molestia. Dijo Felipe.
Felipe acarició delicadamente por unos segundos los senos de Phenia, pero sus traviesas manos rápidamente bajaron hasta su abdomen. La piel blanca de Phenia se podía apreciar.
—........................... Felipe se detuvo. Calló sus palabras. El silencio lo abordó desesperadamente. Esperando que alguien pudiera gritar.
¡Tsk! ¡Maldición no puedo hacer esto!
¡Porque esto debe ser así!
¡¡¿Porque debo actuar como un bastardo?!!
Felipe sostuvo con fuerza el rostro de Phenia. Su rostro encajaba perfectamente en una sola de sus mano. "Todo esto, es tu maldita culpa" Dijo Felipe.
¡Vistiendo de esta manera, que esperabas que hiciera!
(...)
Quédate así. Dormida. Ahora es tu mejor opción.
Felipe agachó su cabeza. Apretó con fuerza su puño y murmuró:
Soy una basura sin escrúpulos, que ha tomado a varias mujeres. No soy casto... sin embargo yo...
*cortar*
•••
Anne estaba preocupado por Phenia. La espera fuera de la habitación avanzaba como un reloj de arena. Cada grano de arena caía tan lento, para que cuando llegue el mañana... todo será demasiado tarde.
—Debería entrar en la habitación y sacarla a toda costa. Se dijo asimisma Anne. La emperatriz estará decepcionada. Porfavor señorita Phenia, no se rinda. Anne puso su mirada en el suelo. Estaba esperando que Phenia pudiera salir.
De pronto un fuerte ruido se escuchó. La puerta de la habitación de abrió de un solo golpe. Alguien había salido.
—¿Qué pasa? Dijo Anne levantando su cabeza.
Era Felipe. Felipe había salido de la habitación.
—Su excelencia, ¿qué sucede?
—Todos ustedes... no entren a esta habitación, hasta que yo se los permita. Si veo a alguien entrar... les cortaré la lengua. ¿Quedó claro? Dijo Felipe con una expresión oscura y endurecida.
—S-sí.
—Saldré. No me sigan. Felipe cerró la puerta de la habitación. Su mano estaba sobre su rostro. Su rostro no se podía apreciar.
Felipe salió de la habitación y corrió hacía el jardín. Enérgico no se detuvo hasta llegar a una pequeña torre que se encontraba cerca. Al salir con prisa no llevó nada más que su bata. El clima frío no importaba en ese momento. Llegó a la torre y con fuerza puso su palma sobre las frías paredes. El silencio que había, se arruinó. Jadeos envolvían el esplendor de un cuerpo desnudo.
—Maldita mujer.
Felipe tenía una erección.
—No hiciste nada y aún así me encuentro en este estado. Dijo molesto Felipe. El estar aquí solo... está oscuridad... me hace recordar lo que te hice. Y me hace desear más.
Felipe tenía que calmar su estado. El dolor ya comenzaba a aparecer. Y el temblar ya era una molestia. Necesitaba sacar su hombría al exterior.
—¡Maldición!
Arriba y abajo. Su mano era la mejor opción. Los rápidos movimientos se combinaban con recuerdos. Recuerdos de los que no se lamentará.
—Soy un maldito loco.
•••
El amanecer llegó. El sol brillaba como de costumbre en el lado sur del palacio. Las aves revoloteaban entre los árboles. El jardín florecía hermosamente. Pero... Un silencio abrumador se sentía dentro del Palacio de Tranquilidad. En especial en una habitación. Una habitación de la que el visitante, aún no salía.
Los sirvientes aún esperaban afuera de la habitación. Anne se consumía en la ansiedad. Preguntándose que había sucedido con Phenia.
—¿Porque su excelencia no quiso que nadie entre en la habitación? ¿Le habrá sucedido algo a la señorita Phenia? ¿Su excelencia...? Pensó Anne con terror en el rostro.
Hasta que Felipe regresó. Anne se apresuró a hacia él. Felipe estaba empapado de sudor. Su bata se encontraba sucia. Su cabello que raramente se encontraba en desorden, era un desastre.
—Su excelencia, que....
—Preparame el baño. Dijo Felipe.
—Si, pero...
—¿No escuchaste mi orden?
—Sí su excelencia.
Felipe caminó en dirección opuesta de la habitación. La habitación temporal que había dejado era su destino.
