La vida de Alina Levine se ve arruinada cuando es llevada a prisión acusada de un crimen que no cometió. Gracias a eso pierde a sus amigos y al amor de su vida: Christian Walton.
Años más tarde, Alina sale de prisión y está dispuesta a luchar por demostrar su inocencia ante las personas que la acusaron años atrás.
No obstante, siendo acusada injustamente, encerrada, sin la posibilidad de defenderse, ¿podría aquella nueva oportunidad ser suficiente para limpiar su nombre?
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CAPÍTULO 7.
CAPITULO 7.
—¿Ali? —Interrumpió Joseph, tomándola por los hombros.
—Lo siento. —Dijo, limpiando algunas lágrimas traicioneras. —¿Qué decías?
—Te preguntaba por qué lloras.
—Estoy feliz de estar aquí y hacer lo que me gusta, es solo eso. —exclamo ella.
Carolina —su compañera—, sonrió.
—Ahora entiendo por qué hablabas tanto de ella durante estos años. —Dijo, dirigiéndose a Joseph. —Se nota lo maravillosa que es.
—¿Le hablaste a la gente de mí, Dawson? —pregunto ella.
Joseph no respondió, pero su leve sonrisa y el rubor en sus mejillas fueron respuesta suficiente.
Alina sintió que el corazón se le encogía. Era extraño pensar que, en todos esos años de oscuridad, alguien seguía pronunciando su nombre con cariño. Esa sensación de ser recordada la desarmó más que cualquier palabra.
—Alina. —exclamo Mark, otro de sus compañeros. —Las personas están encantadas con tus postres.
—¿De verdad? —pregunto ella, esperanzada.
—Te lo dije. —exclamo Joseph, sonriendo.
—Gracias. De verdad. —Dijo ella, abrazándolo.
Él la sostuvo más de lo necesario, como si temiera que se desvaneciera si la soltaba. El perfume del vino y la vainilla en su delantal se mezclaron con su respiración temblorosa. Por un instante, ambos olvidaron el ruido de la cocina.
Antes de separarse, Joseph dejó un beso en la coronilla de su cabeza. Siempre había sido así de cariñoso con ella y le alegraba tenerla de nuevo.
Algunos días más tarde, Alina seguía con la rutina del restaurante. Antes de llegar al trabajo, recibió un mensaje de Edward informándole que al día siguiente pasaría por ella para almorzar en su casa con Analía y la pequeña Ludmila. Después de darle el “ok”, Alina continúo caminando y finalmente llego al restaurante. Se había hecho muy compañera de Carolina y Mark y eso le agradaba, por lo menos el ambiente laboral era bastante agradable. Hacía años que no sentía que pertenecía a un lugar.
Joseph les había informado que ese día llegaría un poco más tarde debido a que tenía que comprar algunos productos para equipar la cocina.
Como esa noche era viernes, el restaurante y sobre todo, el bar se había llenado desde temprano. Había mucha demanda y Joseph se había demorado un poco más de lo que esperaba. Así que, Alina se ofreció a tomar los pedidos de las mesas para que el resto de sus compañeros puedan comenzar a cocinar. Quería demostrar que no era solo “la nueva”, sino alguien dispuesta a empezar de cero.
Alina tomó la libreta que le entrego uno de los chicos y una lapicera y, junto a otro compañero, se dividieron las mesas para comenzar a tomar los pedidos de las personas que venían a cenar. Ya que, el bar, tenía personal que se encargaba exclusivamente de atender allí.
Ali comenzó a anotar cuidadosamente cada uno de los pedidos, anotando además a su lado, el número de mesa al cual correspondía cada uno. Ya solo le faltaba una mesa y se acercó rápidamente para poder regresar a la cocina y comenzar a cocinar. Sin embargo, el destino decidió ponerla a prueba una vez más.
—¿Entonces Joey no llegará para reunirnos un rato? —preguntaba uno de ellos.
—Dijo que no, ya que está demorado con un asunto. —exclamo el otro. —Quizá alcancemos a verlo cuando regrese aquí.
Alina se detuvo. El corazón le latía con fuerza. Sabía de quiénes eran esas voces antes de verlos. El pasado la alcanzaba, como un golpe de aire helado en la espalda.
—Buenas noches, ¿están listos para ordenar?
—Alina. —exclamo Bill Loomis, su antiguo amigo.
—Hola Billy, Miranda. —Exclamo, dirigiéndose a los dos chicos que estaban allí sentados, Christian no estaba, pero Alina supuso que estaría en el baño en ese momento, ya que la mesa estaba equipada para tres. —¿Qué van a ordenar? —Dijo, mordiendo su mejilla. Quería salir rápidamente de ese incómodo momento.
Miranda la observaba con una expresión indescifrable, pero Bill —notando la incomodidad— respondió rápido:
—Una pizza. La especial de la casa.
Ali asintió.
—¿Para beber?
—Una botella de vino.
Alina anotó todo cuidadosamente y luego regreso a la cocina. No diría nada. Tampoco hablaría con su compañero para cambiarse, era su trabajo y no era justo tener privilegios, sobre todo siendo “la nueva”. Y si había aprendido algo en la cárcel, era a no mostrar miedo frente a los depredadores.
