...HENRRY...
Hay muchas formas de despertar un martes por la mañana en un lujoso ático en Nueva York. La peor de todas, sin duda, es con un tacón de aguja de doce centímetros apuntando directamente a tu entrepierna.
—Eres un imbécil, Henrry Montenegro —siseó una voz cargada de un acento francés que ayer a las dos de la mañana me había parecido la cosa más sexy del planeta, pero que ahora mismo sonaba como una motosierra.
Abrí un ojo, parpadeando contra la dolorosa luz del sol que se filtraba por el ventanal. Frente a mí, sosteniendo el zapato como si fuera un arma de destrucción masiva, estaba... estuve un segundo entero buscando desesperadamente en mi banco de memoria. ¿Chloé? ¿Camille? ¿Celine? Algo con C.
—Chérie, cuidado con eso —dije con mi mejor sonrisa de portada de revista. Me incorporé despacio en la cama, cubriéndome estratégicamente con las sábanas de seda—. El diseño de ese zapato es magnífico, de la colección de primavera de nuestra marca de lujo aliada. Pero preferiría que no terminara incrustado en mi herencia familiar.
—¡Me dijiste que era una cena exclusiva para los dos! —exclamó ella, y por la forma en que le temblaba el labio superior, supe que la situación estaba a punto de pasar de "discusión post-coital" a "crisis de relaciones públicas"—. ¡Apagué mi teléfono toda la noche! Y cuando lo enciendo hoy, ¡estoy en la portada de todod los tabloides porque nos fotografiaron saliendo del club! ¡Mi prometido es el director financiero de la competencia de tu padre!
Ah. El prometido. Cierto. Ese pequeño y diminuto detalle de su anillo de compromiso de tres quilates que ella convenientemente olvidó mencionar anoche hasta que ya estábamos en el asiento trasero de mi limusina.
—Bueno... técnicamente el club era exclusivo —murmuré, rascándome la nuca mientras buscaba mis pantalones con el pie debajo de la cama—. Los paparazzis solo tienen lentes muy potentes hoy en día. Maldita tecnología. Además, míralo por el lado positivo: saliste espectacular en la foto. Ese ángulo te favorece...
El zapato voló directamente hacia mi cabeza. Lo esquivé por milímetros gracias a los reflejos que me quedaban de mis años jugando al tenis (la única actividad que mi padre aprobó en mi juventud). El tacón se clavó con un golpe sordo en la cabecera de madera importada.
—¡Te odio! —gritó, recogiendo su bolso de diseñador del suelo—. ¡Espero que tu padre te desherede!
—Créeme, él lo intenta todos los días —le aseguré con absoluta honestidad mientras ella caminaba hacia la puerta dando pisotones con el único zapato que le quedaba.
Cuando la puerta del ático se cerró con un azote que hizo vibrar las lámparas de cristal, me dejé caer de nuevo en las almohadas, soltando un largo suspiro. Mi cabeza palpitaba por el champán de la noche anterior.
No pasaron ni tres segundos antes de que el teléfono privado sobre mi mesa de noche comenzara a sonar. El identificador de llamadas no mostraba un nombre, solo una serie de códigos que conocía de memoria: la oficina del Presidente del imperio Montenegro.
Mi querido y frío padre.
Lo que significaba que mi padre ya había visto las noticias.
Me froté la cara, preparándome para el habitual sermón sobre cómo estaba arrastrando la imagen familiar por el fango. Deslicé el dedo por la pantalla y contesté:
—Antes de que empieces, la prensa exagera. Ella insistió en ir a ese club y...
—No te llamo por la prensa, Henrry. Las excentricidades de tu vida privada ya ni siquiera me sorprenden —la voz de mi padre no sonaba furiosa, sino extrañamente calmada, lo que me preocupo más—. Te llamo porque acabo de transferir todas tus acciones a un fondo congelado. Tus tarjetas de crédito corporativas están canceladas. Tu ático en Nueva York está a la venta a partir de este mediodía y tu chofer ya no trabaja para ti.
Me senté de golpe en la cama, el pulso acelerándoseme.
—¿De qué estás hablando? ¿Me estás quitando mi dinero por una foto con una francesa?
—No. Te estoy quitando tu dinero porque estás despedido de la división de Nueva York. Tu maleta ya está hecha en la recepción del edificio. Un auto privado te llevará al aeropuerto en treinta minutos.
—¿Al aeropuerto? ¿A dónde se supone que voy? —pregunté, sintiendo que el piso se me movía.
