Nacieron con minutos de diferencia, pero parecían haber nacido en mundos distintos.
Cuando la enfermera las puso una junto a la otra, envueltas en mantas idénticas, nadie habría imaginado que aquellas dos niñas —idénticas en rostro, sangre y apellido— crecerían para convertirse en enemigas silenciosas dentro del mismo infierno.
El apellido Rossi no era solo un nombre.
Era una sentencia.
I
La mayor, Vittoria Rossi, lloró con fuerza al nacer. Sus pulmones parecían reclamar el aire como si ya supiera que el mundo no se lo regalaría.
La menor, Alessia Rossi, no lloró. Abrió los ojos, oscuros y atentos, y observó.
Ese detalle, insignificante para cualquiera, fue el primero de muchos presagios.
Su padre, Don Matteo Rossi, jefe absoluto de la organización más temida del sur de Italia, solo sonrió al verlas.
—Dos herederas —murmuró—. Dos armas.
Su madre murió tres días después, y con ella se fue la única posibilidad de una infancia normal.
II
Crecieron en una villa rodeada de muros altos, cámaras y hombres armados.
No había juegos en la calle. No había amigos de escuela. Solo tutores privados, disciplina férrea y silencios largos.
Vittoria era fuego.
Se rebelaba contra los horarios, rompía normas, discutía con los guardaespaldas, odiaba los vestidos caros y prefería entrenar con armas que aprender etiqueta. Tenía una risa peligrosa y una mirada que desafiaba.
Alessia era hielo.
Callada, obediente, elegante. Aprendía rápido, escuchaba más de lo que hablaba y jamás alzaba la voz. Mientras Vittoria explotaba, Alessia calculaba.
Eran iguales por fuera.
Por dentro, opuestas.
—Eres demasiado impulsiva —le decía Alessia, sentada frente al tablero de ajedrez.
—Y tú demasiado cobarde —respondía Vittoria, empujando una pieza sin pensar.
Alessia siempre ganaba.
III
Don Matteo no tardó en notar la diferencia.
A Vittoria la enviaba a entrenar con los hombres. Le enseñaron a disparar, a pelear, a resistir el dolor. Ella aprendía con rabia, como si cada golpe fuera una deuda saldada.
A Alessia la llevaba a reuniones. Le enseñó números, rutas, nombres, traiciones pasadas. Ella aprendía con paciencia, archivando todo en su memoria.
—El poder no siempre se impone con balas —le decía él.
—Lo sé —respondía ella—. A veces se impone con silencio.
Don Matteo sonreía más con Alessia.
Eso, Vittoria nunca lo olvidó.
IV
A los dieciocho años, las gemelas ya eran conocidas en la organización.
Vittoria: la fiera.
Alessia: la mente.
Una ejecutaba.
La otra ordenaba.
Pero bajo esa aparente armonía, algo se estaba pudriendo.
Vittoria sentía que su vida estaba decidida antes de nacer. Que cada bala que disparaba no era su elección, sino una herencia forzada.
Alessia, en cambio, veía el mundo como un tablero donde cada movimiento tenía sentido.
—Podríamos irnos —dijo Vittoria una noche, apoyada en el balcón, mirando la ciudad—. Desaparecer.
Alessia no levantó la vista de sus documentos.
—Eso es una fantasía.
—Es libertad.
—Es muerte.
Vittoria la miró con desprecio.
—Hablas igual que él.
Fue la primera grieta real entre ellas.
V
La traición llegó un año después.
Una emboscada.
Un cargamento perdido.
Tres hombres muertos.
Don Matteo sobrevivió, pero quedó debilitado. La organización empezó a resquebrajarse, y los capos aliados comenzaron a elegir bandos.
—Necesito que una de ustedes tome el control —dijo él, desde su cama—. No hay espacio para dos.
El silencio pesó más que cualquier disparo.
Vittoria apretó los puños.
Alessia bajó la cabeza.
—Que decidan ellos —continuó Don Matteo—. El que sobreviva… gobierna.
No era una metáfora.
VI
La ciudad se llenó de rumores.
Algunos apoyaban a Vittoria, temiendo su violencia pero respetando su fuerza.
Otros apostaban por Alessia, convencidos de que su inteligencia garantizaría estabilidad.
Las gemelas dejaron de hablarse.
Donde antes había discusiones, ahora había miradas frías.
Donde había hermandad, ahora había cálculo.
Vittoria empezó a sabotear rutas sin permiso. Alessia corrigió los errores sin confrontarla, dejando que pareciera incompetente ante los aliados.
Una guerra silenciosa.
Familiar.
Íntima.
Letal.
VII
La noche del enfrentamiento final, llovía.
El viejo almacén del puerto estaba vacío, salvo por ellas dos.
—No tenía que terminar así —dijo Vittoria, empapada, con la pistola en la mano.
—Siempre tuvo que terminar así —respondió Alessia, serena—. Desde que nacimos.
Se miraron.
El mismo rostro.
Dos almas distintas.
—Yo nunca quise esto —susurró Vittoria.
—Yo sí —admitió Alessia—. Porque alguien tenía que quererlo para que no nos destruyera.
Vittoria rió, amarga.
—Te convertiste en él.
Alessia dio un paso adelante.
—Y tú te convertiste en su error.
El disparo resonó.
VIII
Cuando todo terminó, solo una salió del almacén.
La organización sobrevivió.
El apellido Rossi siguió imponiendo miedo.
Pero algo se perdió para siempre.
Alessia Rossi se convirtió en la nueva Don. Fría, eficiente, implacable.
Gobernó con inteligencia, sin excesos, sin errores.
Sin alma.
A veces, al mirarse al espejo, creía ver a su hermana reflejada detrás.
Con una sonrisa torcida.
Libre.
Porque Vittoria, al final, había ganado algo que Alessia jamás tendría.
La certeza de haber elegido, aunque fuera una sola vez, su propio destino.