La casa estaba sumergida en ese silencio denso que solo ocurre a las tres de la mañana. Me dirigía al sótano a revisar los fusibles, guiado apenas por la linterna de mi celular, cuando el aparato vibró violentamente en mi mano.
Me detuve frente a la puerta de madera vieja. En la pantalla, los números parpadeaban con una imposibilidad lógica: era mi propia foto, mi propio nombre, mi propio número llamándome a mí mismo.
Al deslizar el dedo para contestar, un escalofrío me recorrió la espalda. Del otro lado, el sonido de una respiración agitada precedió a una voz que conocía demasiado bien. Era mi voz, pero rota por el pánico, un hilo de voz que apenas lograba articular las palabras:
—Por lo que más quieras, no abras la puerta del sótano. Él está esperando a que sueltes el picaporte.
Me quedé petrificado. El metal frío de la cerradura ya estaba cedido bajo mi mano derecha. De pronto, la voz en el teléfono dejó de ser un susurro y se convirtió en un grito desgarrador que se cortó en seco. En ese mismo instante, sentí una presión gélida sobre mi mano; alguien, desde el otro lado de la puerta, había empezado a girar el picaporte con más fuerza que yo.
—Llegas tarde —susurró una voz idéntica a la mía, pero esta vez, el sonido no venía del celular, sino de la rendija a mis pies.