—Vuelves a la mansión principal. He decidido que ya es hora de que asumas una responsabilidad real en esta familia si quieres volver a ver un solo centavo de tu herencia. A partir de mañana, dejas de ser el director de relaciones públicas.
—¿Y qué voy a hacer? ¿Sentarme en la junta directiva a ver cómo manejas el mundo? —escupí con sarcasmo.
—No —respondió mi padre, y pude jurar que estaba sonriendo con frialdad al otro lado de la línea—. El holding Montenegro acaba de adquirir la cadena de colegios privados más exclusiva del país, donde estudian los hijos de los diplomáticos y empresarios más poderosos del mundo. A partir de mañana por la mañana, Henrry... tú eres el nuevo Director General de la escuela. Y tu primera tarea es supervisar la contratación de la nueva tutora principal. No llegues tarde.
La llamada se cortó. Me quedé mirando la pantalla del teléfono, completamente estupefacto.
¿Yo? ¿Henrry Montenegro, el fiestero incorregible del que huían las mujeres con tacones en la mano, a cargo de un colegio lleno de adolescentes ricos y profesores estirados?
Definitivamente mi padre se había vuelto loco.
...AITANA...
—Que sí, mamá, te juro que no me voy a desmayar. Ya me tomé el café y me comí la empanada que me empacaste... Bueno, media empanada, porque la otra mitad terminó en mi servilleta por el susto de ver el precio del pasaje del metro.
Iba caminando a paso apresurado por la acera, sosteniendo el teléfono entre la oreja y el hombro mientras intentaba que la carpeta con mi currículum no se me resbalara de las manos. Para colmo, los tacones que le había prestado mi prima me estaban destruyendo los pies.
—Aitana, por Dios, concéntrate —la voz de mi madre sonaba entrecortada por la mala señal, pero llena de esa fe ciega que solo las mamás tienen—. Ese colegio es de los más ricos del mundo. Dios te va a bendecir con ese puesto, vas a ver que sí. Es tu oportunidad de oro.
—Lo sé, má. He pasado los últimos cinco años de mi vida quemándome las pestañas con dobles titulaciones y haciendo prácticas casi gratis por esto. Solo... no dejes que el perro se meta a mi habitación, ¿sí? Te marco en cuanto salga. Te amo.
Colgué el teléfono, solté un largo suspiro y miré hacia arriba. Me quedé con la boca abierta.
El Montenegro International Academy no parecía una escuela; parecía el mismísimo palacio de Versalles pero con antenas de Wi-Fi de alta velocidad y guardias de seguridad privada que te miraban como si llevaras una bomba en la bolsa. Me sacudí el saco del sastre gris —el único formal que tenía en mi armario—, me acomodé el cabello y entré con el corazón latiéndome en la garganta.
Para mí, la educación no era un negocio, era una vocación. Y este lugar, con todos sus recursos, era la oportunidad de mi vida.
O eso creía antes de llegar al piso de rectoría.
La sala de espera era un chiste de mal gusto. Había unas diez candidatas. Todas impecables, con trajes de diseñador y oliendo a perfumes que seguro costaban más que mi renta anual. Pero lo impresionante no era su ropa, sino lo que se escuchaba desde adentro de la oficina principal.
—A ver, señorita... camine hacia la ventana y regrese. Quiero evaluar su... lenguaje corporal bajo presión —la voz masculina que se filtraba por la puerta entornada sonaba perezosa, arrastrada y exasperantemente arrogante.
¿Hacerlas modelar? ¿Para una plaza de tutoría avanzada en literatura e historia? Sentí que la indignación me empezaba a picar en las venas.
Cuando la última candidata salió con las mejillas encendidas y una sonrisa nerviosa, la secretaria me miró con lastíma.
—Aitana Vega. Puede pasar.
—Deséeme suerte, la voy a necesitar —le siseé de forma espontánea a la secretaria antes de enderezar la espalda, agarrar mi carpeta con fuerza y entrar.
Detrás del imponente escritorio de caoba no había un director de escuela respetable. Había un tipo de unos treinta años, insultantemente guapo, con la camisa blanca con los primeros botones abiertos y una sonrisa de suficiencia que me dio ganas de bajarlo de su nube de un solo golpe.
Henrry Montenegro. El hijo del dueño del imperio.
—Vaya, por fin alguien que no huele a fragancia de tres mil dólares —dijo Henrry, recostándose en su silla y mirándome de arriba abajo con un descaro que me revolvió el estómago—. Siéntate, Aitana. Si me dejas llamarte así.
