Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 11: Latidos en silencio
Los días que siguieron al evento en la librería transcurrieron con una normalidad precaria, como si Valentina caminara sobre una fina capa de hielo sobre aguas profundas y turbulentas.
Su rutina era la misma: despertar, medir sus latidos, tomar su cóctel de pastillas, ir a la librería, sonreír, recomendar libros, fingir. Pero cada acción, cada gesto, estaba ahora teñido por un subtexto nuevo, una capa adicional de conciencia.
Mientras doblaba camisetas en su habitación, su mente no estaba en las prendas de algodón, sino en la memoria de una mano firme en su espalda.
Mientras servía café a un cliente, no saboreaba el aroma, sino el recuerdo de una voz grave que había dicho: «Solo cuando algo me importa». Dante Moretti se había infiltrado en los intersticios de sus pensamientos, un eco persistente y perturbador.
—¿Val? ¿El libro de recetas veganas? ¿Lo tenemos? —preguntó Sofía desde el mostrador, rompiendo su ensueño por enésima vez ese día.
Valentina parpadeó, desorientada por un segundo.
—Sí, sí. En la sección de cocina. Segundo estante a la derecha. Lo repusimos la semana pasada.
—Gracias. Estás un poco en las nubes hoy, ¿no? —observó Sofía con una mirada ligeramente preocupada.
—Solo… pensando —se excusó Valentina, volviendo a ordenar unos marcapáginas con una concentración exagerada.
No podía decir la verdad. No podía decir: «Estoy obsesionada con un hombre que probablemente podría comprar esta librería con el sueldo de una semana y que me mira como si yo fuera un rompecabezas que quiere resolver, y tengo miedo de que, si lo resuelve, descubra que la pieza más importante está rota».
La atracción que sentía era un fuego lento y constante en sus venas, una sensación nueva y maravillosamente aterradora. Pero cada vez que la llama crecía, su cuerpo se encargaba de recordarle la realidad.
Fue una tarde, mientras subía una escalera de mano para alcanzar un libro en un estante alto para una clienta menuda, que el recordatorio llegó.
No fue un dolor agudo ni un mareo devastador. Fue una simple punzada de fatiga, tan profunda y absoluta que por un momento sus músculos se negaron a cooperar. Sus brazos temblaron levemente. Su respiración se cortó. No era nada que nadie más pudiera notar. Pero para ella fue como una sirena de alarma silenciosa.
Demasiado. Estás haciendo demasiado.
Bajó del escalón con cuidado y entregó el libro a la clienta con una sonrisa que le costó un esfuerzo sobrehumano.
—Aquí tiene. Espero que lo disfrute.
—¡Muchas gracias, cariño! —dijo la mujer, y se marchó, ajena al pequeño drama que acababa de desarrollarse.
Valentina se apoyó contra la estantería y cerró los ojos por un segundo. La frustración le ardía en la garganta. ¿Era así siempre? ¿Un paso hacia adelante, hacia una vida normal, hacia una conexión con alguien, y su cuerpo le recordaba brutalmente sus límites?
Se dirigió a la trastienda con la excusa de buscar más bolsas. Una vez a salvo de miradas ajenas, se dejó caer en un viejo sillón de cuero que olía a papel y a polvo. Apoyó la frente en las manos, sintiendo el peso de su propio corazón, no como un motor defectuoso, sino como una losa que la encadenaba a una existencia de medias tintas.
¿Qué podía ofrecerle a un hombre como Dante? ¿Qué futuro podía prometer?
No eran solo las citas canceladas o las emergencias médicas. Era la sombra constante de la incertidumbre.
¿Cómo podría amar a alguien sabiendo que cada discusión, cada momento de estrés, cada emoción fuerte podía ser literalmente letal para ella? ¿Cómo entregarse a una pasión que su corazón quizá no soportaría?