—Su excelencia. La señora Phenia...
Felipe se detuvo. No dijo palabra por unos segundos. Pero él tenía que responder.
—Limpien todo. Ayudenla a que tome un baño. Y elijan un vestido para ella.
—Sí.
—Y... Haste cargo. Que todos los sirvientes cierren su boca. Y tú estás incluida. Dijo Felipe con un tono de voz amenazante.
—S-sí. No sé preocupe.
—.........................
—Su excelencia porfavor debe apurarse. Sus majestades enviaron una carta temprano en la mañana. Quieren que los acompañen a desayunar.
—...................... Bien.
•••
En la habitación, cientos de rayos solares llegaban. La suave cama aún llevaba encima a una durmiente esposa. Las cosas aún permanecían en su lugar. Nada había sido movido. Dos pequeños golpes de puerta se oyeron. Era Anne, quién esperaba poder entrar en la habitación.
—Señora Phenia. ¿Está despierta?
Phenia lentamente abría los ojos. Sus párpados los sentía muy pesados. Sus labios se encontraban hinchados. Su cabeza sentía dolor.
—Ah... ¿dónde estoy?. Phenia tenía puesta una sábana encima, para luego levantarse. ¿Qué fue lo que pasó anoche? Dijo en voz baja. Felipe él... Phenia arrojo a un lado la sábana. ¿Esto es... sangre. Phenia agachó su cabeza. Las heridas de su manos nuevamente volvieron a abrirse.
— Señorita Phenia... ¿se encuentra bien?
—........................
—Disculpeme señorita, pero debo entrar. Necesita prepararse. Sus majestades quieren desayunar con usted y con su excelencia el día de hoy.
—...........................
Phenia se quedó en silencio por un momento. Las mentiras que Felipe había dicho la noche anterior retumbaron en su cabeza una y otra vez. "Él mintió". Ese vino... cómo es que fui tan tonta. Dijo Phenia. Odiaba las mentiras y engaños más que nada en su tonta vida.
—Yo me desmayé. Después no puedo recordar nada.
Phenia miró nuevamente las sábanas. La mancha que había ahí, definitivamente era sangre. Signo de que había perdido su inocencia.
—Pero... es extraño.
Phenia no sentía su cuerpo adolorido o cansado. Sus piernas o cuello no tenían círculos rojos. La cama estaba completamente ordenaba. las almohadas se encontraban en su sitio.
—Mis labios, los siento hinchados.
Phenia tocó una de sus piernas. En su muslo había algunos restos de saliva.
—...........................
—¿Señorita Phenia, puede escucharme? Soy Anne.
Phenia volvió a sus sentidos. Sea lo que sea que había pasado, ya estaba hecho. No había manera de volver atrás para remediarlo.
—Sí. Entra.
—Señorita. Anne observó el semblante que Phenia tenía. Ella estaba sobre la cama. Su rostro mostraba una expresión perdida.
—Señorita, le pido perdón. No pude sacarla de aquí.
—Anne. Porfavor ayúdame a prepararme. Sus majestades me están esperando.
—Sí, pero usted...
—Anne necesito hablar con su alteza la emperatriz. Sabes mi cuerpo lo siento sucio. Pero extrañamente está bien. No hay molestia en él, pero mi corazón está temblando. Así que porfavor apresúrate.
—Esta bien, señorita. Solo le pido que me deje estar presente cuando hable con su alteza. Así podré deshacerme de la culpa que siento por dentro.
—........................... Sí.
El cuerpo de Phenia estaba débil. El efecto de la "copa de vino" aún la mareaba.
—Con cuidado señora. Entre en la tina. Yo la ayudaré. Está agua relajará su cuerpo.
—Bien.
En efecto, el cuerpo de Phenia se recuperaba. Sus cansados párpados ya no la molestaban. Todo rastro de sucio, se había borrado de su cuerpo.
—Señora Phenia, este es el vestido que elegí para usted. Espero sea de su agrado.
—Sí, está bien.
—Entonces comenzaré a prepararla. Debemos darnos prisa.
⚜️La mañana avanzó. Y el desayuno con el emperador y la emperatriz en el palacio principal finalmente llegó.
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Comments
Blanca
aaa pero que sinvergüenza me da mucho coraje con ganas de golpearlo aunque no aya llegado más lejos
2022-10-31
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