Hubo una gran fiesta en la Corte después de la ceremonia. Comida, baile y música se dispuso para las parejas de la nobleza en honor a San Valentín.
Él Rey llegó al salón principal y tomó su lugar en la mesa. Al cabo de unos minutos se percató que Elizabeth no llegaba. La costumbre era que ambos monarcas presidieran la celebración. Henry ya comenzaba a estar furioso por la insolencia de Elizabeth. Es cierto que él no le había dicho nada sobre la ceremonia de las alianzas, de lo contrario, ella se habría negado rotundamente y no habría poder humano en la tierra que la hiciera cambiar de opinión. Pero la situación entre los dos lo había agotado, no llevaban ni tres semanas de casados y sólo intercambiaron unos saludos de cortesía; ella rechazaba las cenas familiares y con la Corte, salía del palacio y volvía a encerrarse en sus aposentos. Y cuando le hablaba respondía con sarcasmo disfrazado de cortesía, la expresión de su cara mostraba frialdad y no se molestaba en ocultar su desprecio por él.
Henry había estado con mujeres que se lanzaban a sus brazos, buscaban llamar su atención y siempre estaban dispuestas a satisfacer sus necesidades de hombre. Elizabeth, hasta entonces, era la única mujer sin la mínima intención de obtener algo de su parte, ni menos pretender su compañía como marido
A pasó apresurado abandonó él salón y se dirigió a los aposentos.
De golpe abrió la puerta. Elizabeth estaba sola sentada frente a la chimenea leyendo, no le dirigió la palabra y le dedicó una mirada de desprecio.
—¿Tanta odio me tienes que me humillas frente a todos?– se acercó al sitial donde estaba ella– Dime mujercita…Vaya ahora no me contesta nada.
Henry, descontrolado, la tomó de un brazo y la puso de pie, justo frente a frente, casi respirando encima de ella.
—¿Cuál es tu problema conmigo? ¿No te importo siquiera un poco?
—¿De verdad quiere una respuesta, Su Majestad?
—Si. Es justo– respiró profundo– de las pocas veces que hemos hablado lo haces para repetirme que no querías casarte conmigo; no me tienes ni un poco de consideración, menos estimada como si yo no existiera. Y cuando hablamos siempre acabamos discutiendo
—Me temo que Su Majestad olvida nuestro acuerdo. Se lo recordaré: este matrimonio es sólo garantía de paz y un acuerdo para la estabilidad, usted hará su vida y yo la mía por separado, nunca tendremos una relación de pareja. Lo que haga con su vida personal no es de mi incumbencia, tampoco lo que yo haga. Dentro de unos meses todo esto acabará.
Henry estaba agitado por la rabia que le provocaron las palabras de Elizabeth. Las esperanzas de tener un matrimonio normal se hacían humo, tal como él anhelo de tener un heredero.
—Yo soy tu marido, tengo él deber de enterarme de todo lo que haces, incluso de lo que piensas.Tienes una familia nueva también, para honrar y respetar, también eso parace no importate.
—Usted sólo es el Rey de Inglaterra. Si proseguí con la ceremonia en la capilla fue únicamente porque eres el soberano, pero no mi marido. Jamás lo consideraré como tal. Además, sobre lo otro, no tengo familia aquí. Solo tengo al tío Jasper, el es mi única familia en este palacio, el resto están todos lejos y hasta muertos.
—Ya veo. Sólo te casaste conmigo para salvar a tu familia de la muerte… y a mí no me consideras nada tuyo.
—Para qué pregunta si ya sabe la respuesta. Estoy aquí por mi verdadera familia y por los que ya no están, esa es la verdadera razón.
—Eres un mujer desgraciada e insolente –la tomó con más fuerza y con el rostro ardiendo por la ira– Eso significa que me matarás, dime ¿ya tienes pensado él día de mi asesinato? ¿me vas envenenar?
Elizabeth le devolvió una sonrisa de burla y sarcasmo.
—Guarde los insultos para usted.