El miedo era un nudo de hielo en su estómago: el miedo a ser una carga, el miedo a que la lástima reemplazara la atracción en esos ojos grises, el miedo a morir, sí, pero también el miedo a vivir a medias, a negarse la posibilidad de ser amada por temor al dolor que podría causar.
«La gente solo aprende a caer sola cuando se ha caído muchas veces y nadie la ha cogido.»
Sus propias palabras, dichas por él, le resonaron en la mente. Era cierto. Estaba tan acostumbrada a caer sola y a levantarse sola que la simple idea de que alguien extendiera la mano la aterrorizaba.
¿Y si se acostumbraba a eso? ¿Y si llegaba a depender de esa mano y luego la perdía? La pérdida sería insoportable, más insoportable que la soledad actual.
Una oleada de tristeza, tan profunda que casi la dobló por la mitad, la recorrió. No lloró. Las lágrimas se habían secado, reemplazadas por una resignación amarga. Tal vez era mejor así. Más seguro. Para todos.
Pero entonces, otra voz, más tenue pero tenaz, se abrió paso desde lo más hondo de su ser. Era la voz que la había llevado a ponerse el vestido azul y salir al parque.
La voz que le había permitido devolverle la mirada a Dante en la librería. La voz que susurraba que merecía algo más que sobrevivir. Que merecía, aunque fuera por un tiempo breve, vivir.
¿Y si no se trataba de ofrecerle un futuro perfecto? ¿Y si se trataba simplemente de ofrecerle el presente? Su verdad, tal como era: frágil, imperfecta y terriblemente incierta.
El riesgo era monumental. Podía perderlo. Podía resultar herida de una manera de la que no se recuperaría.
Pero la alternativa… la alternativa era seguir así: segura, aislada y sola.
Permaneció sentada en la penumbra de la trastienda durante largo rato, librando la batalla más importante de su vida. No era una batalla contra su enfermedad; era una batalla por su alma. Por su derecho a desear, a arriesgarse, a equivocarse.
Finalmente se levantó. Sus piernas aún se sentían pesadas, pero su corazón—el físico—seguía su ritmo cansado, y su corazón metafórico latía con una nueva determinación.
No sabía qué haría. No sabía si volvería a verlo. No sabía si, si lo veía, tendría el valor de decirle la verdad.
Pero por primera vez la idea de intentarlo no le pareció una locura suicida. Le pareció… valiente.
Al salir a la tienda, Sofía la miró.
—¿Todo bien? Estabas muy callada.
Valentina respiró hondo. El miedo seguía ahí, un peso familiar en el pecho. Pero ahora lo acompañaba algo más: un destello de esperanza obstinada, terco y tal vez un poco arrogante.
—Sí —dijo, y esta vez su sonrisa no fue forzada. Fue pequeña, frágil, pero real—. Todo bien. Solo estaba… reconsiderando algunas cosas.
Sofía la miró con curiosidad, pero no preguntó.
—Bueno, mientras reconsideras, ¿me ayudas a cerrar? Tengo una cita y no quiero llegar oliendo a libro viejo.
—Claro —asintió Valentina.
Mientras realizaban las tareas de cierre, su mente ya no estaba en blanco. Estaba llena de preguntas y de miedos, pero también de una curiosidad feroz y vibrante: la curiosidad de saber qué pasaría si, solo por una vez, dejara de empujar la roca cuesta arriba y se permitiera sentarse a su lado, aunque fuera por un momento, y mirar el paisaje. Aunque el paisaje fuera un hombre de ojos grises dispuesto a sentarse allí con ella.
El miedo no se había ido. Pero había encontrado un rival a su altura: una atracción tan profunda y una curiosidad tan vital que se negaban a ser silenciadas. Y esa noche, al acostarse, Valentina Romero no soñó con caídas ni con rocas. Soñó con la posibilidad—delicada y peligrosa—de extender la mano y ser cogida.
¡Un amor más grande que el amor!
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