Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Las órdenes privadas de mi jefe Comentarios