—Señor Montenegro —dije, manteniéndome firmemente de pie y plantando mi carpeta sobre el escritorio—. Vengo por la vacante de Tutora Principal. Supongo que prefiere que saltemos las dinámicas de pasarela y vayamos directo a mis certificaciones en pedagogía.
Henrry enarcó una ceja, claramente sorprendido de que no me derritiera ante su mirada magnética.
—Qué aburrida. El carisma también es una habilidad, ¿sabes? —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. A ver, ponme los puntos sobre las íes. Convénceme. ¿Por qué debería contratarte a ti y no a la rubia de piernas largas que salió antes? Ella tenía una excelente... disposición para el trabajo en equipo.
La sangre me hirvió. Recordé el esfuerzo de mi mamá, mis noches sin dormir, mis pies adoloridos. Ese niño rico no iba a pisotear mi dignidad.
—Primero, porque esto es una institución educativa, no el casting para un desfile de modas —le solté, cruzándome de brazos y sosteniéndole la mirada—. Segundo, porque mis capacidades están en mi cerebro, no en mis piernas. Y tercero, porque si usted supiera la mitad de pedagogía de lo que sabe de marcas de champán, sabría que está perdiendo el tiempo con preguntas ridículas que ni siquiera están en el protocolo de la empresa.
Henrry se quedó mudo, con la boca entreabierta. Justo cuando iba a responder, la imponente puerta de la oficina se abrió de par en par.
Augusto Montenegro, el mismísimo Presidente del imperio global, entró a la sala. Su sola presencia congeló el aire. Detrás de él, una asistente se le acercó al oído a toda prisa, susurrándole algo mientras miraba de reojo a Henrry. El Presidente frunció el ceño, clavando en su hijo una mirada de profunda decepción. Le acababan de chismear el "espectáculo" que Henrry estaba montando con las candidatas.
Henrry, al verse acorralado por la fría mirada de su padre, se acomodó la camisa e intentó recuperar el control de la situación atacándome a mí para desviar la culpa.
—Bueno... para ser profesora eres bastante altanera, ¿no crees? —dijo Henrry, forzando una sonrisa despectiva y mirando a su padre como buscando aprobación—. No quisiera que los padres de esos mocosos millonarios se quejaran por tener a una maestra tan grosera e impertinente en la institución.
Miré al Presidente, el hombre más rico del mundo, y luego miré a Henrry.
Me importaba un bledo perder el empleo. Mi dignidad no tenía precio de matrícula.
—¿Grosera? —solté una risa amarga—. Grosero es usar el poder de su apellido para humillar a profesionales que han sudado cada título que tienen, mientras usted solo tuvo que nacer para ganarse este puesto. Y si los padres de esta institución prefieren una maestra sumisa que les aplauda sus incompetencias en lugar de alguien con carácter para educar a sus hijos, entonces se equivocaron de candidata.
Tomé mi carpeta del escritorio con un golpe seco.
—No estoy interesada en el puesto si de esto se trata esta institución. Quédense con sus millones y sigan contratando modelos. Buenas tardes.
Di media vuelta y caminé hacia la salida con paso firme, dejando un silencio sepulcral en la oficina.
Podía sentir la mirada estupefacta de Henrry clavada en mi espalda, y la del Presidente, que por primera vez en toda la tarde, parecía genuinamente intrigado.
...AITANA ...
Hay un placer casi místico en llegar a casa, lanzar los tacones prestados al rincón más lejano de la sala y sentir el piso frío bajo las medias. Aunque en mi caso, el placer venía acompañado por el dolor punzante de tres ampollas nuevas y el peso de saber que había arruinado la entrevista de mi vida.
—¿Entonces el hijo de ese magnate es un payaso impertinente? —preguntó mi mamá, pasando un paño por la mesa del comedor mientras yo me aplicaba una pomada en los pies.
—Mamá, "payaso" es un cumplido. El tipo se cree el dueño del sol solo porque su papá es el dueño del país —suspiré, dejándome caer en la silla—Lo siento mucho, má. Sé cuánto significaba esa oportunidad y el dinero que nos habría ayudado para las responsabilidades de la casa, pero... no pude quedarme callada. Me dolió ver cómo trataba a las demás profesionales.
Mi mamá dejó el paño, se acercó y me plantó un beso en la frente.
—Hiciste bien, mija. En esta casa seremos pobres, pero el dinero de los Montenegro no compra el respeto. Ya saldrá algo mejor para ti, una escuela donde valoren tu cerebro y no tus piernas.
