¿Pueden dos personas que se buscan una y otra vez encontrarse?
Ella es Katiuska Velázquez una mujer divorciada y madre de una adolescente de 13 años de edad cuya vida ha estado llena de dificultades debido a sus malas decisiones.
Él es Alexander González, un viudo de 38 años y padre soltero cuyo único objetivo en la vida es criar a su hijo y administrar su empresa.
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Capítulo XVI: Hermandad entrañable parte 2
En la casa de Roger el ambiente era hostil. Oneida estaba enloquecida porque su esposo le había llamado la atención por culpa de la “malcriada” de su hija. No podía permitir que esa forastera alterara la paz que tanto esfuerzo le había costado construir.
—No voy a permitir que te quedes en mi casa, maldita bastarda —dijo con desprecio.
Paula, mientras revisaba el equipaje de Tamara, quedó sorprendida: hasta su ropa interior era de marcas reconocidas. Los dispositivos que traía eran mejores que los de Félix y Arturo. Se preguntó si Katy era prostituta y por eso podía comprarle esas cosas. Para ella, esa idea era aún mejor: una madre alcohólica y dedicada a la “profesión más antigua” era la excusa perfecta para quedarse con la custodia. Sonrió maliciosamente.
—Ya vas a ver, prieta, cómo nos quedamos con Tamara.
Paula siempre había despreciado a Katy, no solo por ser pobre, sino por el color de su piel. Cuando supo de su embarazo, se enojó con Roger: no quería un nieto “prieto”. Para su alivio, Tamara nació con piel blanca y rasgos finos, preciosa como una muñeca.
—Tamara es hermosa, a pesar de ser hija de esa prieta —decía con orgullo.
De sus tres nietos, Tamara era la más inteligente y sobresaliente. Paula no entendía cómo su hijo había podido tener una hija con ese intelecto, hasta que leyó que se heredaba por el lado materno. Admitió que Katy había sido una estudiante destacada, pero sus defectos la hacían inepta para criarla.
—Tamy, te mereces lo mejor. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para que te quedes con nosotros, aunque eso implique quitar del medio a tu loca madre.
Mientras tanto, Tamara intentaba dormir una siesta. La cama era incómoda y extrañaba a su mamá y su casa.
—¡Dios, qué incómoda es esta cama! —se quejó.
Antes de llegar al aeropuerto, tenía expectativas de conocer a su papá. Pero se decepcionó rápido: Roger solo la buscó y la dejó en casa, luego se fue a trabajar. No era como Alex. Cada vez que él regresaba al país, se tomaba tiempo para pasear con ella, ir al cine y conversar. Tamara se había sentido muy triste cuando terminó con su mamá, pero mantenía la esperanza: Alex le había prometido que la reconquistaría.
—Papá Alex, ya puse mucho de mi parte. Ahora te toca a ti. No me decepciones, te quiero mucho —le envió en una nota de voz.
La fría actitud de Roger, de solo buscarla y marcharse sin mostrar interés, le recordó a Tamara por qué sentía tanto resentimiento hacia él y su abuela. Siempre habían tratado mal a su mamá, y aunque Katy intentaba ocultarlo, Tamara era astuta y se daba cuenta de todo.
—Papá y la abuela creen que no sé lo que hicieron cuando huyeron del país. Eso nunca se los voy a perdonar —se dijo a sí misma.
Cuando su padre presentó la demanda por la custodia, Tamara tuvo una idea: aprovechar que Roger vivía en la misma ciudad que Alex para usarlo como excusa y lograr que su mamá y su “papá Alex” se reconciliaran.
—Este va a ser un largo mes, porque todos son insoportables —pensó.
El teléfono sonó. Creyó que era su madre, pero al ver el nombre en la pantalla se emocionó: era Fonso.
—¡Fonso! Ya estoy en Miami, ¿cuándo vienes a visitarme? —dijo alegremente.
Alfonso acababa de estacionar su auto. Observó el lugar y le causó gracia: esas personas solían presumir ante Katy, pero el sitio era de lo más normal. Su padre le había enseñado a ser humilde y a no discriminar, aunque él odiaba a esa familia con todo su ser.
—Sal un momento, ya estoy afuera esperándote —le dijo.
Tamara salió corriendo de su habitación, feliz. Tenía meses sin ver a su hermano y lo extrañaba mucho.
—¡Tamara, no corras por la casa! —gritó Oneida, molesta.
Tamara abrió la puerta y se lanzó al cuello de Fonso.
—¡FONSOOOOOOO! —gritaba emocionada.
Él la levantó y le dio vueltas, sabiendo que esas cosas cursis le encantaban. Tamara, con solo 13 años, le llenaba las mejillas de besos.
Oneida quedó horrorizada.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Tamara, quién es este hombre? ¿Qué hace en mi casa? Ya veo que tu madre no te ha enseñado modales ni a ser decente —dijo con furia.
Fonso, cuyos rasgos recordaban a los de su padre, la observó con reprobación. Desde que Tamara le contó sus planes, estuvo en desacuerdo: no confiaba en esa mujer. Por eso, en cuanto supo que su hermana había llegado a la ciudad, decidió venir a verla y asegurarse de que estuviera bien.
Tamara sentía disgusto hacia Oneida. Desde que llegó, solo escuchaba sus comentarios desagradables y no entendía qué podía ver su padre en esa mujer.
Alfonso decidió presentarse para aliviar la tensión. Los gritos de Oneida habían atraído la atención de todos: Paula, Félix y Arturo se acercaron, e incluso algunos vecinos se asomaron a las puertas. No era raro: las discusiones acaloradas entre Oneida y Roger habían obligado a los vecinos a llamar a la policía en más de una ocasión.
—Disculpe por no presentarme antes, señora. Mi nombre es Alfonso González.
A pesar del trato cortés, Oneida no se calmó y seguía en el umbral de la puerta, brazos cruzados, mostrando su enfado.
—¿Quién eres tú? ¿Y qué haces aquí?
—Soy el hermano mayor de Tamara. Vine a ver cómo se encontraba.
—¿Hermano mayor? Yo tengo entendido que Katy solo tiene una hija.
Alfonso la miró con serenidad.
—Bueno, ya ve que no es así. La tía Katy es mi mamá de la vida, y Tamy es mi hermana menor. Lamento no haber avisado que venía, pero tenía varias semanas sin verla.
El silencio que siguió fue incómodo. La hostilidad de Oneida contrastaba con la firmeza tranquila de Alfonso, que no necesitaba más explicaciones: su presencia hablaba por sí sola.
Katy tiene conocimiento de que estuvo expuesta a Clamidia. ¿Como es posible que no se haya realizado examen formal y exponga a Alex a contagio? (Ni recuerdo cuánto tiempo ha pasado)