Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 16: La Grieta del Secreto
La lluvia de los días anteriores había limpiado el aire, dejando un cielo de un azul frío y despejado que parecía hecho de cristal.
Pero dentro de Valentina, una tormenta silenciosa rugía.
El episodio en la librería, la mano firme de Dante en su cintura, la calma en su voz… todo había dejado una marca indeleble. Ya no podía fingir ante sí misma que lo que sentía era simple curiosidad o una atracción superficial. Era algo más profundo, más aterrador. Era la fascinación por un hombre que veía sus grietas y no parecía querer huir de ellas, sino entender su origen.
Ese pensamiento la acompañó hasta la consulta de la doctora Silva. Sentada en la misma silla de siempre, sintió una ansiedad nueva. Antes, sus chequeos eran una batalla solitaria entre ella y su cuerpo. Ahora, por primera vez, había alguien más en la ecuación. Alguien cuyo nombre resonaba en su mente como un talismán y como una advertencia.
Los resultados, como temía, no fueron buenos. No eran catastróficos, pero sí inexorables. Un pequeño empeoramiento en las cifras de la ecografía, un ligero aumento de la presión en la válvula. La “progresión” no era una abstracción médica; era una línea en una gráfica que se inclinaba lentamente hacia abajo.
—No es alarmante, Val —dijo la doctora Silva con su tono sereno—, pero es una confirmación. Tenemos que ser más estrictos con el manejo del estrés. Cualquier cosa que te cause ansiedad…
¿Como enamorarse de un hombre que te intimida y te atrae en igual medida?, pensó Val con amargura.
—Lo entiendo —murmuró, doblando la receta nueva con manos que apenas temblaban—. Me concentraré en… mantener la calma.
Salir del hospital fue como caminar con pesos de plomo en los tobillos. Cada paso era un esfuerzo. La decisión se cristalizó en su mente con una claridad dolorosa: debía ocultarlo más que nunca.
Antes, ocultaba por orgullo, por no querer ser tratada con lástima.
Ahora ocultaba por miedo. Miedo a ver cómo la luz de interés en los ojos grises de Dante se apagaba, reemplazada por la preocupación, la compasión, o peor, la responsabilidad obligada de un hombre bueno atrapado en la enfermedad de alguien. Él no merecía esa carga. Nadie la merecía.
Esa tarde, en su apartamento, abrazó el silencio. Los narcisos del mercado seguían en el jarrón, pero ya no le parecían testigos de su terquedad, sino de su propia farsa. ¿De qué servía brotar a través de la helada si al final la primavera nunca llegaba?
El timbre de su puerta sonó, estridente en la quietud. Sobresaltada, miró por la mirilla. Y allí estaba él. Dante. Con una bolsa de papel de una panadería gourmet y una expresión que no era sonriente, pero sí… expectante.
Abrió la puerta, sintiendo cómo su corazón, el traidor, aceleraba su ritmo al verlo.
—¿Asaltando casas ahora? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta, intentando sonar despreocupada.
—Traigo ofrendas de paz —dijo él, alzando la bolsa—. Y para sobornar información. ¿Tostadas de centeno o pan de chocolate?
—El soborno más débil de la historia —replicó ella, aunque un lado de su boca se curvó involuntariamente—. pan de chocolate, Siempre.
—Bien —asintió él, como si hubiera ganado una pequeña batalla—. ¿Invitas a pasar al sobornador?
Ella dudó. Su apartamento era su santuario, el lugar donde se permitía derrumbarse. Dejarlo entrar era una vulnerabilidad extrema. Pero sus ojos grises la miraban con una paciencia infinita, y el dolor de la mañana clamaba por un poco de consuelo, aunque fuera peligroso.
—Solo si prometes no criticar el desorden —cedió, abriendo la puerta.
Él entró, y su presencia pareció llenar inmediatamente el espacio pequeño y acogedor. Su mirada recorrió los estantes llenos de libros, las plantas, las fotos. No con juicio, sino con curiosidad. Como si estuviera estudiando un mapa de ella.
—No hay desorden —declaró—. Hay vida. Prefiero esto mil veces a un penthouse estéril.
Mientras ella preparaba café —descafeinado, siempre—, él se sentó en su sofá con una naturalidad desconcertante. La conversación fluyó con una facilidad que seguía sorprendiéndola. Hablaron de libros, de una exposición absurda que había visto en una galería, de lo malos que eran los reality shows. Él era sarcástico y mordaz, y ella le devolvía el fuego con gusto. Se rió, de verdad, y por un momento, el peso de la mañana se aligeró.
