Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24: La Red de Seguridad
La confesión flotaba en el aire de la cocina, tan tangible como los fragmentos de porcelana esparcidos por el suelo.
“Estoy tan cansada, Dante. Tan cansada de aparentar que todo está bien cuando no lo está.”
Las palabras, liberadas, parecieron robarle los últimos vestigios de fuerza. Valentina apoyó la frente en el hombro de Dante, permitiéndose, por primera vez, derrumbarse por completo. No había espacio para la vergüenza, solo para un alivio agridulce y agotador.
Él no dijo nada. Ninguna palabra podía sanar el cansancio acumulado de años.
En su lugar, la abrazó con firmeza, como refugio y ancla a la vez.
Una mano grande acariciaba su espalda con movimientos lentos y circulares, sintiendo cada temblor, cada jadeo silencioso que escapaba de su pecho. Permanecieron así un largo rato, arrodillados entre los restos de la taza rota y el peso de la verdad.
—No tienes que aparentar nada conmigo —susurró finalmente, su voz grave y tranquilizadora junto a su oído—. Nunca más. ¿Me oyes, Val? Tu fuerza no está en fingir. Está en esto. En dejar que te ayuden a aguantar.
Ella asintió débilmente, la mejilla rozando la lana suave de su suéter. Olía a él, a limpio, a café y a algo indefinidamente seguro.
—Lo sé —murmuró con voz apagada—. Es solo que… es un hábito tan arraigado. Como respirar.
—Entonces aprendamos a respirar distinto —propuso él, con una calma casi milagrosa—. Juntos.
Con cuidado extremo, como si transportara el objeto más frágil del mundo, Dante se incorporó sin soltarla, llevándola consigo hasta el sillón de la sala. La acomodó entre cojines y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos heladas entre las suyas, frotándolas para darles calor.
—Quedate quieta —ordenó suavemente—. Yo limpio eso.
Ella quiso protestar; el hábito de no ser una carga surgía automáticamente, pero la mirada de Dante se lo impidió. Serena, pero implacable, no era una sugerencia: era cuidado que él necesitaba darle.
Observó, en silencio, cómo aquel hombre, acostumbrado a mover fortunas con un gesto, recogía con paciencia cada pedazo de porcelana, barría y pasaba una bayeta húmeda por el suelo. Cada movimiento era deliberado, tranquilo. Una ceremonia de normalidad en medio del caos de su cuerpo.
Cuando terminó, se lavó las manos y regresó a su lado, no en el sillón contiguo, sino en el brazo del mismo, lo más cerca posible sin aplastarla. El silencio no era incómodo, sino denso, cargado de todo lo que aún pendía entre ellos: su enfermedad, su confesión, su presencia allí un domingo por la mañana después de la tormenta.
Fue Val quien rompió el silencio, su voz aún temblorosa:
—¿Cómo… cómo lo supiste? Sobre mi corazón. Dijiste que lo sabías desde hace tiempo.
Dante inspiró profundo, preparándose para una confesión propia:
—Desde el primer día, Valentina. En la cafetería. El temblor de tus manos no era solo nervios ni enfado; era demasiado específico. Y tu palidez… luego, en el parque, ese micro-mareo que creíste que no vi. Y la vez en la librería, cuando casi te caes. No soy médico, pero he aprendido a leer a las personas. A ver lo que intentan ocultar. Y tú, mi vida, eres pésima ocultando cosas, por mucho sarcasmo que uses de cortina.
Ella sonrió, débil y triste:
—Genial. Mi máscara era de celofán.
—No —negó él, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Era de acero. Pero yo buscaba la grieta. Porque por la grieta se ve la luz. Y tu luz, Val, es cegadora.
Ella desvió la mirada, emocionada. Sus palabras siempre la desarmaban:
—¿Y no te asustó? —susurró—. Saber que… que esto viene conmigo.
—¿Asustarme? —repitió él, reflexivo—. No. Me enfureció.
—¿Enfureció? —preguntó ella, sorprendida.
—Sí —afirmó, por primera vez con un dejo de rabia contenida—. Me enfureció la injusticia. Pensar en ti lidiando con esto sola. Que el mundo pueda tener a alguien como tú y no cuidarte. El miedo vino después: miedo a no saber cómo ayudarte, a sobrepasarme, a que me cerraras la puerta definitivamente.
—Por eso las llamadas —musitó ella, atando cabos—. "El mejor especialista", "prioridad absoluta", "tratamientos experimentales".
Dante asintió, serio:
—Sí. Esas llamadas. Valentina, no he podido pensar en otra cosa desde que te conocí. No solo en esto —dijo, señalando su fragilidad—. En todo. Tu sonrisa falsa y tu sonrisa real. Tu inteligencia afilada. La forma en que sostienes un libro. Pero también tu corazón. Ese maldito corazón que te traiciona.
Hizo una pausa, buscando palabras precisas:
—No podía quedarme sentado, viéndote luchar sola contra algo que, con los recursos adecuados, podría ser menos aterrador. Así que usé lo que tengo. Mi dinero, mis contactos, mi capacidad de mover montañas. Y tú, Valentina Romero, me importas. Demasiado.
Val sintió un nudo en la garganta: agradecimiento y un pánico sutil mezclados en su pecho.
—¿Qué hiciste, Dante? —preguntó apenas, con hilo de voz.
—Te tejí una red —dijo él, sencillo—. Una red de seguridad. Por si caes. Porque sé que caerás. Y yo quiero estar ahí para amortiguar la caída.
—¿Una red? —repitió ella, confundida.
