La mujer que eligió ser invisible
La cafetería abría todos los días a las seis y media de la mañana.
Era pequeña, apenas un local en la esquina donde el distrito financiero comenzaba a despertar. Los ejecutivos llegaban con el teléfono en la mano, los empleados pedían el café de siempre sin levantar demasiado la vista y los estudiantes ocupaban las mesas del fondo durante horas.
Elena, la dueña conocía casi todos los nombres.
Para los clientes era simplemente una beta amable.
Nunca corregía a nadie.
Había aprendido hacía muchos años que era más fácil dejar que el mundo creyera aquello que esperaba ver.
Detrás del mostrador, todos veían a una beta amable que atendía la cafetería con una paciencia inagotable. Nadie imaginaba que, en realidad, era una alfa recesiva. Sus feromonas eran casi imperceptibles desde nacimiento, una condición tan inusual que la mayoría desconocía que existía. Con el tiempo dejó de explicar quién era; era más sencillo dejar que el mundo la tratara como una beta.
Le gustaba esa vida.
Era sencilla.
Silenciosa.
Predecible.
Entre todos los clientes había una mujer que aparecía casi todos los días a la misma hora.
Una beta, que se presentaba como Sofía. Trabajaba en la biblioteca del edificio de enfrente y siempre encontraba cualquier excusa para quedarse unos minutos más.
Preguntaba cómo iba el negocio. En ocasiones llevaba algún postre casero. La invitaba a cenar de vez en cuando. Nunca insistía demasiado cuando recibía una negativa, pero tampoco dejaba de intentarlo.
Elena, sonreía. Le agradaba.
No sentía ese vértigo que describían las novelas románticas, pero pensaba que quizá el amor real era precisamente eso: tranquilidad.
Si algún día aceptaba salir con alguien, probablemente sería con una mujer como ella.
Alguien fácil. Alguien seguro.
Entonces una mañana apareció una omega, Valeria, bastante reconocida por esos rumbos, ya que era la encargada de un importante negocio de bienes raíces, el más grande de la ciudad.
Todo el mundo conocía su historia, una omega dominante que jamás había tenido problemas con las feromonas.
Los alfas podían presumir de su presencia, podían intentar imponerse, podían llenar una habitación con su aroma para llamar su atención…. A ella nunca le había importado.
Había nacido con una sensibilidad distinta. Su naturaleza dominante hacía que las feromonas ajenas apenas tuvieran efecto sobre ella. Podía reconocerlas, distinguirlas, pero no despertaban nada, este detalle genético la ubicó entre las personas más importantes dentro de su rama laboral.
Por eso aquella tarde no esperaba sentir absolutamente nada al entrar en la cafetería. Hasta que la puerta se abrió y por un instante se detuvo.
No fue un aroma fuerte, no fue una feromona agresiva…Fue algo más tenue, imposible de explicar.
El olor del café recién preparado mezclado con la humedad de la lluvia después de una tormenta.
Cálido…. Tranquilo…. Extrañamente familiar.
La omega miró alrededor buscando el origen, entonces sus ojos encontraron a la mujer detrás del mostrador. La beta, o eso creía.
-Frunció el ceño-.
No tenía sentido. Una beta no podía producir ese tipo de reacción en ella así que intentó ignorarlo.
-Pidió su café- -Se marchó-
Pero el aroma permaneció en su memoria mucho después de haber salido de la cafetería.
Volvió al día siguiente, no porque quisiera verla.
Eso se repitió varias veces, Volvía porque necesitaba entender qué había sentido.
La primera vez solo pidió un espresso. La segunda volvió por un americano. La tercera apareció apenas una hora después diciendo que había olvidado comprar otro café para la oficina.
Era una mentira evidente.
Después comenzó a ir tres veces al día.
Al principio, Elena apenas lo notó. Pero la mujer siempre encontraba una razón para quedarse unos minutos observándola trabajar.