Ese era mi refugio. Nuestra casa era pequeña, modesta, la tubería siempre hacía un ruido espantoso y a veces el perro de los vecinos no dejaba dormir, pero había una dignidad que ningún imperio corporativo podía replicar.
Sin embargo, la dignidad no paga las facturas.
...…...
Pasaron tres días que se sintieron como tres años. Me los pasé frente a la pantalla de mi laptop vieja, con el ventilador al máximo, enviando currículums a cuanta escuela pública, privada o guardería apareciera en los portales de empleo.
Las ofertas eran deprimentes: sueldos de miseria por jornadas de diez horas. La frustración me estaba empezando a asfixiar.
El viernes por la tarde, mientras ayudaba a mi mamá a picar verduras para la cena, mi teléfono comenzó a vibrar sobre la barra de la cocina. El identificador mostraba un número privado, de esos que gritan "publicidad" o "banco cobrando".
—¿Bueno? —contesté, arrastrando las palabras con desgano.
—¿Buenas tardes, hablo con la licenciada Aitana Vega? —una voz de mujer, sumamente elegante, pulcra y profesional, sonó al otro lado.
—Sí, con ella. ¿De parte de quién?
—Le hablo de la oficina central del holding Montenegro. Soy la asistente ejecutiva del señor Augusto Montenegro, Presidente de la corporación.
Casi me corto un dedo con el cuchillo. Miré a mi mamá con los ojos abiertos como platos y le hice una seña para que guardara silencio.
—¿De la oficina del señor Montenegro? —pregunté, aclarando mi garganta para recuperar la compostura profesional—. Disculpe, pero creo que hubo un malentendido. Yo dejé claro en la academia que retiraba mi postulación para el puesto de tutora.
—No hay ningún malentendido, señorita Vega —la asistente soltó una ligera risa ensayada—. El señor Presidente estuvo presente durante su... particular entrevista con el Director General. Y es precisamente por eso que me pidió que la contactara. El señor Montenegro no la quiere para la escuela pública de la cadena.
—¿Ah, no? —mi corazón empezó a latir a mil por hora.
—No. El señor Presidente desea contratarla como Tutora Privada Exclusiva dentro de la residencia familiar. Su labor sería encargarse de la educación personalizada de su hija menor, Mía Montenegro, una posición de absoluta confianza. El sueldo base que el señor Montenegro propone es de ocho mil dólares mensuales, libres de impuestos, más prestaciones globales y viáticos de transporte.
¿Ocho mil dólares? ¿Al mes? Casi me da un síncope ahí mismo. Eso era más de lo que ganaba en un año entero haciendo suplencias. Mi mamá me miraba con cara de pánico, intentando leer mis labios.
—Yo... —titubeé, tragando saliva—, es una oferta sumamente generosa. Pero si el señor Henrry Montenegro es el Director General de todo el sector educativo del imperio, dudo mucho que quiera verme la cara todos los días en su propia casa. Fuimos bastante... claros en nuestra falta de química profesional.
—Respecto a eso, la condición del señor Presidente es muy específica, señorita Vega —la voz de la asistente se volvió más baja, casi confidencial—. El señor Augusto Montenegro sabe perfectamente que su hijo es un dolor de cabeza y que intentará entrometerse en la educación de la niña usando su nuevo título. El Presidente necesita en su casa a una profesional con los pantalones suficientes para no dejarse manipular por las inmadureces de su hijo, ni por las rebeldías de la joven Mía. El señor Presidente confía en que usted es la única que no se va a achicar.
Me quedé helada. El hombre más rico del mundo me estaba contratando, básicamente, para ser el muro de contención contra su propio hijo playboy.
Miré las paredes desgastadas de mi cocina, pensé en las ampollas de mis pies, en los sacrificios de mi mamá y en el brillo desafiante de los ojos de Henrry Montenegro cuando lo dejé con la palabra en la boca.
¿Volvería a la cueva del lobo?
Si.
¿Soportar a un idiota rico insoportable a cambio de cambiarle la vida a mi familia?
Absolutamente.
¿Qué podría salir mal?
—Acepto la oferta —dije, enderezando los hombros y sintiendo una oleada de adrenalina—¿Cuándo empiezo?
—Excelente elección, señorita Vega. Un auto de la corporación pasará por usted mañana a las ocho de la mañana. Bienvenida al imperio Montenegro.
Colgué el teléfono y miré a mi mamá, que me sostenía los brazos temblando de la emoción.
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