Pero en un instante de silencio, mientras miraba cómo sus largos dedos sostenían la taza de té diminuta, la realidad volvió a golpearla. Él estaba allí, en su casa, y ella guardaba un secreto que podría cambiarlo todo. Sintió una punzada de dolor en el pecho, no física, sino emocional. Un desgarro.
—¿Estás bien? —preguntó él, con voz suave. Su radar para detectar sus cambios de ánimo era infalible.
—Perfectamente —mintió ella, bebiendo un sorbo de té demasiado rápido—. Solo pensaba que es raro verte fuera de tu hábitat natural. ¿No extrañas tu jaula de oro?
—Mi jaula de oro tiene vistas espectaculares, pero es muy silenciosa —dijo él, sin apartar los ojos de ella—. Prefiero el ruido de aquí.
—¿El ruido? —preguntó Val, confundida.
—Tus pensamientos —aclaró él—. Casi se pueden oír. Son… intensos.
Ella se quedó sin palabras. Él siempre la desarmaba con su percepción brutal. Se sintió expuesta, vulnerable, y terriblemente atraída por alguien que podía ver a través de sus paredes tan fácilmente.
Fue entonces cuando el teléfono de Dante vibró sobre la mesa de centro. Él lanzó un vistazo a la pantalla y su expresión cambió. La relajación desapareció, reemplazada por una intensidad fría y ejecutiva. Se levantó.
—Disculpa. Tengo que responder esto —dijo, con el tono que debía usar en sus juntas directivas.
Se alejó hacia la pequeña cocina, pero no lo suficiente como para que ella no pudiera oír fragmentos de la conversación. Su voz era baja, pero clara.
—…Sí, entiendo. No, el dinero no es un problema… Lo que sea necesario… para esa persona es una prioridad absoluta… necesito al mejor especialista, ¿está claro?… que revisen todos los casos, todos los tratamientos experimentales… Sí. Manténganme informado.
Cada palabra era un golpe.
Persona. Prioridad absoluta. Mejor especialista. Tratamientos experimentales. ¿De quién estaba hablando? ¿De un familiar? ¿De un socio importante?
Una punzada de algo que no era envidia, sino una profunda tristeza, la atravesó.
Él tenía un mundo entero del que ella no sabía nada, problemas y responsabilidades que iban más allá de los libros y el pan de chocolate. Y ella, con sus pequeños secretos médicos, era solo un divertimento, un pasatiempo intrigante.
Colgó y regresó al salón. Su expresión se había suavizado de nuevo, pero a Val le pareció detectar una sombra de preocupación en sus ojos.
—¿Todo bien? —preguntó, intentando sonar casual.
—Negocios —dijo él, con un laconismo que no invitaba a más preguntas—. Nada importante.
Nada importante. Las palabras le dolieron. Para él, esa llamada era “nada importante”. Para ella, había sonado a vida o muerte. La grieta entre sus mundos le pareció, de repente, un abismo insalvable.
Él debió de ver algo en su rostro, porque se acercó y se inclinó hacia ella, poniéndose a su altura. Su mirada era seria.
—Lo siento. A veces el mundo exterior se entromete.
—No te disculpes —dijo ella, desviando la mirada—. Es tu vida.
—Partes de ella —corrigió él, su voz tan baja que era casi un susurro—. Otras partes… me interesan mucho más en este momento.
Su proximidad era abrumadora. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler su colonia limpia y amaderada. El impulso de contárselo todo, de soltar el peso de su secreto y ver qué pasaba, fue casi irresistible. Pero el miedo y las palabras que había oído —nada importante— la frenaron.
—Dante, yo… —tragó saliva—. Esto es… complicado.
—Lo sé —dijo él, y su mano se alzó para acariciarle suavemente la mejilla. El contacto fue tan íntimo, tan eléctrico, que le cortó la respiración—. Pero no tengo prisa. Puedo esperar a que las cosas se descompliquen.
Se irguió y tomó su abrigo.
—Me voy. Descansa, Valentina. Y… cuídate.
Esa última frase, dicha con una intención especial, le sonó a despedida. Como si supiera algo. Como si la llamada misteriosa tuviera algo que ver con ella. Pero era imposible. Paranoia.
Cuando se fue, el apartamento volvió a sumirse en un silencio que ahora parecía más profundo y solitario que antes.
Valentina se dejó caer en el sofá, abrazando un cojín contra su pecho. Sentía una mezcla de fascinación y de terror. Fascinación por el hombre que era capaz de una paciencia y una percepción tan profundas.
Terror por la llamada que había escuchado, por el secreto que ella guardaba y por la terrible sospecha de que, tal vez, Dante Moretti también tenía uno.
¡Un amor más grande que el amor!
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