—Expertos, Val. Los mejores cardiólogos del mundo, especialistas en valvulopatías mitrales. De Estados Unidos, Suiza, Alemania. Gente a la que la Dra. Silva, con todo respeto, no puede acceder en su consulta del sistema público. He hablado con ellos, enviándoles tu historial médico anónimo —precisó al notar el destello de alarma en sus ojos—. Anónimo. Solo les decía que era una mujer joven, con estenosis mitral severa sintomática. Pedía opiniones: segundas, terceras, cuartas.
Valentina se quedó sin aliento. El aire le quemaba los pulmones.
—Dante… eso… eso es una locura. No puedes… no podías…
—¿No podía qué? —preguntó él, suavemente—. ¿Preocuparme? ¿Buscar la mejor manera de ayudarte? Claro que podía. Y lo hice.
—Pero… es demasiado —dijo ella, abrumada—. Demasiado grande. No soy… no soy tu responsabilidad.
—¡No se trata de responsabilidad! —exclamó él, con un atisbo de frustración y pasión—. ¡Se trata de que te quiero! ¿Tan difícil es de entender? ¡Te quiero, Val! Y cuando se quiere a alguien, se mueve cielo y tierra para protegerlo. Se buscan soluciones. Tú luchas todos los días. Yo solo… intento darte mejores armas en la batalla.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de la enormidad de su declaración y de sus acciones.
Valentina lo miraba, recorriendo cada línea de su rostro, buscando dudas, lástima u obligación. Solo encontró una determinación feroz, teñida de un miedo que la conmovió hasta los huesos. Él también tenía miedo. Miedo a perderla.
—¿Y qué… qué dijeron? —preguntó al fin, cediendo—. Los expertos.
Dante pareció relajarse ligeramente. No había rechazo, solo pregunta.
—Coinciden en lo esencial con la Dra. Silva. La cirugía es inevitable. Pero hay matices, Val. Pequeñas grandes diferencias: el momento justo, la técnica, el tipo de válvula más adecuada para una mujer joven y activa, procedimientos complementarios. Hay consenso mayoritario en que… —pausó— …debería ocurrir pronto. Más pronto de lo que tal vez te dijeron.
Valentina cerró los ojos. Era la confirmación de su peor temor, pero con una capa de esperanza que nunca antes había sentido.
—Oh —fue todo lo que pudo decir.
—Uno de ellos —continuó Dante, con voz calmada y práctica— es el Dr. Alistair Evans. Británico. Considerado el mejor cirujano cardíaco vascular de Europa. He estado en contacto con él. Le interesa tu caso.
—Evans… —murmuró Val, recordando artículos médicos avanzados que había leído—. Pero él está en Londres, en la Clínica Harley.
—Sí —asintió Dante—. Pero tiene un colega cercano, el Dr. Mendoza, aquí en la ciudad. Evans lo asesora en casos complejos. He hablado con ambos. Extensamente.
Valentina miró las manos de Dante, aún sosteniendo las suyas: fuertes, capaces de derribar puertas y de recoger los pedazos de una taza rota con la misma devoción.
—¿Y por qué harían eso? —preguntó, incrédula—. Por ti. Por tu influencia.
—No —negó Dante—. No del todo. Al principio accedieron por mis contactos, pero luego fue por ti. Por tu historial, por la complejidad de tu caso. Para tipos como Evans, un caso como el tuyo es un reto intelectual fascinante. Su interés es genuino. Yo solo abrí la puerta.
Ella sintió cómo las lágrimas nublaban su vista, pero no eran de desesperación.
—Has estado… librando esta batalla en silencio. Todo este tiempo.
—No en silencio —corrigió él, secando una lágrima—. A tu lado. Solo que tú no lo sabías. Y no quería decírtelo hasta tener algo concreto. Algo que no fuera solo… ruido y contactos. Quería tener opciones reales que ofrecerte.
—Y las tienes —susurró ella.
—Las tenemos —enfatizó él—. No son mías, Val. Son tuyas. Tu cuerpo, tu decisión. Siempre. Yo solo… te ayudo a mirar el mapa. Tú decides el camino.
Valentina se inclinó hacia él, apoyando la frente contra la suya. Un gesto de intimidad total, de conexión.
—Gracias —murmuró—. Gracias por… por la red.
Él sonrió, pequeña y cargada de alivio.
—No me des las gracias. Solo úsala. Déjame ayudarte a cargar con esto.
Ella asintió, la nariz rozando la suya.
—¿Y ahora qué? —preguntó, aterrada y esperanzada a la vez.
—Ahora —dijo Dante, separándose solo un poco para mirarla a los ojos—, comes algo. Necesitas fuerzas. Luego, cuando te sientas con ánimos, hablamos del siguiente paso. Con calma. Sin presiones.
—El siguiente paso —repitió Val—. La consulta con el Dr. Mendoza.
El corazón le latió con fuerza, pero no de pánico. Era el latido de alguien que, por primera vez, no miraba al futuro completamente sola.
—Sí —confirmó Dante, levantándose y extendiendo la mano—. Pero primero, comida. Yo cocino. Tostadas con mermelada. Mi especialidad.
Ella rió, sonido húmedo y tembloroso, pero genuino.
—Suena a plan perfecto.
Mientras lo veía moverse por la cocina con familiaridad, Valentina sintió algo recompensarse en su pecho.
No era su corazón físico, traidor. Era algo más profundo: el muro de hielo que protegía su corazón emocional se derretía, inundándola de un calor vulnerable y aterrador.
Supo, con certeza que la atravesó como rayo, que Dante Moretti no era solo un hombre del que se había enamorado.
Era su red. Su ancla. Su más improbable y perfecta salvación.
¡Un amor más grande que el amor!
💖💖💖
💓💖💓
😍😍😍
😍😍😍
😍😍😍
😍😍😍