Él la miraba desde lejos, como quien observa un atardecer sabiendo que no puede tocar el sol. Sus ojos se perdían en cada movimiento de ella, en la forma en que reía con otros, en la dulzura con la que hablaba, en la ligereza con la que caminaba. Para él, era todo. Para ella, él era solo alguien más en el fondo de la multitud.
Desde hacía años, la había amado en silencio. En las conversaciones en grupo, fingía una indiferencia que se desmoronaba cada vez que ella sonreía. Se inventaba excusas para estar cerca, pero nunca lo suficiente para que ella notara lo que realmente sentía. Había aprendido a ocultar sus emociones, a ser el amigo fiel, el confidente que siempre estaba ahí, pero que nunca era la elección.
Se conocieron en la universidad, cuando ambos eran apenas unos jóvenes con sueños enormes. Ella le hablaba de sus planes, de sus deseos de viajar, de encontrar a alguien que la hiciera sentir viva. Y él, atrapado en su amor silencioso, asentía con una sonrisa, aunque cada palabra de ella le recordaba que no era él a quien esperaba.
Las estaciones pasaron, y con ellas, su amor creció en las sombras. La vio enamorarse de otros, llorar por amores que no la merecían, reír con una felicidad que nunca le regaló a él. Se repitió mil veces que no tenía derecho a pedirle nada, que el amor no correspondido era una carga que debía llevar en silencio. Pero cada vez que ella le tocaba el brazo sin darse cuenta, cada vez que su risa lo envolvía, su corazón latía con la absurda esperanza de que un día ella lo vería de verdad.
Una noche, bajo la luz tenue de un café, ella le habló de su nuevo amor. Un chico que la hacía sentir especial, que le escribía cartas, que la miraba como si fuera el centro de su mundo. Él escuchó, sonrió, la felicitó. Y cuando ella le preguntó qué opinaba, él solo pudo decir:
—Si él te hace feliz, entonces es suficiente.
Ella sonrió, sin notar la grieta en su voz, sin ver el brillo amargo en sus ojos. Y él, con el corazón hecho pedazos, entendió que algunas personas están destinadas a amar desde la distancia, a ser los testigos silenciosos de la felicidad ajena, sin pedir nada a cambio.
Esa noche, al despedirse, supo que era hora de dejarla ir. Pero sabía también que, aunque lo intentara, una parte de él siempre la amaría en las sombras, en el eco de los momentos que nunca fueron, en la tristeza callada de un amor que nunca encontró su reflejo.