Mía se miró en el espejo del probador, alisando el vestido con las manos. Era hermoso, azul celeste con lentejuelas diminutas que brillaban bajo la luz, como pequeñas estrellas sobre un cielo nocturno. Pero en su mente, la belleza del vestido se desvanecía ante una única pregunta: ¿Seré lo suficientemente bonita?
Desde que tenía memoria, había soñado con este momento: caminar por el gimnasio decorado con luces doradas, escuchar su nombre resonar por los altavoces, sentir la corona posarse sobre su cabeza mientras todos la aclamaban. Pero la realidad nunca coincidía con sus fantasías.
—Mía, ¿qué te parece? —preguntó su amiga Emma, asomándose por la cortina del probador.
—Se ve bien… —murmuró, aunque no lo sentía así.
Emma sonrió con entusiasmo.
—Te ves increíble. ¡Vas a ser la reina del baile!
Mía fingió una sonrisa y salió del probador. No quería decepcionar a Emma con sus dudas. Pero en el fondo, no podía dejar de pensar en las otras chicas que competirían por la corona: aquellas con piel de porcelana, cabello perfecto y sonrisas deslumbrantes.
Nunca seré como ellas.
La Gran Noche
El gimnasio estaba decorado con guirnaldas doradas y luces que parpadeaban como luciérnagas. Los chicos y chicas se movían en la pista de baile, riendo y tomándose fotos. Mía se mantenía en una esquina, con su vestido perfecto y su sonrisa ensayada, pero con el corazón latiéndole con nerviosismo.
Cada vez que pasaba junto a un grupo de chicas, no podía evitar escuchar sus risas y susurros.
—¿Ella cree que puede ganar?
—Mírala, se nota que se esforzó demasiado…
—Parece que se metió en el vestido a la fuerza.
Las palabras eran cuchillas invisibles, cortando su autoestima con cada comentario. Bajó la mirada, sintiéndose más pequeña con cada paso.
Tal vez ni siquiera debí venir.
Pero entonces, la voz del director resonó en los altavoces:
—¡Es momento de anunciar a la Reina del Baile de este año!
El gimnasio se llenó de expectación. Mía sintió que el aire se volvía más pesado mientras los nombres de las finalistas se anunciaban. Su corazón latía con fuerza, aferrándose a la pequeña esperanza de que, tal vez, esta vez sería suficiente.
—Y la corona de este año es para… ¡Lillian Carter!
Los aplausos estallaron, y la multitud vitoreó mientras la chica perfecta subía al escenario. Rubia, alta, con una sonrisa que parecía sacada de una película.
Mía aplaudió junto a todos, pero su pecho se apretó con un nudo que no podía deshacer.
Había sido una tonta por creer que tenía una oportunidad.
Se giró hacia la salida, queriendo desaparecer antes de que alguien viera las lágrimas amenazando con salir de sus ojos. Pero justo cuando cruzaba la puerta, una voz la detuvo.
—Mía.
Se giró y vio a Emma, con preocupación en su rostro.
—¿Qué pasa? ¿Adónde vas?
Mía forzó una sonrisa.
—Solo… estoy cansada.
Emma la miró por un momento antes de sacudir la cabeza.
—No necesitas una corona para ser especial. No necesitas su aprobación para brillar.
Mía quería creerle. Pero cuando se miró en el reflejo de la ventana, todo lo que vio fue a una chica ordinaria, intentando ser algo que nunca sería.
Con un suspiro, se dio la vuelta y se perdió en la noche, preguntándose si algún día aprendería a quererse tal y como era.