Poco después, regreso con los pedidos.
Y ahí estaba él.
Christian.
Al verlo, el aire pareció abandonar la habitación. Era el mismo de antes, pero distinto. El brillo arrogante en sus ojos seguía allí, solo que ahora estaba ensombrecido por el odio.
Lo reconoció de lejos. No era un hombre que pasaba desapercibido. Alto, musculoso, rubio y con unos ojos que podrían ser la perdición de cualquier persona.
Era momento de enfrentar su pasado.
Billy y Miranda, al verla caminar hacia ellos, quedaron impactados nuevamente; mientras que, Christian, al notar la mirada de sus amigos, se giró en su asiento para ver lo que ocurría.
Apenas noto a Ali, la furia comenzó a consumir su interior. Antes de que ella pueda dejar la pizza y la botella de vino en la mesa, Christian se había puesto de pie para enfrentarla.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —pregunto él, hablando entre dientes.
—Aquí trabajo. —Respondió, intimidada. Los demás se pusieron alertas por cualquier cosa que pueda pasar. Tanto Bill como Miranda, sabían el odio que Chris le guardaba a su exnovia.
—Te ordeno que te vayas de aquí. —Exclamo él. —¿Cómo puedes tener el rostro de aparecerte aquí después de lo que hiciste?
—Yo no hice nada, Christian.
—¿No hiciste nada? —pregunto riendo sarcásticamente a medida que elevaba la voz. —Asesinaste a mi hermana. ¿Eso es nada para ti?
—Yo no mate a Sam…
—¡NO TE ATREVAS A DECIR SU NOMBRE! —Grito, tirando la bandeja, haciendo que la pizza caiga sobre la ropa de la chica y la botella se vaya directo al piso haciéndose añicos.
—Christian, basta, estás montando un escándalo. —Exclamó Miranda, avergonzada.
—Quiero que esta mujer se vaya de aquí. —exclamo. —No quiero volver a ver su maldito rostro nunca más. Mi hermana está muerta por su causa, ¿cómo quieres que reaccione?
Las miradas de los clientes se clavaban en ella como cuchillos. El ruido, las voces, el olor del vino y la masa se mezclaban en una niebla irreal.
Alina no podía soportar la humillación y como si estuviese poseída, lo apunto con su dedo índice y le respondió.
—Pasé siete años, Christian, siete putos años en una cárcel por un crimen que no cometí. Perdí mi adolescencia, mi vida… Lo perdí todo, mientras ustedes avanzaron y siguieron con su vida, yo me quedé estancada en el día en que murió Samantha. —Exclamo, mientras luchaba contra el enojo y las ganas de llorar. Su cuerpo temblaba por el momento tan horrible que estaba pasando. —En estos siete años nunca investigaste que ocurrió ese día. Tú estuviste ahí, lo sabes… Tu hermana se suicidó y…
Christian no la dejo continuar. Su mano se estampó en la mejilla de la mujer dándole una fuerte cachetada. Alina se tomó el rostro en el lugar que Christian la golpeo. La cara le ardía y sabía que aquello le dejaría una marca. Ese golpe le dolió más que cualquiera de los que recibió en prisión. Elevo su mirada y lo miro a los ojos. Ya nada quedaba de ese Christian del cual ella se enamoró. Este hombre era una bestia.
La mano de Christian se estampó en su mejilla. El sonido seco resonó en todo el restaurante.
—Señor Walton. —Hablo Mark, saliendo de la cocina. —Le pido educadamente que se retire de este restaurante.
—No puedes echarme, soy amigo de Joseph.
—Estoy seguro de que Joseph entenderá mis razones. —Respondió Mark.
—De todos modos se me quito el apetito. —Exclamo, rebajando a Alina con la mirada y saliendo furioso de aquel lugar.
Detrás de él, iba Miranda, quien al pasar junto a Ali le dirigió una mirada de pena y tristeza. No se atrevió a decirle nada, pero tampoco a juzgarla. En cuanto a Bill, se paró frente a ella y antes de irse, la abrazo fuertemente sin importarle lo sucia que estaba.
—Lo siento tanto, Ali. —Dijo. Después de aquello, se alejó de ella y finalmente salió por la puerta.
Cuando salió, Alina quedó en medio del silencio y los vidrios rotos. Por un segundo, creyó que el corazón no soportaría tanto.
—Señores. —Hablo Carolina. —Les ruego que vuelvan a comer, aquí no ha pasado nada.
Luego de eso, ambos abrazaron a Alina y la llevaron hasta la cocina. Donde finalmente, ella rompió en llanto. Estaba dolida y muy asustada. Jamás se imaginó tener que pasar por eso y mucho menos, recibir ese golpe de parte del hombre que alguna vez la amo tanto.
En ese momento, no era la mujer que había sobrevivido a la cárcel. Era solo Alina. Herida. Humana. Y mientras Joseph no estaba allí para verla caer, su ausencia dolía tanto como la bofetada.