Si hubiera querido matarlo, lo hubiera hecho en la misma noche de bodas. Pero no espero mancharme las manos con la sangre del Rey de Inglaterra. No seguiría tu ejemplo.
—¡Basta, Elizabeth de York! ¡No cruces tus límites!
—Me da gusto que recuerdes mi nombre. Ya que ahí está la razón por la que nunca seré su aliada, mucho menos su esposa. ¡Tú eres un Tudor y yo una York!– asintió con seguridad.
—Realmente eres la mujer más orgullosa, insolente y maliciosa que he conocido, nunca vi una mujer con una lengua tan ponzoñosa y vil como la tuya.
—Yo no soy como las otras mujeres, las que buscan agradarle y ganarse su favor. Jamás me rebajaría a ese nivel tan bajo y patético.
—¡No pruebes mi paciencia jovencita salvaje! Que no respondo de mí– gritó Henry desesperado, apretando más a Elizabeth de los brazos.
De pronto la puerta de la habitación se abrió de golpe, casi corriendo Lady Anna entraba a interrumpir la pelea.
–¡Henry! ¿Qué sucedió? Desde él pasillo se oyen los gritos.
—Ve Su Majestad, Lady Anna es una de las mujeres que pretende agradar a sus ojos. Incluso irrumpe en los aposentos de la Reina sin llamar a la puerta, lo llama por su nombre frente a mí.
Elizabeth aprovechó de soltarse de las manos del Rey. Ya le dolían mucho los brazos, es seguro que ya tuviera una marca.
—Disculpe, Su Majestad, me preocupaba que él Rey no estuviera bien, quise comprobar que estaba fuera de peligro.
—Me doy cuenta de su buena intencion– hizo una mueca con la boca– Pero no olvide una cosa Lady Anna, aquí no es más que una simple dama de compañía, está para servir como todas las demás. Igualmente, en ocasiones para darle placer al Rey, así como otras también.
Lady Anna quiso disimular su enfado. Sentía que gozaba de ciertos privilegios por ser familia del Rey y su amante en algunas noches de soledad. En ese momento se le recordaba su verdadera posición en la Corte. La Reina le mostraba que no pasaba de ser la otra, la amante, al igual que las otras que él Rey tenía.
—No necesitas hablarle así a Lady Anna. Acaso te molesta que ella sea mi amante y me dé lo que tú te niegas
—No hablo como su esposa, Su Majestad, me estoy expresando como Reina. Apenas exijo que se me respete en mi posición de soberana. Puede tener las amantes que quiera. Me molestaría si tuviera una relación con usted, la realidad es totalmente distinta.
Henry ya sentía el corazón apesadumbrado. Las palabras de Elizabeth llegaban a ser tan hirientes como una espada atravesando la piel. Ella no tenía ni él más mínimo sentimiento por él y era directa en aclararlo, sin rodeos.
A pesar de la rabia y el rencor, cada vez que discutía con Elizabeth, sentía unas ganas salvajes de besarla hasta introducir su lengua en la boca de ella, desvestirla para besar cada parte de su cuerpo, saborear sus pechos, bajar por su cuello y adentrarse en ella para hacerla explotar de placer, hasta que ella pidiera que no se detuviera en hacerle el amor.
Eso solo pasaría en sus fantasías mientras estaba solo en su cama, entre tanto su virilidad se despertaba por las noches en que imaginaba a su esposa ardiendo entre sus brazos.
Preso de la cólera, se retiró de la habitación sin decir una palabra, golpeando la puerta contra la cerradura.
—Su Majestad, no debió haber sido tan dura con él Rey. Él debe estar muy irritado y herido – Lady Anna trató de mostrarse afectada por la discusión.
—Llevo menos tiempo conviviendo con él y parece que lo conozco mejor que usted. Solamente está herido en su orgullo de hombre. Mejor vaya y dele consuelo.
La dama salió a la siga del monarca. Media hora más tarde, se encontraba en los aposentos reales dando placer y sensualidad al Rey, exagerando sus gritos de satisfacción para ser escuchada por quien estuviera alrededor.
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