Nunca creí en leyendas urbanas. Cuando entré a la policía, pensaba que todo tenía una explicación: errores humanos, coincidencias, gente que exagera lo que no entiende. Por eso me asignaron un trabajo que nadie quería: revisar el depósito municipal antes de su demolición.
El edificio era bajo y húmedo, con paredes de concreto agrietado y estantes llenos de polvo. La luz que entraba por las ventanas estaba cubierta por años de suciedad, y el olor a papel viejo era tan intenso que me irritaba la garganta. Pasé horas entre cajas, revisando archivos que nadie abría desde hacía décadas… hasta que encontré una caja que no tenía código.
No estaba en los registros. No tenía sello oficial. Solo había una palabra escrita con tinta deslavada:
CIRCO
La caja estaba rota en una esquina y olía a humedad mezclada con algo dulce y metálico, casi imperceptible. Al abrirla, descubrí un contenido inquietante: documentos sueltos, un cuaderno rojo gastado y tres cintas VHS sin ninguna marca. El cuaderno parecía antiguo, con las esquinas dobladas y algunas páginas casi deshechas por la humedad. Las cintas estaban guardadas en sobres amarillos amarillentos, sin etiqueta ni escritura, como si alguien hubiera querido que permanecieran olvidadas.
Esa misma noche llevé una de las cintas a casa. Lucía, mi pareja, me miró con recelo cuando conecté el viejo reproductor:
—¿Otra vez con trabajo en casa? —preguntó, arqueando una ceja.
—No es trabajo —respondí—. Es… curiosidad.
La cinta comenzó con estática, y luego apareció la imagen temblorosa de una carpa de circo grabada desde lejos. La música era tenue, apenas un murmullo, como si proviniera de instrumentos invisibles. La voz de un narrador, grave y pausada, comenzó:
“El circo no es un lugar. Es un acuerdo. Se abre en verano y desaparece antes del invierno. Algunos lo llaman Circus Geyven.”
La cámara avanzaba lentamente sobre artistas entrenando, todos sonrientes de forma demasiado prolongada. Las acrobacias eran precisas, casi inhumanas. La cámara se detuvo en una joven de piel pálida y cabello oscuro, de mirada penetrante, que parecía flotar en el aire.
“Ella entiende el aire. Geyven no falla.”
En el fondo, apenas audible, una voz susurraba:
“No interrumpir.”
Lucía frunció el ceño:
—¿Eso es… un culto?
—No lo sé —dije, sin despegar la vista de la pantalla—. Pero necesito entenderlo.
A partir de ese momento, comenzó mi obsesión. Las otras cintas eran peores. En la segunda, los antiguos artistas hablaban en entrevistas, con voces apenas reconocibles, tapadas con sombras o desenfocadas. Sus rostros estaban parcialmente ocultos, como si no quisieran ser reconocidos. Todos decían lo mismo:
“El circo abre solo en verano.”
“No se permite interrumpir el acto.”
“Si fallas… no vuelves.”
En la tercera cinta, el plano estaba fijo en el público, observando un escenario vacío. No se veía el acto, solo las caras del público, todas fijas, sonrientes, inmóviles, como si esperaran algo que nadie más podía percibir. Al final, la cámara giró lentamente hacia el escenario… y apareció Geyven, mirándome directamente. La cinta se detuvo.
El cuaderno rojo que acompañaba las cintas era igualmente perturbador. Cada página contenía nombres escritos con distintas caligrafías. Algunos tachados con líneas violentas, otros con un pequeño dibujo de campana al lado. Entre los nombres se repetían frases obsesivas:
“NO INTERUMPIR”
“Ella entiende el aire”
“El espectáculo no debe terminar antes de tiempo”
Mientras leía, sentía que algo me observaba desde el borde de la visión. No podía evitarlo; cada noche repasaba las páginas una y otra vez. La obsesión me aisló. Dejé de salir, dejé de responder llamadas, incluso dejé de hablar con Lucía como antes.
—A. R., ¿otra vez estás con eso? Ya no estás durmiendo bien —me reprendió una noche.
—No es solo curiosidad… siento que necesito entenderlo —respondí—.
—Entender qué? Es un circo que no existe —me dijo con voz preocupada.
—Eso es lo que quiero descubrir —susurré, sin poder apartar la mirada del cuaderno.
Los recortes de periódico eran igualmente desconcertantes. Algunos titulares estaban tachados con tinta negra, otros arrancados parcialmente:
“Circo clausura función tras incidente”
“Artistas abandonan ciudad sin explicación”
“Espectáculo desaparece antes del amanecer”
Nunca se mencionaban víctimas, responsables o causas claras. Era como si alguien hubiera querido borrar la historia del circo de la memoria pública.
Un día encontré un programa doblado, con la tinta ya borrosa. El último acto estaba marcado con un título simple:
“Acróbata principal — Ella sonríe”
En mi escritorio, la frase se repetía en mi mente una y otra vez. Nadie recuerda el último acto, pensaba. Nadie. Solo el público desaparece de la memoria, pero no del mundo.
Mi vida comenzó a girar únicamente en torno al archivo. Lucía se alejó poco a poco. Mis colegas me miraban raro; decían que parecía un hombre que ya no estaba allí, que había dejado de ser yo. Solo yo podía escuchar la música de la carpa en mis sueños, ver las luces brillando entre la oscuridad de la ciudad.
Cuando escribo esto, mi advertencia es clara:
Si alguna vez encuentras un archivo del Circus Geyven, si ves luces en la noche que nadie recuerda haber encendido, si escuchas música suave que no tiene origen…
No preguntes.
No investigues.
No te quedes hasta el final.