No todos los veranos ocurre.
Pero cuando ocurre, nadie lo anuncia.
La carpa aparece de madrugada, en un terreno donde el día anterior no había nada. No hay carteles grandes ni propaganda. Solo luces encendidas antes de que anochezca y una música suave que no parece venir de ningún instrumento conocido.
Algunos lo llaman Circus Geyven.
Otros juran que nunca vieron ese nombre escrito en ningún lado.
Los que entran recuerdan poco. Dicen que el espectáculo es hermoso, imposible de describir con precisión. Que el tiempo pasa distinto bajo la carpa. Que el aire se vuelve más liviano cuando comienza el acto principal.
Ella sale cuando las luces bajan.
Una acróbata vestida de blanco y rojo. Pálida. Delgada. Sonriendo.
Nadie recuerda cómo se llama hasta después de salir. Solo recuerdan su sonrisa. No cambia cuando gira en el aire. No cambia cuando el público aplaude. No cambia cuando alguien se mueve demasiado en su asiento.
A veces, alguien interrumpe.
No siempre pasa algo evidente. La música sigue. El espectáculo continúa. Pero quienes estaban cerca de esa persona dicen que el ambiente cambia, como si el circo entero se hubiera tensado.
Después de eso, los recuerdos se vuelven confusos.
Hay quienes aseguran que esa persona nunca salió de la carpa.
Otros dicen que sí, pero que dejó de ser la misma.
La parte más extraña de la leyenda es esta:
Nadie recuerda el último acto.
Los que se quedan hasta el final describen una campanilla suave, el telón bajando lentamente y una sensación de haber sido observados muy de cerca. Al salir, el terreno está vacío. No hay carpa. No hay luces.
Solo huellas que no llevan a ninguna parte.
Si preguntas por el circo al día siguiente, nadie sabe de qué hablas. Pero si mencionas a la acróbata que sonreía demasiado, algunos bajan la voz. Otros se van sin responder.
Y hay quienes solo dicen:
—No debiste quedarte.
La leyenda termina con una advertencia que nadie sabe de dónde salió:
Si un circo aparece sin avisar,
si la música suena incluso cuando no ves músicos,si la acróbata te sonríe directamente…
No aplaudas tarde.
No interrumpas.
Y vete antes de que termine.
Porque algunos espectáculos no quieren ser recordados.
Y algunos artistas no olvidan jamás.