El llanto del bebé resonaba en la habitación oscura. Apenas unos días de vida y ya conocía el hambre, el frío y el abandono. Sus diminutas manos se agitaban en el aire, buscando un calor que no encontraba, una presencia que no llegaba. La luna arrojaba su pálida luz a través de la ventana rota, iluminando las paredes descascaradas y los muebles cubiertos de polvo. El colchón de la cuna estaba viejo, amarillento, con el tejido deshilachado en los bordes. No había mantas, solo una sábana delgada, apenas suficiente para cubrir el pequeño cuerpo tembloroso.
La madre no regresó esa noche. Como no regresó la anterior. La desesperación la había consumido hacía tiempo, y la necesidad la llevó a la calle en busca de una salvación que nunca llegó. El mundo era cruel con los débiles y más cruel aún con los que intentaban huir de él. Promesas rotas, billetes sucios intercambiados por momentos de placer ajeno. Lo hacía por él, se repetía a sí misma, pero cada noche volvía con los ojos más vacíos, con el alma más rota. Y esa noche, simplemente, dejó de volver.
Afuera, la ciudad seguía con su indiferencia. Los motores rugían en las calles, las sirenas aullaban en la distancia, las voces de la noche reían sin saber, sin importarles. Nadie notó la ausencia de la mujer. Nadie notó el llanto del bebé que, en su cuna, luchaba contra el olvido.
Las horas pasaron. El llanto se fue apagando. Primero un sollozo intermitente, luego un gemido débil, hasta convertirse en un susurro ahogado. El hambre quemaba su pequeño estómago, el frío entumecía su piel. Sus movimientos se volvieron más lentos, sus párpados pesados. En algún rincón de su diminuta conciencia, el bebé aún esperaba. Aún confiaba en que alguien vendría, en que la voz familiar de su madre lo llamaría desde la puerta, en que unos brazos cálidos lo alzarían y lo llenarían de amor.
Pero la esperanza es un lujo que la vida no siempre concede.
Cuando la luz de la mañana entró por la ventana, lo hizo con su brillo indiferente. El sol acarició las paredes desconchadas, iluminó la cuna con su tenue resplandor dorado. La sábana apenas se movía. No había llanto, no había suspiros. Solo el silencio, pesado como una lápida.
Horas más tarde, alguien tocó la puerta. Una vecina, quizás alertada por el silencio inusual. Una mujer que, aunque acostumbrada a ignorar la miseria que la rodeaba, sintió un escalofrío en la piel al notar que la puerta entreabierta no se movía con el viento. Entró con cautela, llamando a la madre con voz vacilante. Nadie respondió. El hedor de la habitación le revolvió el estómago antes de que pudiera acercarse a la cuna.
Y entonces lo vio.
El cuerpecito inerte, las manitas quietas sobre el pecho, los labios entreabiertos en un último intento de respirar. La vecina se cubrió la boca con ambas manos, ahogando un grito que no quería salir. Quiso retroceder, huir, pero sus pies estaban clavados en el suelo. Todo en esa escena gritaba abandono, olvido, tragedia. Todo en ese pequeño cuerpo contaba una historia de hambre, de frío, de una espera eterna que nunca fue respondida.
Cuando finalmente pudo moverse, lo hizo con torpeza. Corrió al teléfono, temblando, marcando números con dedos que apenas le respondían. No sabía a quién llamar primero. Policía, servicios sociales, una ambulancia... ¿Para qué? Para confirmar lo que ya era evidente. Para constatar que era demasiado tarde.
Las sirenas volvieron a sonar en la distancia, pero esta vez venían por él. Llegaron hombres con uniformes, con rostros serios, con miradas entrenadas para la indiferencia. Tomaron notas, hicieron preguntas, buscaron a la madre que ya no estaba. Sus rostros no mostraron sorpresa. Era una historia que habían visto antes, que verían de nuevo. Otro bebé muerto. Otra vida que no tuvo oportunidad de empezar.
El informe se cerró. Las luces rojas y azules parpadearon en la calle por unos minutos más antes de desvanecerse en la noche. La vecina se quedó en el umbral, viendo cómo se llevaban el pequeño cuerpo en una bolsa negra. Se abrazó a sí misma, tratando de sofocar el escalofrío que la recorría. Mañana, la vida seguiría. La ciudad continuaría con su ruido, con su ritmo implacable. Y en algún otro rincón, otro niño lloraría en la oscuridad, esperando por alguien que nunca llegaría.
Pero para este, ya era demasiado tarde.